Nueva York, 26/11/2024 (Más / IA).- El graffiti ha recorrido un largo camino desde su nacimiento en las calles de Nueva York en la década de 1970 hasta ocupar un lugar destacado en galerías y museos de renombre. Este arte, alguna vez catalogado como vandalismo, cuenta ahora con reconocimiento global, como lo demuestra la exposición ‘Above Ground: Art from the Martin Wong Graffiti Collection’, que se presenta en el Museo de la Ciudad de Nueva York.
La historia del graffiti está íntimamente ligada a los vagones de metro y paredes de la ciudad, convertidos en lienzos improvisados por adolescentes que buscaban expresar su creatividad. “Pintar graffiti es como el jazz, no tiene reglas, es lo que se siente”, afirma uno de los artistas anónimos que ayudaron a cimentar este movimiento. Lo que comenzó como una práctica de jóvenes escribiendo alias, números de calles o símbolos simples, evolucionó rápidamente hacia estilos más elaborados que transformaron paisajes urbanos en auténticas galerías al aire libre.
Entre las figuras más icónicas del graffiti destacan nombres como ‘Lady Pink’, pseudónimo de la ecuatoriana Sandra Fabara, y el misterioso ‘Banksy’, cuyas obras hoy se cotizan en miles de dólares, junto a artistas consagrados como ‘Futura’, ‘Dondi’ y Lee Quiñones. Este fenómeno artístico surgió en un contexto de crisis económica en Nueva York, que afectó especialmente a los programas juveniles. Esto dejó a muchos jóvenes con tiempo libre y fácil acceso a pintura en aerosol, sentando las bases para el movimiento.
“El graffiti contemporáneo tal y como lo conocemos hoy realmente se origina en Nueva York y Filadelfia”, explica Sean Corcoran, curador de la muestra. La práctica se extendió rápidamente desde los barrios hasta autobuses, estaciones de tren y finalmente los trenes mismos. La competencia por destacar impulsó la creatividad, llevando a los artistas a perfeccionar sus estilos y a crear una comunidad unificada que transformó el graffiti en una cultura urbana global.
En 1972, Hugo Martínez, estudiante de la Universidad Pública de la Ciudad de Nueva York (CUNY), fundó la organización United Graffiti Artists. Este colectivo buscaba proporcionar a los mejores grafiteros espacios legales para expresar su arte, alejándolos de las tensiones legales y sociales asociadas al graffiti callejero. En la década de 1980, iniciativas como la apertura de estudios de artistas por parte de figuras como ‘Zephyr’ y ‘Futura’ ofrecieron nuevas oportunidades para trabajar en lienzo, un soporte que les permitió ingresar a galerías y mercados internacionales.
El movimiento no tardó en cruzar fronteras. En 1979, Lee Quiñones y ‘Fab 5 Freddy’ llevaron una muestra a Roma, marcando el inicio de la globalización del graffiti. Más tarde, la primera gira internacional del hip-hop en Europa consolidó el alcance del arte urbano neoyorquino en ciudades como Londres y París.
El ocaso del graffiti en los trenes llegó a finales de los años 80, cuando la Autoridad Metropolitana de Transporte (MTA) decidió retirar de circulación cualquier vagón con grafitis. “¿Por qué pintar algo que iba a desaparecer cuando podían trabajar en lienzos, vender sus obras y construir una carrera artística?”, reflexiona Corcoran. Para 1989, prácticamente no quedaban trenes decorados, cerrando así un capítulo crucial en la historia de este arte.

Hoy, con exposiciones como la del Museo de la Ciudad de Nueva York, el graffiti es celebrado como un emblema de creatividad, resistencia y transformación cultural. Su paso de las calles a los muros de las galerías no solo valida su valor artístico, sino que cuenta la historia de una ciudad que se convirtió en la cuna de un movimiento que trascendió fronteras.
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