Por Marco Campos Mena
Estar atrapado en el tráfico es una de las escenas que se han vuelto habituales en nuestra ciudad con el explosivo crecimiento que hemos tenido en recientes años derivado del crecimiento industrial y lo atractivo que resulta para muchas personas que llegan en busca de una vida mejor.
Hemos normalizado el tiempo que nos toma llegar de un punto a otro de nuestra ciudad como si esto fuera algo que hemos visto toda la vida, pero, lo que verdaderamente es preocupante es el hecho de que también nos hemos acostumbrado al mal humor y a las mentadas de madre de un día cualquiera en el tráfico.
¿Se ha puesto a pensar en el por qué muchas personas parecen estar de mal humor todos los días?, ¿qué consecuencias traerá para la sociedad que haya desplantes de ira por cualquier razón?
Cuando nos vamos a las causas principales, caemos en cuenta de que muchas personas no completan la quincena por el alto costo de vida de las ciudades, y no es para menos si hablamos de Saltillo, una de las ciudades más caras para vivir en México.
Hay personas que vienen de fuera que al recibir la oferta salarial lo ven como un gran crecimiento para sus oportunidades de una mejor vida, pero que al ver los gastos diarios de vivir aquí terminan por cambiar de opinión y comentan que el salario es insuficiente para poder vivir dignamente.
Si sumamos el hecho de que el entorno mundial está agravando esta situación y la gran incertidumbre que existe respecto a muchas empresas y su permanencia en nuestro estado, comenzamos a crear una tormenta perfecta para que las personas vivan en un constante estrés y ansiedad.
La mejor válvula de escape a toda esta presión es propinar algunas mentadas de madre y usar el claxon indiscriminadamente, pero no soluciona el problema principal.
Muchos se enfrentan a los problemas típicos de una metrópolis y comienzan a ver al tiempo como su principal enemigo, pues, dos horas de tráfico o más al día representan, a su vez, tiempo que sacrifican de descanso o esparcimiento con la familia.
El tener la constante amenaza de llegar tarde y que no le reciban a los hijos en la escuela, perder el bono de puntualidad o recibir algún tipo de descuento en su sueldo por no cumplir con el horario de entrada son solo algunos de los pensamientos que se enfrentan al menos cinco días a la semana.
Ahora pensemos en la respuesta automática y sus consecuencias:
Muchas personas arriesgan su seguridad e integridad y la de sus familias con una conducción temeraria; muchos se pasan los semáforos en rojo, no respetan los altos, pasan a alta velocidad en zonas escolares y pitan con ira incluso en zonas prohibidas, como escuelas y hospitales.
Es común ver en Avenida Universidad que se invada la ciclovía cuando una persona se quiere estacionar y van pasando violentamente por las boyas sin ningún tipo de cuidado por su vehículo, todo con tal de ganar un par de segundos por la presión que sienten por llegar a tiempo.
Obviamente no piensan en el estado de sus vehículos que se desgastan a una velocidad mucho más alta y que comprometen su seguridad ante una posible falla estructural en él.
Tampoco piensan que pueden atropellar a un transeúnte y arruinar años de su vida por esos escasos segundos que buscaban ahorrarse.
En las vialidades principales se ve como ha tronado llantas y se han expuesto a daños mayores con tal de ganar algunos espacios en la fila, algo muy común en Venustiano Carranza para incorporarse a Nazario Ortiz Garza hacia el oriente.
Y no dejemos de lado que se atropelló a una oficial de tránsito por esas prisas.
¿Qué pasará con todas estas personas que corren con estrés e ira a pesar de saber que están atrapados en el tráfico?
Lo primero que le puedo asegurar es que la salud física comenzará a representar afectaciones más severas por el estrés constante. Veremos cada vez más casos de gastritis, insuficiencia renal, taquicardias, hipertensión y falla en órganos vitales derivado del estrés.
Por la ansiedad veremos cada vez más cuadros depresivos, ira desbordada, violencia intrafamiliar, descontrol emocional generalizado y traumas que afecten su calidad de vida.
Lo cierto es que poco se puede hacer para evitar que esto continúe, pero podemos trabajar en lo personal para hacer un cambio una persona a la vez.
Ya lo decía Odín Dupeyron en una entrevista: “La terapia es canasta básica: huevos, leche, terapia”, y es algo que se tiene que comenzar a ver como necesario para sobrevivir en tiempos como los que tenemos actualmente.
Ir a terapia es una necesidad de cuidado personal, tanto preventivo como para recuperar el equilibrio emocional. Es un acompañamiento para poner en orden la mente y las emociones, es una válvula de escape para soltar todo aquello que nos hace daño antes de que se transforme en ira que le haga daño a alguien más.
Véanse en el espejo de los jóvenes. ¿Cuántos casos hay de suicidios y muchas veces ni siquiera sabemos el por qué lo hicieron?, ¿con cuántos problemas están lidiando emocionalmente al ver el mundo que les espera?
Hay que hacer un alto y evaluar en donde estamos y si queremos seguir por este camino. El futuro de una generación entera está en manos de cada padre de familia y en cada persona que está comenzando a perderse en un mar de emociones negativas, es tiempo de hacer introspección y volver a plantearnos qué camino queremos para nuestras vidas.
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