Alejandro Lenin Villalobos Rodríguez
En México solemos describir las crisis del sistema de salud con un lenguaje predecible: falta de medicamentos, hospitales rebasados, infraestructura insuficiente, burocracia interminable. Todo eso existe y pesa. Pero hay una fractura menos visible —y quizá más peligrosa— que avanza sin hacer ruido: la erosión de la formación académica, la normalización de la incompetencia, la ausencia de culpa frente al error y una pérdida progresiva de empatía.
La educación, en cualquier sociedad, no es un lujo; es el eje desde el cual se sostiene la dignidad de lo público y la posibilidad real de desarrollo. “La educación es un eje fundamental del desarrollo económico de una sociedad… permitiéndoles disminuir los niveles de pobreza e inequidad”. 1 En medicina, esto no es una frase de manual: es la diferencia entre un sistema que protege y uno que solo administra daños.
La medicina no se deshumaniza únicamente por carencias materiales: se deshumaniza cuando se debilita la conciencia profesional, cuando el conocimiento se vuelve simulación, cuando el prestigio sustituye a la competencia y cuando el dinero desplaza el sentido vocacional hasta volverlo un accesorio del discurso.
La crisis que no se reporta: la degradación formativa
La medicina mexicana —y en especial la práctica cotidiana en múltiples regiones— enfrenta una crisis profunda que no siempre se nombra porque es incómoda: no se resuelve con compras, ni con remodelaciones, ni con discursos institucionales. Se trata de un deterioro formativo que se expresa en decisiones sin sustento científico, hábitos clínicos repetidos por costumbre y una ética profesional diluida.
Esta crisis se vuelve más evidente cuando la educación se concibe solo como un trámite: cumplir guardias, “pasar” rotaciones, coleccionar constancias, aprobar exámenes como quien cruza una puerta. El conocimiento se reduce a una acumulación que no transforma el juicio clínico ni tampoco abona a su vida, a su humanidad. Y cuando la formación deja de exigir pensamiento, aparece el profesional que sabe “hacer” sin comprender y aprende a sobrevivir sin responsabilizarse. Y cómo responsabilizarse, si no distingue el error del acierto.
Reproducción cultural: cuando el sistema enseña a repetir el error
Aquí resulta útil mirar la educación desde los aportes de la sociología crítica. Pierre Bourdieu explicó cómo las desigualdades se reproducen mediante estructuras aparentemente “neutrales” como la escuela; conceptos como habitus y capital cultural ayudan a entender cómo ciertas prácticas se heredan y se normalizan sin necesidad de imponerse con violencia: simplemente se vuelven “lo correcto” dentro del sistema, se vuelve una cultura y por lo tanto, difícil de ver los errores.
En su visión, la educación reproduce relaciones de poder: “Para él la educación es el agente fundamental de reproducción… pone énfasis en la importancia del capital cultural heredado en la familia como clave del éxito en la escuela”. 2 Si trasladamos esto al campo médico, el problema no es solo quién sabe más, sino qué conductas premia el sistema: la apariencia sobre la competencia; el silencio sobre la autocrítica; el “así se ha hecho siempre” sobre la evidencia, la falta de acción ante eventos críticos.
Bourdieu y Passeron señalan además que todo sistema institucionalizado tiende a reproducirse a sí mismo: “todo sistema de enseñanza institucionalizada debe (…) producir y reproducir las condiciones institucionales (…) necesarias (…) al cumplimiento de su función de reproducción de un arbitrario cultural”. 3 En medicina, ese “arbitrario cultural” puede ser la mediocridad normalizada, el maltrato como ritual de iniciación, la impunidad del error, el cinismo aprendido y el falso escaparate en medios digitales.
Poder, legitimación y silencios: lo que se celebra y lo que se castiga
Desde la pedagogía crítica, Peter McLaren cuestiona cómo se construye el conocimiento y qué estructuras lo legitiman; 4 con apoyo de Foucault, recuerda que el poder no solo se impone: también circula, se reproduce, se vuelve costumbre, incluso se disfraza de “excelencia”. El poder está en el lenguaje, en el currículo oculto, en lo que se permite y en lo que se castiga.
Por eso, en muchas instituciones no se premia al clínico más sólido, sino al más dócil; no se impulsa al docente más exigente, sino al menos conflictivo; no se protege al paciente, sino a la cadena de mando. Y así, la formación se vuelve una maquinaria de obediencia: se aprende a callar, a no cuestionar, a no denunciar.
Esta es la protesta silenciosa: ver el daño y no poder nombrarlo sin pagar un costo. Con el tiempo, el costo más alto lo paga el paciente y a la larga el sistema de salud.
La mercantilización del acto médico: cuando el beneficio económico desplaza el deber
A lo anterior se suma un fenómeno corrosivo: un culto desmedido al beneficio económico que ha desplazado el sentido vocacional. No se trata de negar el derecho a condiciones laborales dignas; se trata de denunciar cuando el dinero se convierte en el criterio rector que reorganiza la moral clínica y las decisiones médicas.
Cuando se normaliza la ganancia por encima del deber, la empatía se vuelve estorbo, la actualización se vuelve innecesaria, y la culpa desaparece porque admitir el error amenaza el negocio. Entonces la medicina deja de ser servicio y se convierte en transacción y el paciente únicamente es un ente sin alma, sin facultades, sin pasado ni presente.
Educación médica: responsabilidad compartida, obligación ética
La educación en salud es un reto nacional. “En México, la educación médica es una responsabilidad compartida entre las instituciones de educación superior y las instituciones públicas de salud”. 5 Esa frase implica corresponsabilidad: la universidad no puede formar sin realidad clínica; el hospital no puede operar sin estructura pedagógica, y el sistema no puede exigir resultados sin sostener procesos.
Pero cuando falla la ética de la enseñanza, el hospital deja de ser escuela y se vuelve fábrica: produce egresados funcionales, no profesionales íntegros. La medicina no puede sobrevivir con una educación que solo enseña técnicas o teoría sin enseñar humanidad, respeto por la vida, pasión y comprensión hacia el dolor.
Conclusiones
La medicina en México enfrenta una crisis que no siempre se ve porque no se mide con indicadores simples. No es únicamente un problema de recursos: es un problema formativo, moral e intelectual. Es una crisis de conciencia profesional.
El país no necesita solo más médicos: necesita mejores procesos educativos, cultura clínica basada en evidencia, entornos donde el error no se esconda sino se analice, y donde la empatía no sea un adorno sino un estándar.
Una sociedad democrática no puede tolerar que su sistema de salud reproduzca prácticas que degradan al paciente y al profesional. Si la educación reproduce cultura, entonces hoy urge decidir qué cultura queremos reproducir: la del silencio, la impunidad, el maltrato o la transacción… o la de la responsabilidad, el pensamiento crítico y el humanismo.
Esta no es una protesta ruidosa: es una protesta clara. La que se escribe con la convicción de que la dignidad clínica no se negocia, y de que el futuro de la medicina no depende solo de tecnologías, sino de conciencia.
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