Por Horacio Cárdenas Zardoni
Uno de los lugares comunes más comunes… es la cita de una novela llamada el Gatopardo, del conde Giuseppe Tomasi de Lampedusa, y no es que mucha gente lo haya leído, sino que mucha gente ha escuchado a otras personas citar una frase, una sola frase, y ya con eso se adornan de saber mucho de literatura, de política, y de estrategia para hacerse y conservar el poder, queriendo hacer creer que Maquiavelo y su manual, les viene guango.
La frase es aquella de que hay que cambiar para que todo siga igual, misma que luego le colgaron a Jesús Reyes Heroles, el viejo, y que alegremente adoptó el sistema político mexicano como principio fundacional, traducido en dejar caer de la mesa algunas migajas para seguir conservando el pastel.
Y efectivamente, si durante buena parte del reinado del Partido Revolucionario Institucional el siglo pasado, se hizo hasta lo imposible por conservar la mayor parte, si no es que todas las posiciones de poder, para que quienes lo ejercían desde el escalón más alto, no tuvieran ningún problema y ninguna contrariedad, la alternativa fue soltar algunas cosillas, de manera que la oposición estuviera contenta de que al fin, le dejaban gobernar. Esto funcionó y sigue funcionando hasta la fecha, porque detrás de lo aparente que hemos vivido, la alternancia en tres ocasiones, da la impresión de que en México se vive una plena democracia, pero nomás rascándole tantito, nos encontramos con que el sistema nunca ha perdido el control, al contrario, ha encontrado formas más sutiles o más rudas para ejercerlo, dependiendo del momento político, económico y social que esté viviendo el país.
Pero a veces los gobiernos añoran la época en que se vivía en la más absoluta comodidad, de que nadie interpelaba al mandamás, y no porque en las leyes no existiera la republicana autorización para hacerlo cuantas veces fuera necesario, siempre que se hiciera de manera respetuosa y por escrito, sino porque cuando uno se haya disfrutando del poder, lo que menos quiere es que venga nadie a sacarlo de su ensoñación, y menos si es con cuestiones banales, o bueno, banales para el de arriba, por más que para el que se atreve sean lo más importante de la vida.
Es fácil comprobar la manera en la que el sistema político en su advocación burocrática, ha ido creando instituciones, mecanismos, normativas, entidades, en teoría diseñadas para facilitar la interacción de los ciudadanos gobernados, con los políticos que los gobiernan, pero en la práctica para lo que han servido es para obstaculizar cualquier movida ciudadana, individual o colectiva, para poner en entredicho el statu quo.
Como decíamos apenas, en la constitución de 1917 quedó plasmado el derecho de petición. Sin ganas de checar la redacción, recuerdo que se incluían hasta plazos perentorios en los cuales la administración pública tenía que responderle al ciudadano, si no me equivoco se hablaba de tres días. Claro que eso era cuando el país era pequeño y la burocracia también, por más que diga mucha gente que esta siempre aparenta tener proporciones monumentales, insalvables para los humildes mortales.
Ya luego el país se hizo grande y el gobierno mucho más, ya no era tan fácil que una oficina pública le respondiera al modesto ciudadano en un plazo tan corto, se comenzaron a tomar su tiempo, a veces demasiado largo, larguísimo, que la respuesta a las peticiones llegó a tardarse tanto o más que las resoluciones presidenciales en materia agraria.
Orden, había que poner orden, y para eso se fueron creando instancias para que todo siguiera igual, perdón, para atender las demandas ciudadanas de información, y sus denuncias contra la administración pública, en el caso que las hubiera. Así nacieron las contralorías, las glosas, las auditorías, y en un extremo de sublimación burocrática, las comisiones de derechos humanos, que en conjunto y en lo individual buscan una sola cosa, que el gobierno haga lo que se espera de él, y que todo lo que hace o deja de hacer, quede debidamente documentado para consulta del ciudadano, al que se deben desde el primero y hasta el último burócrata, y que es quien paga sus salarios, indebidamente elevados muy por encima de lo que ganan el común de la gente.
Ejemplos de esto sobran, tampoco se trata de torturar a nadie recordando cuantos se han creado en el pasado reciente, cuánto nos han costado y nos sigue costando mantenerlos, sobre todo en comparación con los magros resultados obtenidos.
El caso más reciente que tenemos en Coahuila es el del Sistema Estatal Anticorrupción, que vivió un proceso de renovación, que se apega a la letra a la norma de cambiar para no cambiar, y va un poco más allá, entregárselo a gente que garantiza que no va a haber ningún cuestionamiento al poder público, a menos claro, que este necesite apretarle a alguna persona, a algún grupo o partido que no se ha dejado convencer por medios más tradicionales.
La corrupción no debería existir en el ejercicio público, se supone que todos son servidores públicos, entregados a mejorar las condiciones de bienestar de la población. Pero existe, y los supervisores, revisores, coordinadores, directivos, auditores, no son capaces de corregir esa corrupción que ocurre, según, en los niveles más bajos de la jerarquía. Entonces entra en juego por un lado la auditoría superior, que en teoría depende del congreso del estado, pero que en realidad poco menos que se manda sola, sin que eso signifique que logra mejores resultados. Escalando un poco más, está el supuesto sistema estatal anticorrupción, espejo del federal con el mismo nombre, que tampoco sirve para maldita la cosa…ni uno ni otro.
Ahora que se renovó el consejo del SEA, se tenía la mínima esperanza de que se abriera para recuperar las funciones y expectativas para las que se creó, pero nada, quedó demostrado que el gobierno estatal no quiere cuestionamientos, ni siquiera para efectos de taparle el ojo al macho, jugar a la democracia o cosa por el estilo. No, se lo entregaron a gente afín, gente ‘de acá’, que no le van a representar ningún problema, y al contrario, está dispuesta a servir de parapeto contra cualquier cosa que pudiera requerirse, estorbar, distraer, comerse el tiempo, todas las mañas conocidas y algunas que están dispuestos a inventar para que todo marche sobre ruedas, o al menos eso parezca. Una oportunidad perdida más, una costosa oportunidad perdida más. El título de la colaboración recuerda una canción de Tin Tan, cuando le dice a su carnal que parece enchilada gringa, muy colorada y ni pica… así el sistema estatal anticorrupción.
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