Del dicho al hecho

Por Enrique Abasolo

Los refranes son la sabiduría de los pendejos.

Lo anterior no es un refrán, apotegma o dicho popular, sino la simple afirmación de quien esto escribe.

Si bien, a cualquiera se le escapa de vez en cuando un dicharacho para ilustrar algún argumento; sustituir de plano dichos argumentos con frases prefabricadas es síntoma de pereza mental y por consiguiente de una pobre capacidad para debatir.

Los refranes emanan de una supuesta “sabiduría popular”, pero suelen ser razonamientos simplistas que no funcionan a la hora de intentar explicarnos un mundo complejo con demasiadas variables.

Me exaspera la gente que invoca frases “ingeniosas” o peor, los que fingiendo erudición juran estar citando a tal o cual pensador sin ser capaces de precisar cuándo y en qué contexto el supuesto aludido dijo esto o aquello.

Pero, sin duda, en el nivel más bajo están los que “citan” al Quijote sin jamás haber metido ni por accidente las narices en un tomo de Cervantes, lo que no les inhibe a la hora de repetir como mensos aquello de “Ladran, Sancho…”. (¡Brrr! Me dan ‘cringe’ nomás de pensarlos).

Como ya se habrá percatado, el niño septuagenario que se desempeña como Presidente de México tiene el irritante hábito de aderezar su retórica fofa con frases coloridas que en su pueril intelecto -supongo- considera él que rezuman sabiduría o sintetizan perfectamente conceptos abstractos.

Por supuesto, tampoco es como que recurra a los más grandes pensadores de las ciencias, las artes o -ya de perdido- de la filosofía. ¡Para nada! Son sus favoritas las expresiones populares. Luego ha citado al Papa Francisco y  a las Escrituras (no olvidemos que es un santurrón moralino) y, con demasiada frecuencia, al que a no dudar considera el más excelso poeta y más profundo pensador de su patria chica: Chico Che.

Pero lo suyo, lo suyo son las frases de viejo rancio, ya que él mismo es un viejo rancio. Pero antes de que me desuellen los amlovers por decir esto, entendamos que por viejo rancio me refiero a alguien que después de cierta edad se volvió reticente al verdadero conocimiento; alguien que se empeña en hacer las cosas a la vieja usanza, que denuesta a cualquiera con dominio y autoridad sobre alguna materia concreta porque, hacer tal o cual cosa, “ni tiene tanta ciencia”.

Ese desdén por el saber lo disimula con dichos. ¡Ah, cómo le mama soltar dichos, refranes y pregones! Supongo que recitar frases que no pondrían en las mentas o las galletas chinas de la suerte por cursis, lo hace sentirse como un viejo sabio.

Y si por casualidad alguna sentencia rima, ¡olvídese! Debe ser palabra de Dios, ya que una frase rimada resulta tan perfecta, tan acabada y trascendental que tiene que ser, por necesidad, un trozo de iluminación divina.

Cuando don AMLO larga sus ocurrentísimas y originalisimas frases del siglo 19 en el ámbito doméstico, digamos, en una Mañanera, no hay problema. No pasa de que la agarre de encabezado algún editor huevón.

Incluso, cuando en alguna cumbre internacional saca su repertorio de gastados aforismos, tampoco hay mucho que lamentar, siempre y cuando AMLO esté conviviendo con sus cuates del  Eje del Mal Latinoamericano, los dictadores sudacas Maduro, Ortega, Díaz-Canel.

Pena cuando la agenda obliga ya de plano a nuestro Tlatoani Tlaconete a convivir con el mundo desarrollado y exhibe las mismas dotes de orador de un tío necio en XV años.

“¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos!”. Con semejante simplonada, el Presidente ha descrito nuestra histórica relación con el país vecino y no ha tenido empacho en recetársela a los dignatarios norteamericanos, incluyendo al Presidente Biden y la Vicepresidenta Kamala Harris.

Es con toda seguridad una maldición para AMLO que México comparta tres mil kilómetros de frontera con la superpotencia gringa porque, como ya dijimos, le gusta mantener sus conceptos bien simples y sus ideas tan chatas como sea posible.

Y  aquí es a donde quería llegar con esta larguísima disertación, pues parece ser que nuestro mandatario tiene una desconfianza que raya en lo fóbico a todo lo que provenga de gringolandia, claro, como no sean las remesas.

No sabemos si son sus complejos personales o lo que López Obrador considera que es una correcta postura de izquierda (repudiar por sistema y en automático todo lo que venga marcado “Made in USA”), pero no ha tenido pudor ni tacto en encomiar y hasta aplaudir posturas políticas que no sólo ofenden a Estados Unidos, sino al mundo entero, como fue su renuencia a condenar la invasión de Rusia a Ucrania, porque en alguna parte de su mente aún existe la Unión Soviética y es un contrapeso a la hegemonía norteamericana (y luego, en sintonía de rebaño, todos en su movimiento se adhieren sin chistar a la misma sandez).

En la pasada cumbre celebrada en San Francisco, AMLO se mostró más cómodo con su contraparte de la República China, Xi Jinping. Trascendió que cerraron un acuerdo para que China nos provea con paquetes de enseres domésticos para ayudar a los damnificados de Acapulco y Guerrero.

De estar yo en el círculo cercano de AMLO, le haría ver que si los Estados Unidos le parecen una nación históricamente imperialista, perversa y abusiva, China es hoy por hoy el mayor agiotista del mundo que, sin tocarse el corazón, ha llevado a la bancarrota a una docena de países.

Hípercapitalizado como está, el Gobierno Chino se da el lujo de soltar préstamos sin ton ni son, eso sí, bajo condiciones tan leoninas y ventajosas que de tratarse de los Estados Unidos o del FMI, todos los izquierdistas de café estarían pegando alaridos de indignación. A China se le tolera que ejerza créditos inmorales y depredadores. 

Pero China es implacable a la hora de cobrar y si el país deudor no tiene con que liquidar, ¡no hay problema! Siempre existe algún bien o patrimonio, recursos naturales o infraestructura; alguna carretera o puerto marítimo que puede ser de interés para el gran usurero del mundo.

AMLO debería tener cuidado en abrirle la puerta, los brazos y las piernas a China y su crédito aparentemente ilimitado. No vaya siendo que comencemos por endrogarnos con unas teles y unos refrigeradores y su querido AIFA y Tren Maya terminen administrados por el Gigante Asiático.

Eso nomás.  A esta advertencia quería arribar, antes de rematar, como haría nuestro querido Chapulín Colorado de Macuspana, diciendo: “Más vale malo por conocido, que este arroz ya se coció”.


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