Palabras Mayores
Por David Guillén Patiño
Desde el pórtico donde yo acostumbraba jugar, siendo todavía un bebé, podía ver a mi madre pasando incesantemente un trapo sobre el polvoriento mobiliario de aquel templo presbiteriano de Monclova. El recuerdo me llega entre brumas, dado que contaba, cuando mucho, con 18 meses de vida.
Por cierto, a una hora y media de la ciudad, se encuentra una comunidad de afrodescendientes, denominados “mascogos” —originalmente, “muskogee” o “muskoki”—, asentados desde hace 176 años en El Nacimiento, población ubicada a unos 30 kilómetros al noroeste de la cabecera municipal de Múzquiz, Coahuila.
Como se sabe, los negros mascogos ingresaron al estado como individuos libres y en condición de refugiados. Como soldados que eran, los gobiernos de México y de Coahuila les encargaron proteger la región fronteriza contra las incursiones de tribus nómadas y bandas de cuatreros y filibusteros, a cambio de concederles tierras para su estancia legal y permanente.
Eso me recuerda el espíritu altruista y, por consiguiente, la vocación hospitalaria de mi país, donde prácticamente ningún extranjero es rechazado, mucho menos por su origen étnico o color de piel. Cuando el caso lo amerita, México los cobija enseguida. El abrigo que dimos a los kikapúes en Coahuila es otro ejemplo de ello.
Quizá de esta cultura hospitalaria deriven ciertos dichos, como: “donde comen dos, comen tres” o “mi casa es tu casa”. Actuar diferente sería la excepción y, francamente, a muchos nos parecería una actitud extraña.
Por eso, siempre nos preguntamos por qué otras culturas y gobiernos, como el estadounidense, persisten en su ánimo de satanizar y repeler a los inmigrantes, a pesar de que, en gran medida, esa nación debe su prosperidad al esfuerzo y talento de millones de personas provenientes de todo el mundo.
Entre estos “extranjeros” se encuentran los hispanoamericanos, quienes han sido capaces de contribuir de manera sustancial a la formación de verdaderos emporios económicos que hoy son la base del país más poderoso del mundo.
Pues bien, en la misma época en que yo gateaba por los pasillos de aquel centro religioso, Martin Luther King Jr. pronunciaba en Washington uno de los más bellos discursos de todos los tiempos, a propósito de la discriminación racial en Estados Unidos, injusticia que increíblemente vuelve a ponerse en boga.
Contra lo que muchos pensarían, el segregacionismo sigue presente incluso en retrógradas iniciativas de Estado, como la célebre Ley SB1070, promovida hace 16 años por Janice K. Brewer, otrora gobernadora de Arizona.
La funcionaria no tuvo siquiera el cuidado de sopesar las graves consecuencias que, desde la óptica humanística, planteaba la implantación de dichas disposiciones —bloqueadas legalmente en su mayor parte—, como es la emigración en masa de indocumentados susceptibles de ser deportados.
La histórica arenga que King Williams pronunció ese 28 de agosto de 1963 bajo el monumento al libertador Abraham Lincoln, parece no haber tenido efecto en el pensamiento y la conciencia de la implacable, fría y prejuiciosa exgobernadora estadounidense, a quien aquel activista defensor de los derechos civiles de la Unión Americana le habría repetido en su momento:
“Nos rehusamos a creer que el banco de la justicia está quebrado… a creer que no hay fondos en los grandes depósitos de oportunidad en esta nación. Entonces hemos venido a cobrar este cheque, un cheque que nos dará las riquezas de la libertad y la seguridad de la justicia.
“Ahora es el tiempo de elevarnos del oscuro y desolado valle de la segregación hacia el iluminado camino de la justicia racial. Ahora es el tiempo de elevar nuestra nación de las arenas movedizas de la injusticia racial hacia la sólida roca de la hermandad. Ahora es el tiempo de hacer de la justicia una realidad para todos los hijos de Dios.
