Cerro del Pueblo

30/04/26


Por Heriberto medina

Pasaron a mejor vida

El Congreso del Estado todavía no terminaba de festinar —y difundir profusamente— el logro de haber sido ubicado como la legislatura que menos gasta en todo el país cuando, tres doritos después, les cayó un baño de realidad. Una cosa es presumir que gastas poco y otra es que, con ese “poco”, produzcas algo. Ahora el INEGI acaba de exhibirlos, con números fríos, como la legislatura más holgazana del país.

Según el Censo Nacional de Poderes Legislativos Estatales (CNPLE), se contabilizaron 11 mil 967 iniciativas presentadas ante los congresos de las 32 entidades. ¿Y Coahuila? Último lugar absoluto: 86 iniciativas, equivalentes al 0.7% del universo nacional. (Más Información)


Ahora sí que está bueno el encaje, pero no tan ancho. O dicho en cristiano: está bien que chiflen, pero a ese volumen no, que ensordecen.

La comparación, para que duela parejo, es demoledora. Puebla encabezó el ranking con 818 iniciativas; Michoacán con 787; Jalisco con 702. (Más Información)


Y si quiere el espejo del norte —ese que a Coahuila le gusta usar cuando conviene— ahí está Nuevo León: 693 iniciativas, octuplicando la actividad del Congreso coahuilense. (Más Información)


La diferencia entre el primer lugar y Coahuila es de 732 iniciativas. Prácticamente diez veces lo que aquí se hizo. (Más Información)

Y el golpe no termina en la cantidad. La desproporción entre la relevancia económica del estado y su actividad legislativa. Coahuila aporta alrededor de 3.2% del PIB nacional y es potencia manufacturera y automotriz, pero su producción parlamentaria no guarda proporción con esa relevancia. (Más Información)


Coahuila queda, estadísticamente, en el mismo cuadrante de actividad bajísima que entidades con rezagos estructurales como Chiapas o Veracruz. (Más Información)

Ahora, hagamos memoria local, porque aquí el problema se agrava: de esas 86 iniciativas, como usted ya lo traía en el comentario original, solo 6 fueron presentadas por diputados y el resto por el Gobierno del Estado. La diferencia entre “poder legislativo” y “oficialía de partes” se vuelve dolorosamente clara: aquí legisla el Ejecutivo y el Congreso levanta la mano. Con esa disciplina de semáforo: rojo para la crítica, verde para la aprobación y ámbar para “lo revisamos en comisiones” cuando estorba.

Vamos a lo sabroso: si el presupuesto del Congreso en 2024 fue de 239,806,276 pesos, y lo dividimos entre esas seis iniciativas “propias” —las que sí salieron de diputadas y diputados—, cada iniciativa nos sale en 39.9 millones de pesos. Casi cuarenta millones por pieza. Como que sale carísimo tener legisladores que luego se caracterizan solo por levantar el dedo.
Con ese costo por iniciativa, ya mejor que nos vendan las leyes a meses sin intereses.

Y no se me adelanten: claro que la calidad importa más que la cantidad. Nadie quiere un Congreso que legisle por deporte y produzca basura jurídica. Pero aquí el problema es que no tenemos ni cantidad, ni un debate público que justifique la baja producción como “agenda concentrada”. La nota del CNPLE incluso enumera posibles explicaciones generales: agenda enfocada, limitaciones técnicas, menor presión ciudadana, etc. (Más Información)


El asunto es que, en Coahuila, el ciudadano ve otra cosa: ve un Congreso con agenda ligera, con sesiones de trámite, con temas menores, con fast track o lentitud cuando conviene al poder, es decir: no es que no haya temas; es que no hay ganas.

Además, por si usted no lo sabía —y muchos no lo saben porque el Congreso no se esfuerza en recordarlo—, los diputados sesionan aproximadamente seis meses del año; los otros seis se la pasan tirando barra y convocan una que otra reunión de comisiones para cobrar viáticos. Y aun dentro de esos seis meses “activos”, el pleno sesiona una vez a la semana.


Todos quisieran un trabajo así: un día a la semana durante seis meses. La pura sabrosura y el puro vacilón. Y a veces hasta les salen viajes pagados a otras ciudades, con la etiqueta mágica de “capacitación”, que aquí se traduce como “turismo legislativo con dieta”.

