Por Horacio Cárdenas Zardoni
Si algo aprendimos en este sexenio que está a punto de expirar, es lo poco que nos hace falta a los mexicanos el gobierno para vivir nuestras vidas. Es más, podríamos decir que el mismo gobierno se dio cuenta de la poca necesidad de gobierno que requiere para gobernar.
Habría que preguntárselo a él, aunque cada vez es más difícil que lo acepten a uno en una mañanera, con eso de que ahora son las mañaneras del adiós, no quieren que nadie se las vaya a echar a perder al presidente con preguntas incómodas y desagradables. Así que tendremos que esperarnos a que a él le brote hablar del tema, ya ve que su pecho no es bodega, o que escriba un nuevo libro en el que se detallen esa clase de cosillas, los entretelones de una administración de la que muchos podrán decir que careció de guion, pero que allí donde la ve, ya llegó a sus últimos estertores.
Lo que nos interesa saber en específico es si realmente existió una estrategia del presidente, o de sus asesores, o de alguien, para no designar decenas y cientos de puestos en la administración pública federal, en los organismos descentralizados, en los autónomos y demás, o si se trató de una mera casualidad que luego se convirtió en necedad de su parte, de no querer cumplir con lo que la ley ordena.
Antes esa clase de cosas se resolvían en automático. No había necesidad de recurrir a la presidencia, es más, ni a gobernación, se daba por sentado que la división de poderes funcionaba y que lo que correspondía al legislativo, se le dejaba al legislativo, con un recadito y los atentos saludos de la parte interesada, pero eso era más cortesía y solicitud de que les tiraran línea, que otra cosa.
Pero ahora no, con López Obrador, y quien sabe si esté en los estatutos y plataforma ideológica de la cuarta transformación, la línea fue que no había línea… conforme iba pasando el tiempo, se llegaba el momento de renovar los cargos en los institutos, consejos, comisiones y demás, y toda la clase política se comenzó a mirar primero, y a preguntar después ¿qué, no van a nombrar?, y no, no nombraban y no nombraban, y así se fueron acumulando hasta llegar a cerca de los doscientos puestos.
Si usted recuerda, hubo toda clase de correspondencia, solicitando primero, exigiendo después, que se dieran los nombramientos. Hubo demandas ante la Suprema Corte, hubo dictámenes y sentencias, y hasta lo nunca visto, multas por omitir cumplir con sus funciones, obligaciones y las tales sentencias, y nada.
Y como comenzamos diciendo, México pudo comprobar que perfectamente podía vivir sin consejeros electorales, sin magistrados, sin consejeros de energía o de competencia económica, sin sistema anticorrupción, sin consejeros de telecomunicaciones, y en efecto, no pasaba nada. Si se reunían, si tenían validez sus acuerdos, si inventaban procedimientos o recurrían a subterfugios, el caso es que para bien o para mal, el gobierno seguía funcionado igual que siempre, tampoco vamos a caer en decir que igual de bien, lo que sí, nos ahorrábamos muchísimo dinero en los salarios y prestaciones de estos funcionarios, que se despachan con la cuchara grande, porque muchos de estos eran de los que ganaban más que el presidente, parte de las razones por las que les tenía ojeriza.
Y es así como llegamos al momento actual en el estado de Coahuila. Resulta que antes que termine el mes deberá estar vacante la oficina del fiscal anticorrupción, y nosotros como muchos, nos preguntamos si no será este un excelente momento para considerar el seguir la enseñanza de Andrés Manuel López Obrador, no designar a un nuevo fiscal para hacerse cargo de un área que ha brillado por su ineficiencia durante todos los años en los que ha existido.
A lo largo de estos años hemos comentado agriamente la manera en la que esta dependencia se las ha arreglado para nadar de muertito, sin lograr prácticamente ningún éxito en los casos que les han caído entre las garras, y mire que algunos eran de especial interés de la población, especialmente de los municipios que fueron saqueados por sus presidentes municipales.
Lo más crítico de la actuación de la fiscalía anticorrupción ha sido su incapacidad para prevenir que sigan ocurriendo delitos y saqueos, y que además lo hagan con mayor cinismo y desfachatez, si ya se dieron cuenta que no les van a hacer nada, ni siquiera a quitarlos del puesto, intervenirles la caja u otros recursos, pues se dejan caer con singular alegría sobre las arcas públicas.
La hipótesis que planteamos es que, las cosas funcionarían igual si está la fiscalía anticorrupción que si n o está. De todos modos la ley allí está, es clara, y de hecho lo que ocurre es, vaya a saber por qué, que cuando integran un caso, que no es frecuente, lo mandan a la fiscalía general de justicia para que ella sea la que se haga cargo, con lo que de hecho la única función que están cumpliendo es la de secretario de un juzgado, perfectamente podrían encargárselo a un ministerio público especializado en esas cosas, y saldría más barato, en un descuido hasta más rápidos los asuntos.
No sé, piénsenlo. Este es el momento de deshacernos de algo que ha ocasionado decepciones como pocas. La otra sería que sí le dieran dientes, pero a eso pocos son los que se animarían.
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