Editorial

CONCRETO ESTAMPADO


Por Horacio Cárdenas Zardoni


Si no recordamos mal, fue en el sexenio de Rogelio Montemayor Seguy que se introdujo el concreto estampado como una solución razonablemente económica y estética a la rehabilitación de algunas de las calles principales del centro histórico de Saltillo.


Pueblerino que es uno, la verdad no conocíamos ese recurso. Sí, estábamos acostumbrados al asfalto, al pavimento, a “las piedritas” de los pueblos y algunos barrios, que no eran otra cosa que piedra bola, de río, ahogada en concreto.


Y es cierto, el centro de Saltillo estaba de terror, entre las calles pavimentadas al puro ai’ se va, y las banquetas dizque adoquinadas con el adocreto más corriente que pudo haber comprado el gobierno, dicen que en la administración de Óscar Flores Tapia, las calles del casco urbano estaban para caminar como Beirut en sus momentos de más intensos bombardeos por la guerra civil.


Sea lo que sea, Rogelio le trajo modernidad y un poquito, no demasiado, de ‘clase’ al pueblo, le digo, el concreto estampado era desconocido, y recién colocado con ese tono cafecito, alejándose del deprimente gris del cemento Portland, sentía uno que el gobierno sí estaba cumpliendo con el remozamiento de la capital, que parecía que nadie le había dado una mano de gato desde finales del siglo XIX, o antes. Ya cuando se acordó SIMAS, en vías de convertirse en Aguas de Saltillo, que no había destapado las válvulas de agua, no había dejado libres las alcantarillas y otras de las lindezas a que nos tiene acostumbrados, recibimos el baldazo de agua helada en pleno inverno: porque acá en Pueblo Chico ya había empresas que instalaban el mentado concreto estampado… pero no quien lo reparara.


Y como el ‘operario’ de Aguas, o el subcontratista, o en el mejor de los casos, el empleado del ayuntamiento, que es el último eslabón de la larga cadena de mando, y el que hace el trabajo, sin que ninguno de sus supervisores, jefes y directores le eche un ojo a lo que hizo y cómo lo hizo, nos topamos los ciudadanos con que las reparaciones a esas fallas de AgSal, como luego ocurrió con las nuevas tomas, como luego ocurrió con los baches, se hizo con concreto del de siempre, ya se imaginará usted el pegote… y dijera bueno, de perdida allí anduvo uno de los trabajadores con una varita tratando de darle continuidad a las líneas de los supuestos adoquines que pretendía representar la estampa, pero nada, el trancazo de concreto sin ningún tipo de acabado, ya ve que eso de la estética no se lleva muy bien que digamos con el salario mínimo burocrático.


Así, aquello que nació como una idea bastante innovadora, que daba el gatazo de que había algo de colonial en las calles más antiguas de la ciudad de Saltillo, se vio afeado a los pocos días de su inauguración, y así fue empeorando hasta que lo menos que quería hacer un ciudadano de a pie, uno como ele obispo Raúl Vera, era ver hacia el piso, pero cruel como es la vida, o ve hacia abajo, o corre el riesgo de romperse la crisma, pues los escasos sexenios que duraron los arreglos de tiempos de Rogelio Montemayor, estaban al nivel de peligrosidad que los que había sustituido, que venían de cuando Flores Tapia.


Incidentalmente, recordamos que mientras levantaban el pavimento en varios puntos del centro, y antes de poner el concreto estampado, encontraron parte, no sabemos que haya nadie evaluado en qué proporción, del empedrado original, que databa de un par de siglos atrás, o quizá todavía más, ya ve que los gobernantes de antes usaban materiales que duraban hasta el fin de los tiempos, no a la vuelta de dos o tres sexenios. Como los contratos estaban otorgados y el proyecto incluía precisamente eso, poner concreto estampado, lo que se hizo fue verterlo encima de aquel basamento, eso sí, de primera clase, ¿y cómo no?, si eran bloques de roca sólida, de esos que tienen cuatrocientos años en Zacatecas, y que le dan su peculiar sabor colonial, no, acá no. ¿qué hubiera pasado si hubieran levantado esos cuadros de roca, hubieran puesto el concreto como cimiento y los tabiques encima… olvídelo, no les dan para tanto las meninges.


Bueno, pues todo esto viene a cuento porque en los días pasados han circulado noticias feas de la calle General Cepeda. Sí, esa que José María Fraustro Siller se propuso remozar en su tramo del centro histórico, pero no para devolverle el carácter clásico que alguna vez tuvo, sino utilizando los materiales de moda, baratos y balines, y obviamente, poco duraderos. Lo primero que se supo es que el concreto estampado que se había instalado en algunas zonas, presentaba cuarteaduras…


Y la verdad que sudamos frío, primero porque no hay poder en este mundo que obligue a un burócrata a querer hacer válida la garantía de una obra… ¿pues cómo voy a incordiar a don empresario, cuantimás, si llevaron moche en el costo de realización de la obra? Así que olvídelo, ya si la presión es mucha, con capaces de contratar allí un maistro albañil, uno sin título, para que le resane por encimita. Y allí es lo segundo, que como ya dijimos arriba, las reparaciones al concreto estampado nunca, pero nunca quedan bien, sobre todo si las hace cualquier trabajador no especializado. Si a los especializados, que ni siquiera sabemos que existan en México como para hacer un remiendo invisible para que de el tono del pigmento y se ajuste a las líneas, no dejando grumos encimados, y… y nada, un par de cucharazos de cemento, y ya estuvo, dudo siquiera que regresen a curarlo.


Ya lo último que supimos es que Aguas de Saltillo andaba haciendo obras en General Cepeda, este… es que se les olvidó dejar el hueco para tener acceso a las válvulas que abren y cierran la dotación de líquido para acá o para allá. Igual si es eso o es otra cosa, pero las fotos que circularon en redes dejaban ver sin espacio a dudas que algo se les olvidó y lo estaban remediando a su leal saber y entender, ninguno de los dos de premio Nobel.


Mencionábamos hace rato Zacatecas. Andando una vez por allá nos tocó ver cómo empleados del municipio levantaban los tabiques, los apilaban, hacían la reparación de alguna fuga de agua, y los volvían a acomodar, sin cemento ni nada, claro, cada tabique pesa veinte kilos de roca sólida, pero así son de duraderos. Total que, los vecinos de General Cepeda ya pueden disfrutar, tarde, fuera de calendario y de especificación, de su magna obra, que ya se está cuarteando, que ya tiene sus primeros parches, y que no tardará cinco años en estar como estaba la carpeta que quitaron, ¡viva Saltillo!…


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