01/06/26
Por Heriberto Medina
Veo con tristeza un barco que ya zarpó: es México, mi país. Con su discurso del domingo, la presidenta Claudia Sheinbaum levó anclas e inició una travesía sin retorno por un mar embravecido en el que ya se aventuraron otras embarcaciones que naufragaron, como Venezuela y Argentina. Nuestra tripulación, inexperta, voraz y poco hábil, no supo conducir la nave por el estrecho espacio libre. Hoy avanzamos inevitablemente hacia la tormenta.
Es cierto, nunca antes Estados Unidos había pedido la extradición de un gobernador mexicano, pero también es cierto que nunca antes los cárteles mexicanos habían controlado el tráfico de drogas en todo el mundo, nunca habían alcanzado tanto poder y nunca habían muerto tantos estadounidenses a causa de la adicción. Nos guste o no, el Gobierno de Estados Unidos está obligado a tomar decisiones para frenar la epidemia y la mortandad en su país, y dentro de las acciones que debe realizar está la obligación de frenar el tráfico de estupefacientes.
Es un hecho innegable: los narcotraficantes mexicanos nunca hubieran podido consolidar sus negocios ilícitos a nivel internacional sin contar con la complacencia, el cobijo, la protección y hasta el apoyo de autoridades mexicanas de todos los niveles, de diferentes partidos políticos y durante varios sexenios.
Pero la genuina obligación que tiene Estados Unidos frente a su pueblo es la misma que tiene México frente al suyo. Aquí también mueren muchos jóvenes: algunos por la adicción; otros se suicidan tratando de salir de las drogas; algunos más son reclutados con engaños por el crimen organizado, y otros son asesinados en campos de exterminio.
Sheinbaum debería tener la misma urgencia que Trump, tal vez incluso un apremio mayor. No basta con los decomisos, la eliminación o la captura de los líderes. Mientras no caiga la estructura gubernamental que los apoya, caerá un capo y surgirá otro, y luego otro y otro: Miguel Ángel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero, Amado Carrillo Fuentes, los hermanos Arellano Félix, Joaquín “El Chapo” Guzmán, Ismael “El Mayo” Zambada, Nemesio Oseguera, Los Chapitos, La Mayiza, El Jardinero, El Barbas, El Chivo, El Perro, El Gato, El Ratón. En esa maraña de indeseables nos asfixiamos los mexicanos. Son los gerentes de esa vaca a la que el gobierno ya se acostumbró a ordeñar. Por eso la insistencia de Estados Unidos en desarmar la estructura gubernamental que apoya a los cárteles: para matar, de una vez por todas, a la culebra.
Los golpes que se dan al narco y los políticos de muy baja estofa que detienen las fuerzas del orden en sus operativos no engañan a nadie. Capturan a los alcaldes de municipios pequeños y dejan intacta la estructura de protección de los grandes cárteles en Sinaloa, Tamaulipas, Jalisco y Michoacán.
Vivimos en este país, no en el imaginario de la 4T. Sabemos por cuáles carreteras no transitar, a qué entidades no viajar, cómo se vive y cómo se muere en México. Por eso, para los mexicanos no fue extraño cuando Estados Unidos solicitó la extradición de Rubén Rocha Moya y su grupo en Sinaloa. Aquí todos sabemos que está coludido con las grandes mafias sinaloenses. Por eso el discurso de la presidenta suena extraño y llama a suspicacia. ¿Recibió Andrés Manuel dinero del narco? ¿Por qué tanta protección para esa partida de corruptos que comían, bebían y vestían de las limosnas que les tiraban los criminales a costa de la muerte de muchos mexicanos y de muchos seres humanos en todo el mundo?
En toda esta trama aún no queda muy claro cuál es la posición del Ejército Mexicano. Hay quienes ubican a los mandos actuales como un grupo contrario a los anteriores jefes y aseguran que estarían dispuestos a entregar a Audomaro Martínez y su grupo, del cual forma parte López Obrador.
Es inevitable preguntarse: ¿cómo fuimos tan ingenuos de ponernos en una coyuntura como esta? ¿Por qué no fuimos nosotros, los mexicanos, quienes nos encargamos de nuestros políticos corruptos antes de que esto se convirtiera en el monstruo de las mil cabezas? ¿Por qué les ofrecimos abrazos en lugar de balazos? Si hoy se rasgan las vestiduras por el intervencionismo, deberían realizar una introspección seria y evaluar hasta dónde es culpable la propia 4T de lo que hoy está pasando.
Sheinbaum venía tensando la cuerda: primero, con su exigencia de pruebas; luego, con el clamor de la soberanía. Pero cuando el tono se volvió francamente preocupante fue con la iniciativa para generar el andamiaje legal que permita declarar nula una elección por intervención extranjera y, acto seguido, con el discurso en el Zócalo reclamando la injerencia de Estados Unidos, como si el lugar desde donde estaba hablando no fuera el Monumento a la Revolución, sino el Palacio de Miraflores, en Caracas.
“Vienen por unos, luego vienen por otros, hasta que oficinas del Departamento de Justicia se convierten en el principal elector de México. Eso no lo podemos permitir”, dijo Sheinbaum.
Perdimos el país. Morena no soltará el poder de ninguna manera y, si pierde, alegará fraude, argumentará intervención extranjera y tendrá el aval de un Tribunal Electoral a modo y de un Poder Judicial militante. Solo soltarán nuestra nación cuando la hayan aniquilado, cuando la gran mayoría se encuentre en condiciones paupérrimas y cuando muchos mexicanos hayan emigrado a otros países.
Ya no se trata de que surjan liderazgos en la oposición o en la ciudadanía. NO SOLTARÁN EL PODER, que nos quede claro, como Chávez y Maduro, como el socialismo que empobreció a los argentinos, como la dictadura militar cubana que dejó en los huesos a su población.
Prepárense, se avecina tormenta.
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