Por Horacio Cárdenas Zardoni
Allí le va de anécdota: el primer contacto que tuvimos con el tema de la donación de sangre fue en el ya bastante lejano noviembre de 1984. Por razones todavía sospechosamente no aclaradas a cabalidad, había hecho explosión el centro de distribución de gas ubicado en San Juan Ixhuatepec, en el municipio de Tlalnepantla, Estado de México. Literalmente volaron por los aires tanques de almacenamiento de hidrocarburos, ocasionando un número nunca revelado de muertos, pues cuando ocurrió la explosión, el gas que había escapado en grandes cantidades había invadido las colonias aledañas, con lo que la onda explosiva y el incendio causó víctimas que jamás fueron identificadas y otras muchas ni siquiera localizadas para quedar en calidad de desaparecidas. Que sepamos, ni siquiera se llegó a dirimir la responsabilidad del incidente ¿era de las gaseras privadas, era culpa de Petróleos Mexicanos y su red de distribución?, nunca supimos que llevaran a nadie a juicio, se impusieran multas y se pagara la restitución del daño causado, como no fuera para acallar las protestas de los deudos de los fallecidos.El calificativo de dantesco no le quedaba grande a la tragedia.
Aunque no era su jurisdicción, la entonces Secretaría General de Protección y Vialidad del gobierno del también entonces Distrito Federal, movilizó todos sus recursos, helicópteros, el Heroico Cuerpo de Bomberos en pleno, el famoso Escuadrón de Rescate y Urgencias Médicas, y miles de policías que cruzaron el límite con el Estado de México para auxiliar en lo que fuera posible, cabe decir que los policías llegaron antes que se activara el Plan DN-III de la Secretaría de la Defensa Nacional.
Bueno, pues como medida de auxilio a la población, a los heridos que se contaban por miles, se movilizaron un par de camiones habilitados para la donación de sangre. Los recordamos estacionados en la antigua Plaza de Tlaxcoaque, y filas de cientos de policías de uniforme, otros no uniformados, y cientos de trabajadores de la secretaría, a quienes les llegó la orden de: ‘¡órenle, todos a donar sangre!
Aquello era una acción solidaria… a fuerzas, y sí, hubo algunos que por razones de salud, de edad, de peso, de mero miedo, se escaparon y no fueron incluidos en la donación, pero el resto, sí, incluso podríamos aventurar que dado el tamaño de la emergencia y el requerimiento, muchas de las objeciones normales, fueron pasadas por alto, solo recomendándoseles que se tomaran con calma las siguientes horas y días.
Esas jornadas de donación parecían una línea de producción, entraba un policía, se levantaba la manga, se le introducía la aguja, se llenaba la bolsa de plasma, casi creo que ni siquiera se concedían los quince o mínimo diez minutos de recuperación, ni se les daban las clásicas galletas ni el jugo, ‘órenle, para fuera, que pasa el siguiente’. A la luz de los años transcurridos, sería interesante saber cuántos donadores aportaron su sangre en esas primeras horas, y cuál fue el nivel de productividad de los camiones recolectores, que trabajaron a destajo, para luego moverse a otra locación para repetir el proceso, hasta que pasó lo más grave de la emergencia.
De entonces a la fecha, hemos tenido ocasión de donar sangre en múltiples ocasiones, a veces de forma altruista y en otras muchas respondiendo a alguna petición de alguien que la necesita para sí o para algún familiar que está pendiente de alguna cirugía o requiere una transfusión. Hemos conocido todas las instalaciones de salud donde se practica la donación o donde hay banco de sangre en Saltillo, algunas muy modestas pero suficientes, después de todo es poco lo que se requiere de inicio, y algunas mucho muy sofisticadas. Hemos tenido oportunidad de ver al personal dedicado a esta tarea recorrer buena parte de su vida laboral, mientras acudíamos a donar, ellos se hacían mayores, por no decir viejos, tanto como uno como donador, ni modo, son cosas de la vida, lo que sí, iban adquiriendo experiencia “mano” que le dicen, para que los piquetes dolieran menos o casi ni se sintieran, para que no hubiera derrames internos, la difícil tarea de encontrar la vena, y ni le platico de lo complicado de la donación de plaquetas, allí sí hay que ching… como dicen por allí coloquialmente.
Y normalmente no escribiríamos de esto, de no ser porque acudimos a hacer una donación de sangre a la Clínica 2 del Seguro Social, la que está en Venustiano Carranza en Saltillo, y ah… haga de cuenta que retrocedimos no los casi cuarenta años a la jornada de recolección urgente de sangre con motivo de “San Juanico” sino mucho más atrás ¿cuánto?, ni idea, pero cuando las cosas se hacían como si el donador, el paciente que espera la sangre, el personal, la institución, tuvieran todo el tiempo del mundo.
Paréntesis, ingenuos de nosotros, pensamos que en todas las clínicas del Seguro Social tenían banco de sangre, nos habían pedido una donación para un paciente internado en Monterrey, y pensamos que por ser de reposición, en cualquiera se podía hacer, acreditar y sustituir…error, solo en la II y quizá en la I, en el resto… no hay personal, no hay laboratorio, no hay refrigeradores, no hay nada, y si alguien necesita, pues nos imaginamos que hay que ir por ella, o de allá se la traen. Se cierra el paréntesis.
De aquella operación que presenciamos y participamos, con decenas de personas donando a un ritmo sorprendente y que en nuestra ingenuidad llegamos a asumir como el estándar, caímos en un sitio en el que… les corre atole por las venas. Citan a las seis y media de la mañana, con la gente llegando desde las cinco para asegurar lugar, y lo hacen, lo hacemos así porque… la Clínica II, la más moderna de la ciudad, vale decir un Hospital General de zona ubicado en una capital estatal, tiene capacidad para atender solo a veinte personas, de ellas, quince que hayan tramitado su cita por Internet en la página del IMSS, y cinco, sí cinco, que hayan llegado allí sin cita, quienes estarán en la fila desde la media noche anterior, y son los encargados, junto con el guardia nocturno, de decirles a los que van llegando ¿qué crees?, que ya no, son solo cinco y ya estamos completos. ¿cuántos se irán rechazados?, los que usted quiera, uno, diez, cincuenta, imposible de decir, y como nadie lleva cuenta de cuántos preguntaron si todavía podían donar, el dato sería solamente referencial, si acaso.
De alguna vez que donamos en el camión de la Secretaría de Salud de Coahuila, una unidad nada nueva, tal vez hasta fuera aquella de 1984, que nos topamos en una escuela al paso, todo el proceso, desde llegar, llenar el cuestionario, la toma y análisis de la muestra inicial, hasta que le sacan la sangre, reposa y lo despachan con una fruta y un jugo de tetrapack, no tomaba más de media hora, y había capacidad para tal vez ocho donaciones simultaneas. No, en el Seguro Social, al menos en su sucursal Copenhague en Saltillo, llega uno a las cinco como decíamos, le toman la muestra a las 7, lo entrevistan a las 9:30 y a las 11, si es que lo encontraron apto, lo pasan, para salir luego de picoteado, regañado y demás descortesías, a las doce: seis y media o siete horas para algo que no toma ni media… Ah, y nada de que están esperando la sangre o cualquier otra urgencia, no los apure, porque se echan. Ojalá nunca lo llegue a necesitar…
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