“Existen aquellos que preguntan a quienes apoyan la lucha por derechos civiles: ‘¿Cuándo quedarán satisfechos?’. Nunca estaremos satisfechos en tanto el negro sea víctima de los inimaginables horrores de la brutalidad policial. Nunca estaremos satisfechos en tanto nuestros cuerpos, pesados con la fatiga del viaje, no puedan acceder a alojamiento en los moteles de las carreteras y los hoteles de las ciudades…
Después de reconsiderar este fragmento del discurso, me pregunto también si debemos esperar a que surja otra figura de la altura del ilustre caudillo estadounidense para proseguir con la lucha a favor de los discriminados y, particularmente, de los inmigrantes en el vecino país del norte, catalogados por el presidente Donald Trump como “criminales, “asesinos” y “violadores”.
Ha, pero no olvidemos que México no canta mal las rancheras en cuanto a exclusión, discriminación, segregación y marginación, si bien, tratándose de pueblos originarios, también de extranjeros que desde antaño se han avecindado en territorio nacional.
Debemos de tener memoria: Al igual que el Ku Klux Klan (KKK), que en 1923 fracasó en su intento de establecerse en nuestro país, los “Camisas Doradas”, movimiento mexicano que surgió en los años 30, utilizaban uniformes distintivos, promovían un nacionalismo agresivo, realizaban mítines violentos y se caracterizaban por un fuerte antisemitismo, antichinismo y anticomunismo.
En efecto, su blanco principal no eran las personas afrodescendientes, sino los inmigrantes, especialmente las comunidades china y judía, así como los sectores obreros o simpatizantes de izquierda. Afortunadamente, fueron reprimidos y disueltos por el Estado tras violentos enfrentamientos callejeros.
Quizá el incidente más reciente y significativo, asociado con la discriminación y odio racial en nuestro propio país, ocurrió los días 11 y 12 de este mes, coincidiendo con el inicio de la celebración de la fiesta Rosh Hashaná (Año Nuevo judío).
Se trató de un hecho inédito, en el que los manifestantes, con banderas palestinas, pedían, entre otras consignas: «fuera judíos de México», lo que generó alerta general y la condena de Comité Central de la Comunidad Judía de México, además de otras organizaciones políticas y sociales.
Sin ir más lejos, a mediados de enero pasado, la Dirección para Promover la Igualdad y Prevenir la Discriminación en Coahuila puso el dedo en la llaga, advirtiendo que la autoridad competente estaría en posición de hacer valer las sanciones que contempla la legislación de la entidad en la materia, particularmente en lo referente al uso del término peyorativo “chirihuillo”, “chiriwillo” o “chirigüillo”.
Al igual que en otros estados norteños del país, la popular expresión suele emplearse para expresar odio o exclusión hacia las personas provenientes del centro y sur del país, es decir, por su origen geográfico, color de piel, nivel socioeconómico, aspecto físico o forma de vestir.
Las sanciones están en el artículo 239 del Código Penal de Coahuila, que, de inicio, reza: Se impondrá de tres meses a un año de prisión, o de seis meses a un año de trabajos en favor de la comunidad o de libertad supervisada, y, en cualquier caso, de trescientos a quinientos días multa, a quien, por razón de la edad, sexo o género, embarazo, estado civil, raza, origen étnico, idioma, religión, ideología, preferencias sexuales, color de piel, nacionalidad, origen o posición social, trabajo o profesión, posición económica, características físicas, discapacidad o estado de salud:.. Al final, se especifica: Los delitos de este artículo se perseguirán por querella.
Estimo pertinente plantear otra cuestión: ¿No deberíamos, en esta hora infausta, convertirnos cada uno de nosotros en una especie de Martin Luther King? ¿O es que la noble causa de este prócer ya caducó?
A mi juicio, necesitamos un activista de este tipo en cada centro de trabajo, en cada supermercado, cada barrio, institución pública o privada, club deportivo, espacio recreativo, red social, templo y, más aún, en cada escuela, donde, por cierto, suele germinar la semilla del odio, del supremacismo y la exclusión, a través del llamado bulling, cuya práctica esconde terribles prejuicios sociales aprendidos, júrelo usted, en el propio seno familiar.
davidguillenp@gmail.com
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