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DESFILES Y ESTORBOS VARIOS


Horacio Cárdenas Zardoni


Confieso que no me había dado cuenta. Realmente los saltillenses tienen lo suyo de jolgoriosos. Contra todo lo que se suele decir de que la nuestra es una ciudad aburrida, pacata, falsa pero chismosa, en que las que mandan son las buenas consciencias. No, a la primera llamada que se nos hace para armar una fiesta, un relajo, un desfile, nos apuntamos con una alegría que algunos desabridos dirán que es digna de mejor causa y no el puro línguili línguili.


Claro que esto no es gratis, ni mucho menos, en una ciudad en que, sí, presumen que se pagan los mejores salarios en la planta productiva, pero que de todos modos alcanzan apenas para irla pasando, los lujos cuando nos los damos, no significan tirar la casa por la ventana, como hacen en otros sitios, sino que tienen mucho de trabajo propio para que luzcan más de lo que de veras cuestan.


Le cuento que el desfile de las ánimas, creo que así se llamó, el que se organizó como conmemoración del Día de Muertos, pero que acá para que no fuera una cosa de un solo día o de dos si lo ligamos con la vilipendiada y repudiada fiesta de Halloween, se estirara hasta ocho días con el Festival de las Ánimas del Desierto.

Tenía yo mis dudas, no van a tener con qué llenarlo, pero entre los organizadores que tiran el anzuelo, y los saltillenses que se ganchan con una entusiasta felicidad, estuvieron más que concurridos, si no todos, sí los eventos más grandes. Para empezar ¿no se les hace un poco muy exagerado eso de tener dos altares monumentales, el de las escaleras de Santa Anita y el del Bosque Urbano?, pues no, ambos a reventar. Obvio el del bosque con un espacio tan grande, es más impactante, pero el del barrio tiene su mérito. Lo mismo lo del desfile, en vez de uno, hubo dos, quien organizó uno y quien otro, allá la gente que no se pone de acuerdo, o se pone de acuerdo para precisamente eso. por lo menos el que presenciamos el día sábado, estaba bastante concurrido de marchantes, aunque había momentos en que parecía que eran más los que desfilaban que los que presenciaban el desfile que iba por Venustiano Carranza.


Respecto a esto hay un inconveniente importante, o bueno otro más. A lo mejor es nuestra mentalidad pueblerina, traumatizada de las épocas en que Saltillo era una ciudad de muchos menos habitantes de los que tiene en la actualidad, o era mayor la apatía, o la gente tenía cosas más importantes que hacer, cualquiera o todas las mencionadas, lo cierto es que se programaban desfiles y eventos bastante modestitos… por no decir que daban lástima.


Todavía recordamos un desfile de la Coca Cola, vimos los camiones parados allí por la presidencia municipal antes que comenzara, y de veras que no eran más de diez, imagínese el dolor de cabeza de los organizadores ¿cómo hacer para que diez tristes tráilers adornados con foquitos y algunas figuras, durara tres horas?, sobre todo pensando que las calles “desfilables” de Saltillo son ¿qué?, Carranza, Coss un tramo, Allende, Victoria… hay que tener sangre de burócrata para llegar a un programa más o menos así:
Se avisa que el inicio es a las 5 de la tarde, desde una hora antes se cierran las calles, para que estén con tiempo aburriéndose, comprando mugrero de comer y más mugrero de globos, cosas con luz, todas importadas de China y que no duran para la mañana siguiente, y a eso de las siete, que comience el desfile… a razón de tres kilómetros por hora… okey a lo mejor exageré, a cuatro kilómetros por hora, pero no más. Eso sí, conchaban a jovencitos y jovencitas para que medio armen una tabla gimnástica, algo que parezca un baile, y eso sí, que vayan disfrazados y maquillados para que den el gatazo de que son los personajes. Digo, hay que tener alma de burócrata para tener la ciudad paralizada por cuatro o cinco horas con algo tan insulso como el paso de diez camiones y la gente sentada en las banquetas o en el camellón, donde lo hay, y decir que es un gran éxito y que la población se veía feliz.


Bueno, pues eso era antes, porque como le decimos, de unos meses para acá los saltillenses se han soltado el pelo con eso de los desfiles, eventos, ceremonias, la enorme mayoría de las cuales tienen como eje el estorbar el tráfico normal de la ciudad, que de por sí vive una época de desquiciamiento que dentro de poco se convertirá en parálisis.


Después del Desfile de las Ánimas, que ocurrió un sábado, feriado, hubo un desfile de autos clásicos, este auspiciado por un regidorcito del ayuntamiento que cojea de que le gustan las camionetas viejas, ¿dónde fue?, ¿pues dónde más?, en bulevar Carranza, lo malo es que fue entre semana, por la tarde, coincidiendo con la hora pico de la salida de los empleados de las empresas y con que media avenida estaba en obra de dizque remozamiento y la vacilada de los semáforos inteligentes, con lo que las carcachas viejas se juntaron con las nuevas, para enojo de los que vieron todavía más lento el tránsito regular.


Le comentamos esto porque antes que se acabe el año hay programados por lo menos otros dos desfiles, ¿con qué motivo?, ni idea, cualquiera es bueno. Ya para diciembre se anuncia el “tradicional” de navidad, en que es probable que como otros años, no sea uno sino dos, el de la Coca y el organizado por el gobierno del estado, con lo que la pelotera se pondrá de a peso, además de que atravesará por algunas avenidas donde hay comercios que estarán a rebosar de compradores por las fiestas.


Llámeme amargoso, pero estábamos mejor cuando Saltillo era más tranquilo y más discreto para sus cosas. Por lo menos no nos molestábamos los unos a los otros con ideas y emociones que duran menos que unas antenas de estrella parpadeantes hechas en China.


¿Quieren fiestas?, que las hagan, que desfilen los universitarios, las catrinas, los carros viejos, las motos, los que protestan por esto o por aquello, los del orgullo, ¿pero porqué estorbarle el paso al resto del mundo?

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