Sin permiso para valer
Por Elio A. Villaseñor G.
“Nuestro culto a la muerte es culto a la vida”: Octavio Paz, El laberinto de la soledad.
El Día de Muertos nos reúne. Entre flores de cempasúchil y terciopelo, fotografías, veladoras, tamales, mole, pan, bebidas y golosinas, las familias preparan las ofrendas para recibir, desde sus creencias y recuerdos, a los seres queridos que se nos adelantaron.
Al recordar a quienes partieron, también encontramos una oportunidad para convivir con quienes seguimos aquí. Cada fotografía despierta una historia. Vuelven las palabras de los abuelos, las enseñanzas de nuestros padres, las travesuras de la infancia y los momentos compartidos con amigos y familiares.
Al preparar sus alimentos favoritos y contar sus historias, hacemos presente el cariño que dejaron en nuestra vida.
Una frase que circula asociada al mensaje de la película Coco expresa ese sentimiento: “Solo se muere cuando se olvida, y yo nunca te olvido”. Es una manera de decir que el amor encuentra en la memoria un lugar para seguir acompañándonos.
Esta celebración expresa una reserva espiritual de nuestro pueblo: la capacidad de mantener los afectos, abrir la casa, compartir la mesa y acompañarnos. Su fuerza nace de los vínculos que cultivamos y transmitimos de una generación a otra.
Distintas tradiciones, un cariño compartido
La riqueza del Día de Muertos se manifiesta de distintas maneras en las regiones del país. Cada comunidad aporta sus creencias, sus sabores y su forma de honrar la memoria.
En la Huasteca de Hidalgo, el Xantolo reúne altares, flores de cempasúchil, copal, ofrendas, música y danzas. La celebración convoca a las familias y a la comunidad alrededor de quienes han partido. En Oaxaca, las ofrendas, las comparsas con música y disfraces y los tapetes de arena expresan la diversidad cultural de sus pueblos y barrios.
En Yucatán, el Hanal Pixán, o “comida de las ánimas”, conserva una tradición maya que dedica ofrendas y momentos distintos a los niños y a los adultos fallecidos. En Michoacán, las comunidades purépechas de la región del lago de Pátzcuaro celebran la Noche de Ánimas. Las familias adornan las tumbas con flores, alimentos y velas, y permanecen junto a ellas para acompañar el recuerdo de sus difuntos.
En Huaquechula, Puebla, destacan los altares monumentales de varios niveles y la hospitalidad de las familias que abren sus hogares para compartir sus ofrendas con los visitantes. En San Andrés Mixquic, en la alcaldía Tláhuac de la Ciudad de México, la Alumbrada ilumina el panteón la noche del 2 de noviembre. Entre velas, flores, incienso y rezos, las familias honran a quienes partieron.
En esta diversidad de tradiciones encontramos un sentimiento compartido: mantener presentes a nuestros seres queridos y reunirnos alrededor de su recuerdo. Al escuchar sus historias y participar en la preparación de las ofrendas, las nuevas generaciones conocen sus raíces y fortalecen sus vínculos con la familia y la comunidad.
Recordar también puede acercarnos
En un entorno de polarización e incertidumbre, nuestras tradiciones pueden abrir espacios para escucharnos y reconocernos. Compartir una mesa, preparar juntos una ofrenda o recordar a una persona querida nos permite acercarnos, aun cuando pensemos distinto.
En esos encuentros podemos recuperar algo necesario para la convivencia: la disposición a escuchar con respeto, compartir lo que tenemos y reconocer el dolor de los demás.
La hospitalidad se vuelve un gesto ciudadano cuando hacemos lugar para alguien más; la solidaridad, cuando acompañamos a quienes viven una pérdida o atraviesan la soledad. Ese cuidado cotidiano también fortalece el tejido social.
La solidaridad que exige justicia
En estas fechas debemos acompañar también a las familias de las personas desaparecidas, respetando su esperanza de encontrarlas con vida. Ellas viven una ausencia marcada por la incertidumbre y mantienen abierta una pregunta dolorosa: ¿dónde están sus seres queridos y qué les ocurrió?
Ceci Patricia Flores, fundadora de Madres Buscadoras de Sonora, expresó en una entrevista con La Cadera de Eva, publicada el 26 de febrero de 2021: “Que no se rindan, que luchen por lo que aman”. Sus palabras muestran la fuerza del amor que sostiene la búsqueda.
Las madres buscadoras y sus familias necesitan que esa fuerza encuentre respaldo en la sociedad y respuestas de las autoridades. En ese sentido, el 20 de octubre de 2026, el ecuatoriano Juan Pablo Albán, presidente del Comité contra la Desaparición Forzada de la ONU, planteó ante la Tercera Comisión de la Asamblea General la posibilidad de fortalecer la cooperación internacional para apoyar a México en la búsqueda de personas, el esclarecimiento de la verdad y la protección de las víctimas y sus familias.
Este llamado a sumar esfuerzos debe traducirse en acciones para que nadie tenga que buscar en soledad. Acompañar a las familias significa escuchar sus voces, respetar su esperanza y exigir búsqueda, verdad y justicia.
La solidaridad ciudadana también implica reclamar condiciones para que puedan buscar sin miedo y con dignidad. El compromiso de las autoridades debe estar a la altura de ese dolor y de su derecho a saber.
Por eso, celebrar el Día de Muertos también nos compromete con la vida. Mantener nuestras tradiciones significa cultivar la hospitalidad, el cariño y la solidaridad: honrar a quienes partieron, cuidar a quienes están con nosotros y acompañar a quienes siguen buscando.
Que la luz de nuestras ofrendas nos ayude a recordar y a reconocernos como una comunidad capaz de cuidar, unirse y reclamar justicia.
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