Cerro del Pueblo

Por Heriberto Medina

Sheinbaum y Coahuila
En la temporada antepasada, durante el priato, el gobernador de Coahuila se enfrentaba a una incómoda circunstancia en su relación con el presidente de la República, generada por el calendario político. Incluso se decía que el mandatario estatal tenía un año padrino y cinco años padrastro.

En los usos y costumbres de la dictadura de partido, el presidente designaba a los gobernadores de los estados, y Coahuila no era la excepción. La normalidad era que las entidades federativas fueran regidas por políticos que habían construido su carrera en la Ciudad de México, cargando el portafolio y abriendo la puerta al personaje político correcto. Si las circunstancias se acomodaban y ese personaje llegaba a la presidencia, ¡bingo! se tenía asegurado el gobierno del estado natal.

El problema para los coahuilenses era que el nombramiento del candidato a gobernador se daba en el ocaso del sexenio y todavía tenía que pasar la campaña y la toma de protesta, al punto que al nuevo gobernador le tocaba el presidente amigo solo el primer año; los cinco años siguientes eran un albur, tan podía tocar un presidente distante como un enemigo político, interesado en obstaculizar e incluso truncar la carrera política del gobernador coahuilense.

Ese último escenario, el del gobernador adversario, se presentó por lo menos en dos ocasiones. Primero, con el gobernador Ignacio Cepeda, quien, según dicen, terminó quitándose la vida luego de una reunión en la capital del país con el presidente de la República, Miguel Alemán.

En la segunda ocasión, los protagonistas fueron Óscar Flores Tapia y José López Portillo. Luis Echeverría Álvarez había cobijado la carrera política de Flores Tapia con cargos en la estructura del entonces partido omnipotente y, llegado el momento, le otorgó la gubernatura. Para mala fortuna del político coahuilense, el nuevo presidente resultó ser López Portillo, con quien siempre se dijo mantuvo una relación tirante. De hecho, se le atribuye al primer mandatario de la nación haber generado las circunstancias que obligaron al gobernador a renunciar el 6 de agosto de 1981.

Ya en tiempos más recientes, lejos del priato, Miguel Riquelme llegó al gobierno del Estado durante el último año del sexenio de Enrique Peña Nieto y, posteriormente, le tocó lidiar con Andrés Manuel López Obrador. Incluso, la administración estatal argumentó en no pocas ocasiones que el Gobierno federal restringió la entrega de recursos públicos a Coahuila.

Ahora, cuando termina el periodo de López Obrador, inicia un periodo crucial para la administración de Manolo Jiménez Salinas: sentar las bases de la relación que tendrá Coahuila con el Gobierno federal durante el sexenio de Claudia Sheinbaum Pardo.

Como dice la trova de Silvio Rodríguez: “y las causas se fueron juntando, cotidianas invisibles y el azar se le iba enredando, poderoso, invencible.” Fueron esas causas y azares los que llevaron a la localización de restos humanos en la mina Pasta de Conchos 18 años después de la tragedia, un punto clave para que Coahuila fuera la primera entidad que visita Sheinbaum como presidenta electa.

La presencia de Sheinbaum fue para el gobernador de Coahuila un riesgo y una oportunidad.
No deja de ser peligroso para la imagen pública presentarse ante un auditorio conformado en su mayoría por público afín a López Obrador y a su partido Morena. El resultado fueron dos abucheos: uno en Sabinas, en el evento de Pasta de Conchos, y otro en Lerdo, Durango, durante el evento de Agua Saludable para la Laguna, ahí tuvo que intervenir el presidente de la República llamando a la unidad.

Bien valió la pena ese riesgo si Jiménez Salinas aprovechó la oportunidad de comenzar a construir una relación con la futura presidenta de México. El discurso fue el correcto: trabajar de manera coordinada para enfrentar los problemas de Coahuila. El tono y la manera de exponerlo también fueron los adecuados. Eso cuenta, pero no lo es todo; igual o más importantes son los detalles del trato en lo corto: ¿Hubo simpatía? ¿Le cayó bien el gobernador de Coahuila a la presidenta? ¿Hubo tiempo para una conversación informal entre ambos? ¿Cómo fue esa conversación? ¿Qué atenciones recibió la futura mandataria ante el accidente que protagonizó su equipo de trabajo? No sé las respuestas a esas preguntas, pero no son aspectos banales; son situaciones que cuentan y, en ocasiones, cuentan mucho.

Y es que la coyuntura es especial. El partido del gobernador está prácticamente acabado y su carrera política pronto entrará en una etapa de definición: ¿Se queda en el PRI? ¿Se cambia a Movimiento Ciudadano? ¿Acepta hacer fila en Morena?

Tampoco se ve con claridad la posición que Claudia Sheinbaum asumirá sobre Coahuila. Está latente la tentación política de acabar con el último bastión priista, Coahuila, sabiendo que con ello acabarían con ese partido político y se apoderarían de casi todo el tablero político del país. Para eso, los operadores políticos de Morena en el Gobierno federal no dudarían en utilizar no solo las buenas maneras, sino también las malas artes.

¿Qué decisión habrá tomado Claudia respecto a Coahuila? ¿Habrá madrastra cinco años o será madrina?


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