Desapariciones en Iguala iniciaron antes de Ayotzinapa

Iguala, Guerrero, 26/09/24 (Más / IA).- Aunque la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa en septiembre de 2014 sacudió a México y al mundo, la violencia y las desapariciones en Iguala comenzaron mucho antes y continúan hasta el día de hoy. A 10 años de aquel trágico suceso, la ciudad sigue sumida en un clima de miedo, impunidad y dolor, según denuncian madres de desaparecidos que integran el Colectivo de Madres Igualtecas en Búsqueda de sus Desaparecidos A.C.

Janet Villaseñor, cuya voz tiembla de rabia y desesperación, recuerda que su hermano Joel fue secuestrado en julio de 2021 por hombres armados, dejando a su esposa embarazada. Su historia es solo una de las muchas que se han acumulado en Iguala antes y después de Ayotzinapa.

“Aquí hay muchos casos de antes de Ayotzinapa”, afirma mientras señala a otras madres que, como ella, buscan a sus familiares. Entre ellas está Sandra Luz Román, quien perdió a su hija Ivette en 2012, dos años antes de la desaparición de los estudiantes normalistas.

Los datos oficiales respaldan los testimonios de estas mujeres.

Desde la llamada “noche de Iguala” en 2014, 292 personas han sido reportadas como desaparecidas en el municipio, de las cuales 166 siguen sin ser localizadas y 19 fueron halladas sin vida.

Durante la administración de López Obrador, que está por concluir, han desaparecido 154 personas en Iguala, y más del 65 por ciento de esos casos permanecen sin resolver. Desde 2006, cuando comenzó la “guerra contra el narcotráfico”, la cifra total de desaparecidos en Iguala asciende a 446 personas, de las cuales 33 fueron encontradas muertas.

A pesar de estas alarmantes cifras, las madres y activistas señalan que la cifra negra de desaparecidos podría ser mucho mayor, ya que muchas familias no denuncian por temor a represalias.

“Aquí en Iguala se vive con mucho miedo”, comenta Lucila Hernández, madre de María del Sol Román Hernández, desaparecida en marzo de 2022. La inseguridad constante obliga a las familias a estar en alerta permanente, temiendo cada movimiento en las calles.

Lejos de mejorar, la situación de seguridad en Iguala parece haberse deteriorado aún más. En 2023, la ciudad registró 193 homicidios, un 238 por ciento más que en 2019, al inicio del sexenio de López Obrador. En total, se han cometido 676 asesinatos en los últimos seis años, cifras que superan a las de Chilpancingo, la capital del estado.

La violencia y las desapariciones no solo afectan a las familias de los desaparecidos, sino que también han transformado radicalmente la vida de quienes sobreviven.

Lucila Hernández dejó su trabajo y huyó de Iguala junto a su otra hija, quien sufre de estrés postraumático desde la desaparición de su hermana. «La seguridad no ha mejorado después del caso Ayotzinapa. Yo creo que incluso está peor que antes», sentencia Lucila.

Sandra Luz Román, directora del Colectivo de Madres Igualtecas, asegura que la desaparición de su hija Ivette en 2012 estuvo vinculada a agentes del Estado, en contubernio con el crimen organizado. Señala que muchos de los perpetradores en el caso de su hija participaron también en la desaparición de los 43 normalistas.

“Las mismas personas que participaron en la desaparición de mi hija, participaron luego en la desaparición de los 43”, denuncia Sandra.

A lo largo de los años, las madres buscadoras han tenido que asumir la responsabilidad de investigar por su cuenta, ante la inacción del Estado. “Nosotras exigimos que, si el gobierno no va a buscar, al menos nos dejen hacerlo”, reclama Sandra, quien ha arriesgado su vida en múltiples ocasiones al realizar búsquedas en zonas peligrosas de Guerrero y Michoacán.

El desgaste físico y emocional de estas mujeres es evidente. Sandra, al igual que muchas otras madres, recibe tratamiento psiquiátrico desde 2012. “El dolor que me genera la impunidad es demasiado fuerte”, confiesa, mientras sostiene el retrato de su hija Ivette, desaparecida hace más de 12 años.

Para las madres de Iguala, la lucha no ha terminado.

“Sé que algún día me van a matar, pero voy a morir con la frente en alto”, asegura Sandra. “Si esta es mi razón de vivir, que sea lo que tenga que ser”. A pesar de las amenazas, ella y otras mujeres del colectivo continúan buscando a sus hijos e hijas, sin el apoyo de las autoridades y con la esperanza de, al menos, encontrar sus cuerpos para darles un entierro digno.

Las desapariciones en Iguala, que comenzaron mucho antes de Ayotzinapa, continúan siendo una realidad dolorosa y persistente en la ciudad. A 10 años de la tragedia que puso a Iguala en el mapa mundial, el miedo, la impunidad y la falta de justicia siguen definiendo la vida de sus habitantes.


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