Bien decía don Héctor García Bravo, fotógrafo de antaño: “ser diputado es pasar a mejor vida”. Y viendo el menú —poco trabajo, mucho presupuesto, agenda ligera y prestaciones robustas— uno entiende por qué hay 185 candidatos a diputados (sin contar pluris). Es decir: para la fila sí hay entusiasmo; para la chamba, no siempre.

Ahora, no vaya usted a pensar que esto se arregla con recortar presupuesto y ya. Porque el Congreso puede gastar poco y ser un desastre, como puede gastar mucho y ser un desastre. Lo que importa es el rendimiento, la transparencia y el impacto real. Si el Congreso quiere presumir “austeridad”, perfecto: que lo haga. Pero que no quiera que aplaudamos austeridad mientras nos entrega el peor desempeño legislativo del país.

No hay que perder de vista que los diputados reciben un pago superior a los 80 mil pesos mensuales y no desquitan, por eso desde este espacio se propone que los pongan a hacer servicio comunitario, como a los borrachitos que son detenidos por la policía municipal, que salgan cuando menos a barrer las calles vestidos de zanahoria.


El que se ríe se lleva… y el que se lleva se aguanta

El que se ríe se lleva y el que se lleva se aguanta. Así fue la trama desatada a raíz de la muerte de dos agentes estadounidenses en la sierra de Chihuahua —tema que sacudió a la política nacional y encendió discursos de soberanía como si el simple tono de voz arreglara el país.

La 4T se quiso poner muy brava y, en nombre de la soberanía, se fue sobre la gobernadora Maru Campos, que milita en un partido contrario al oficialismo. La presidenta Claudia Sheinbaum subió el tono y dijo que no bastaba con renuncias: que había que investigar más. Y aquí es donde aplica el refrán: más pronto cae un hablador que un cojo. Porque cuando uno se pone a aventar piedras desde la tribuna, no tarda en descubrir que el vidrio es de los dos lados.

Cuenta la leyenda —y aquí la leyenda tiene acento geopolítico— que desde Estados Unidos respondieron con una lógica de poder, no de boletín: “¿ah sí? ¿con esas ganas de investigar gobernadores? Pues investiguen también al de Sinaloa, Rubén Rocha Moya”. Y zaz: que se abre un proceso legal desde Nueva York y zaz: que se habla de extradición.


¿Es ya un expediente formal o es presión política convertida en noticia? Eso lo dirán los hechos y los documentos. Pero el mensaje —ese sí— se entiende sin traductor: el vecino puede subir el volumen cuando quiera.

A Sheinbaum y a su equipo les vendría bien recordar una regla básica del patio: cuando tu adversario es más fuerte que tú, no le ganas a las vencidas. No le ganas con fuerza; le ganas con inteligencia. Y en política, además, todas las piezas son sacrificables. No hay imprescindibles. Quien le entra a este juego conoce el reglamento no escrito: te pueden correr y también te pueden meter al bote. Juego de tronos, mexican style.

Y aquí viene el punto incómodo: pelearse con el vecino más fuerte raramente es buena idea si no traes estrategia, control y resultados. Porque la soberanía no se defiende con pleito; se defiende con instituciones que funcionen. Y si las instituciones no funcionan, entonces el pleito se vuelve puro espectáculo… hasta que el espectáculo se vuelve costo.

También hay otra lectura: el ciudadano de a pie, ese que paga gasolina cara, sufre inseguridad y se topa con impunidad, a veces termina pensando algo que los políticos detestan: “si los de afuera agarran a los criminales que aquí no agarran, pues que vengan”. No por amor al extranjero, sino por hartazgo al “aquí no pasa nada”. Y esa percepción —sea justa o no— es consecuencia directa de un Estado que a veces se hace de la vista gorda.

Y hablando de políticos que no pueden entrar a Estados Unidos… seguramente en este punto de la historia ya reparó usted, estimado lector, en que hay por lo menos cuatro coahuilenses que no cruzan: dos por miedo y dos porque les retiraron la visa. Póngales nombre, a ver si sabe quiénes son. Recibo comentarios por Whats o aquí abajo. El que se la sepa, que se aguante… y el que se ría, también.


A final de cuentas, hoy tenemos un Congreso que presume austeridad pero produce como si estuviera en modo ahorro de energía, y un país donde la política exterior se juega a gritos mientras el crimen y la impunidad caminan con calma. En ambos casos, la moraleja es la misma: no basta con el discurso. Hay que trabajar. Y aquí, como se ve, el trabajo es lo que más escasea.

Amanecerá y veremos.


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