Dos formas, un mismo fondo

Por ENRIQUE ABASOLO

Una de las muchas, incontables diferencias que tenemos con los gringos en la manera de hacer las cosas, es el protocolo mortuorio-funerario.

    Mientras que en México en un día o dos como máximo le damos trámite a nuestros muertitos (autopsia, velorio y entierro con su correspondiente guateque “farwell”) del otro lado de la frontera se la toman con mucha parsimonia. Apenas declaran a alguien fiambre y lo ponen en refrigeración porque su periplo, lejos de concluir, apenas comienza.

    Tal vez haya que determinar las causas del deceso mediante una necropsia y luego preparar el cadáver para que esté presentable para el gran día de su “roast”de cuerpo presente, que suele ser una semana después de haber estirado los Adidas. 

Una semana, puede ser más, pero es el tiempo que en promedio se dan los güeros antes de postular a alguien para ser residente del Mictlán… o lo que sea que tengan en los EEUU como el ”otro barrio”  paralelo y alternativo al tan popular mundo de los vivos.

¿En qué ocupan siete días los sobrinos del Tío Sam antes de despachar a alguien al Más Allá, donde ni visa se requiere?

Creo que la diferencia sustancial está en que, con lo rigurosos que son con la administración de su tiempo, los gringos prefieren esperar a que todos los deudos y dolientes hagan un espacio en su agenda, porque eso de faltar al trabajo y cancelar compromisos nomás porque a mi tía la Beba se le ocurrió enfriarse en pleno martes, está muy bien para uno, que siempre está esperando un pretexto -de hecho rogando- para que algo ocurra y nos parta la semana. Pero ya le digo, no los gringos, quienes hasta para dar el último adiós se saltan lo dispuesto por la Huesuda y lo programan dentro de su riguroso calendario de actividades.

Ello permite además que los deudos del finado, finada o finade se desplace con tiempo si acaso vive lejos del sitio donde serán las exequias.

En México en cambio te dicen: “¡Ya se peló tu abuelita! ¡Lánzate en tzinga!”,no importa que el muchacho trabaje en Australia desde hace 15 años y la venerable matrona de la familia vaya a ser inhumada en su natal Pazguátaro, Michoacán. Pero eso sí, el chamaco llega porque llega al entierro de su abue y todavía se da tiempo de contratar un mariachi antes de apersonarse ante el féretro.

Y es por eso que los gringos siempre se ven tan bonitos y pulcros en sus funerales. Uno mira las fotos y no atina a decir si estaban enterrando a alguien o casándolo. ¡Y cómo no, si tuvieron entre siete y diez días para prepararse! Mientras que nosotros andamos por ahí,  todos desencajados, con  ojeras de mapache panda, la cara grasosa y el cabello cenizo porque obviamente, entre trámites y papeleo ante el Ministerio Público,  contrataciones con la agencia funeraria y la obligada velación con lloradera, ya acumulamos 48 horas sin dormir. 

Eso sí, todavía nos sobra energía para hacer de anfitriones, amenizar a los invitados y hacer de la ocasión un pachangón inolvidable en el que se alternarán las risas con el llanto más impúdico, las condolencias con las anécdotas y los pesares con los mejores chascarrillos, sin contar con el chupe y la comida. En conclusión…. “Que digan que estoy dormido y que me traigan aquí, México lindo y querido, si muero lejos de ti”.

Lo mismo que nuestros ritos funerarios, nuestros respectivos sistemas de justicia también presentan estilos muy distintos.

Los juicios en México siguen siendo una superposición de recursos documentales, básicamente como un juego de “frikis”, a lo Yu-Gi-Oh o Pokémon, a ver quién saca la carta más alta y poderosa:

“¡Aquí tienes este amparo de fuego forjado en el Monte de los Enanos leguleyos! ¡Pelas!”

“¿Ah,si? Pues aquí está este recurso de inconstitucionalidad élfico!”

“Pues aquí te va esta desestimación del caso firmada por el juez mago supremo y una contrademanda del Dragón!”

    Nomás les falta pedir pizza y refresco de raíz para completar el cuadro.

