Cerro del Pueblo

10/06/26

Por Heriberto Medina

Desmenuzando la elección (Segunda parte)

El PAN: el modelo Mary Thelma

Entre los sucesos más llamativos de los comicios del domingo destaca la forma en que Acción Nacional diluyó su votación hasta niveles microscópicos, pese a que hace apenas nueve años estuvo a las puertas de la gubernatura.

Sin embargo, la organización blanquiazul comenzó a cavar su propia tumba muchos años atrás, cuando su crecimiento permitió la formación de una incipiente nomenklatura política, es decir, las primeras camarillas que empezaron a asumir al instituto político como un feudo que debía controlarse sin ceder espacios.

El grupo dominante dio lugar a un cacicazgo encabezado por Guillermo Anaya, quien negociaba con los liderazgos regionales distintas posiciones de poder a cambio de mantener firmes las riendas de la organización.

Los afanes de control político difuminaron poco a poco los límites éticos y morales hasta que la fuerza política terminó por incurrir en prácticas como la compra de candidaturas y actos de corrupción.

En 2017, con Anaya como candidato a gobernador, la opción albiazul capitalizó el hartazgo ciudadano y logró más de 450 mil votos, nada que ver con los 26 mil 877 sufragios obtenidos el domingo pasado.

En aquel año los ciudadanos todavía veían a la organización como una alternativa viable, pero por dentro era una fuerza muy débil, con una militancia mínima, carente de estructura y dominada por prácticas corruptas y caciquiles.

El resultado favorable al PRI generó una gran inconformidad ciudadana que Memo no supo o no quiso encabezar. La interpretación general fue que le habían llegado al precio y esa percepción terminó pesando. Así, perdió su carácter de oposición para convertirse en un aliado de los gobiernos priistas, que hasta entonces habían sido sus principales rivales.

Los resultados de las elecciones posteriores muestran cómo fue disminuyendo su porcentaje de votación: primero al 12 por ciento, luego al 9 por ciento y ahora al 2.6 por ciento.

Para 2023 prácticamente todo el mundo daba por hecho que la fuerza blanquiazul se había vendido al tricolor, percepción que se reforzó cuando oficializó la alianza y respaldó la candidatura de Manolo Jiménez.

Su electorado estaba compuesto por dos perfiles muy claros: el opositor antipriista, que veía en ese partido la opción más sólida para derrotar al tricolor, y los votantes de derecha vinculados a la iniciativa privada y a las clases media, media alta y alta. Al firmar la alianza con el PRI perdió ambos bastiones y solo conservó el voto duro, integrado casi exclusivamente por la militancia. El voto antipriista migró a Morena y el voto de derecha terminó en las filas del partido gobernante.

De hecho, en Coahuila el tricolor no es una fuerza de izquierda ni de centro. Es la derecha con esteroides. Hoy su control recae, en buena medida, en sectores de la iniciativa privada de la región sureste del estado, lo que le imprime un perfil claramente conservador, pero respaldado por la fuerza del presupuesto y del aparato gubernamental.

El PRI es la derecha de Coahuila, pero con esteroides.

Los grupos dominantes en Acción Nacional pagan hoy el precio de haber manejado la organización como si fuera una franquicia de Oxxo o Seven. Era una fuente de ingresos. ¿Quién va a cobrar y hacer negocios ahora como diputado federal? ¿Quién lo hará como senador? ¿Quién cobrará como diputado local? Y así sucesivamente hasta llegar a las regidurías. Cada vez había menos posiciones para repartir, hasta llegar al punto actual, en el que ya no queda nada.

Siguieron el modelo establecido por Mary Thelma Guajardoen el PRD durante los sexenios de Humberto y Rubén Moreira. El poder de Guajardo y sus ingresos crecían de manera inversamente proporcional a la disminución de los votos de su partido. Mientras aumentaban su influencia y patrimonio, la votación perredista descendía hasta perder el registro.

Algo similar ocurrió con el panismo y sus caciques.

¿A quién deben reclamar los panistas de antaño? En primer lugar, a Guillermo Anaya Llamas, pero también a militantes como Bernardo González, Ernesto Saro, Mayra Valdés, la actual dirigente Elisa Maldonado y el diputado local Alfredo Paredes.

El momento crucial para esa fuerza política, cuando perdió la oportunidad de reinventarse como una opción de derecha, fue la firma de la alianza con el PRI. La dirigencia nacional seguramente lo entendió y por eso hoy mantiene la postura de no volver a aliarse con el tricolor.

Apostillas a la primera parte

Luego de la columna anterior de Cerro del Pueblo, en la que se destacaba la extraña y elevada participación del 51 por ciento en la elección de Coahuila, el periódico español El País publicó en su edición mexicana una nota en la que da cuenta de la existencia de al menos 30 urnas embarazadas, es decir, con más votos que ciudadanos registrados en la lista nominal, además de otras con participaciones atípicas de 70 por ciento o más. Eso podría explicar los 11 puntos de diferencia entre la votación esperada y la que supuestamente se registró.

Bueno, aunque algunos oficiosos ya andan viendo cómo justificar esos increíbles datos y desmentir a El País.

La segunda apostilla tiene que ver con el partido Nuevas Ideas. Cuenta la leyenda que recibió cinco millones de pesos por distrito para remunerar el voto ciudadano a su favor. Esa versión circula entre personas del interior del estado, quienes aseguran que fueron ellos los responsables del operativo QR y no el PRI.

Aparentemente no solo ellos recibieron millones; también el Partido Verde, aunque no supo utilizarlos y al final perdió el registro.


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