Cerro del Pueblo 

Por Heriberto Medina

A PROPÓSITO DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Así nos ven

Hace un poco más de dos años, mientras preparábamos el lanzamiento de Más Información, le explicaba al diseñador web en qué consistiría nuestra página, pero no me dejó terminar: “Sí, ya sé”, me dijo, “ustedes suben alguna nota y luego van y le cobran al gobierno, ya antes desarrollé una igual”. Me causó gracia lo espontáneas que le salieron las frases, traté de explicarle que no era tan así, pero no creo haber modificado ni un poco su punto de vista. No lo tomé como un insulto, él tampoco lo dijo para ofender, le salió naturalito, entendí que, al final del día, así nos ven.

Pero ¿estamos condenados a ser eso? ¿Tenemos que llenar nuestras páginas solo de información pagada? ¿Estamos condenados a aplaudir y no atacar a quien firmó un contrato con nosotros? ¿A descalificar a los enemigos de quienes nos pagan publicidad? ¿A publicar información morbosa para conseguir visitas a nuestro sitio web? ¿A engañar a los lectores haciéndoles creer que se trata de la gran noticia cuando no es así? ¿A convertirnos en amigos o adversarios de tal o cual ideología política o personaje en el gobierno, solo porque nos consideramos de izquierda o de derecha? Pienso que no estamos condenados a eso.

Reconozco que en la profesión hay de todo y que esa visión general del periodismo está más que justificada, pero no somos todos, ni es siempre.

Cuando cursaba sexto de primaria decidí que sería periodista. Quería denunciar las injusticias, hacerlas visibles, incluso enfrentarme a ellas y después de 40 años mis motivaciones no han cambiado gran cosa, y como yo, muchos otros. ¿Por qué? Porque la sociedad tal y como está organizada necesita de locos como nosotros, locos que anuncien y denuncien. De hecho, la historia está llena de individuos que decidieron decir la verdad a los poderosos, aún antes de que existieran los medios de comunicación, y terminaron desterrados, presos, asesinados o integrándose a la corte reinante. Hoy es lo mismo.

Así como el médico lo que busca es curar y el ingeniero encuentra su realización levantando estructuras eficientes, robustas y sólidas, el verdadero periodista encuentra su esencia en la denuncia pública, en revelar algo que alguien pretendía mantener oculto y que representa en sí mismo un beneficio para la sociedad. No se confundan, cualquiera informa, el periodista revela; cualquiera opina, el periodista investiga. Injustamente hay quienes consideran que el periodista es el que opina en los medios, pero no, es solo un triste opinador. Otros estiman que el verdadero periodista es el dueño del medio, pero tampoco, en todo caso es empresario. Bien mirado podríamos decir que los periodistas somos, más bien, como perros chihuahualadrándole sus verdades a pitbulls, dóberman y hasta a dálmatas de alcurnia; parece ocioso, pero al final sí se logra un efecto, como el cuchillito de palo.

Parados frente al poder

Podemos cubrir bodas y bautizos, o la final del fútbol o de cualquier deporte y el poder estará feliz de que lo hagamos, de que perdamos de vista nuestra esencia. Aún con la asimetría que existe entre el periodista y el gobernante, estamos llamados a constituir un dique que frene abusos y excesos. Somos un contrapeso natural y mal hacemos cuando renunciamos a esa función. Somos la voz de miles de personas, tenemos el privilegio de pararnos frente al poder y cuestionarlo con las preguntas que el ciudadano de a pie hubiera querido hacer. No deshonremos esa misión.

Por eso el poder no está llamado a premiar el ejercicio periodístico, eso entraña en sí mismo un conflicto de interés. Nuestra función es vigilar al poder y mantenerlo bajo una auditoría constante. ¿No dejaríamos de cumplir nuestra función solo para recibir un reconocimiento público como buen periodista? ¿Premiaría el poder las obras de gran mérito periodístico si revelan actos de corrupción de sus funcionarios?

Como escribió Kapuscinski: “el periodismo no debe ser un simple reflejo de la realidad, sino un medio para transformarla”. Debe luchar contra la corrupción y la impunidad, su faro es la construcción de una sociedad más democrática y justa.

Nadie dijo que fuera fácil. De hecho, en ocasiones parece no tener sentido el ejercicio periodístico apegado a los principios éticos, tal como me lo dijo un periodista que, mientras desayunábamos, me hacía ver las ventajas de venderse al poder y me cuestionaba para qué seguía en mi necedad profesional: “para qué, nadie te lo va a agradecer”.

Pero no pienso igual que ese periodista. Creo que los periodistas debemos ser como el peón en el tablero de ajedrez que describe Arturo Pérez-Reverte en su novela *La piel del tambor*: “… como los peones pasados… ajenos ya a la batalla cuyo rumor se apagaba a sus espaldas, librados a su propia suerte e ignorando si quedaba en pie un rey por el que luchar… elegían su casilla en el tablero de ajedrez: un lugar donde morir.”

Prefiero ejercer mi profesión como el peón en el tablero de ajedrez que permanece de pie, firme en su casilla, cuando todas las piezas a su alrededor han caído.


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