    Los juicios en EEUU en cambio son todo lo que nos muestran los dramas judiciales de Hollywood y más: Son una confrontación oral, y publica, un descargo de pruebas ante un juez o todo un jurado, con todo el dramatismo de la rendición de testimonios in situ. Y junto a dicho espectáculo, la simple presentación y lectura de declaraciones y recursos no tiene el menor chance de convertirse en una buena peli.

Testigos sorpresa, evidencia inesperada, las deliberaciones, el juez dictando sentencia, todo se presta para el drama y en efecto, eso ha hecho de algunos juicios unos verdaderos culebrones que el público sigue día a día en sus más insignificantes detalles, gracias a la cobertura de los medios que son perfectamente conscientes de que un buen juicio tiene más rating y vende más que muchas de las producciones más costosas que las grandes cadenas puedan ofrecer.

    Ejemplos de esto son el Juicio del Siglo, del ex futbolista O.J. Simpson y muy recientemente el juicio Amber Heard vs Johnny Depp. En ambos casos el seguimiento era muy parecido a una telenovela vespertina. El público se actualizaba, al terminar la jornada, ya por la tarde, de los avances del caso de O.J.; mientras que con la pareja de actores tóxicos nos enteramos de las novedades muchas veces en tiempo real, gracias a las redes sociales que incluso hicieron transmisión en vivo de las sesiones.

    Ambos procesos fueron convertidos en verdaderos circos romanos que exacerbaron toda clase de pasiones en el respetable. ¿Por qué tanto interés? ¿Es acaso que a los norteamericanos les preocupa mucho la impartición de justicia, la prevalencia de la Ley, el Estado de Derecho? ¡Para nada! Es solo que el morbo vende y muy bien.

    Se acaba de dictar sentencia en contra de Ghislaine Maxwell, la pareja y secuaz del magnate del tráfico sexual de menores, el misteriosamente “suicidado” Jeffrey Epstein. 

Acusada de ser cómplice y señalada como la operadora de esta aberrante actividad, es decir, de ser la que reclutaba adolescentes para prostituir en el cìrculo de influyentes de Epstein, de políticos, empresarios, realeza y celebridades; Maxwell ha sido condenada a purgar una sentencia de 20 años en prisión. ¡Y qué bueno! Desde luego que es encantador saber tras las rejas a una predadora internacional.

Pero curiosamente su juicio no fue ni de cerca el espectáculo mediático y cibernético que “Heard vs Depp” nos establecieron como el nuevo paradigma en cobertura de tribunales.

Y vaya que Maxwell sí que debe tener información que dejaría perplejo al comentarista noticioso más experimentado de toda la televisión gringa. Un vistazo a su libreta, a la lista de miembros de su club de depravados, da para escribir  varios best sellers.

Sin embargo, casi que teníamos olvidada a doña Ghislaine. Le recuerdo que su pareja y socio, el degenerado de las estrellas, Epstein fue encontrado muerto en su celda de seguridad, una celda monitoreada las 24 horas y diseñada ex profeso para evitar que algo así ocurriese. Sin embargo el pedo-magnate “se suicidó” antes de que pudiera presentarse a testificar en un juicio.

Posteriormente se dio la captura de Maxwell y ahora su sentencia, sin que mediara al parecer mucho de interés en el ínter. Cómo si no fuera de interés mundial todo lo que esta bruja pudiera decirnos sobre sus modus operandi, pero sobre todo, acerca de sus clientes distinguidos. 

Y es allí que sí tenemos en México una gran semejanza y afinidad con el estilo de los norteamericanos, pues cuando se trata de impartir justicia entre el infeliciaje (así sean celebridades) el asunto se vuelve mediático, estridente, sensacionalista; en cambio, cuando un juicio concierne realmente a las élites de poder, la justicia es discreta, además de pronta y expedita, y difícilmente conocemos más allá de los aspectos generales; nada como los procesos judiciales que dan el salto a las páginas de la farándula y sólo sirven para aplacar esa hambre circense con la que nos ha venido cebando el poder desde que tenemos memoria.

Hay muchas situaciones jurídicas en México pendientes de resolverse, que involucran desde “youtubers” hasta al mismísimo Caro Quintero. Hemos de ser lo suficientemente inteligentes para discernir cuáles son meros distractores y de cuáles sí depende el futuro de nuestra nación.


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