16/08/24
Por Heriberto Medina
Olimpiadas, el enfoque equivocado
Cada cuatro años, las Olimpiadas evidencian el fracaso de la gran mayoría de los países participantes. Están obsesionados con obtener los primeros lugares y quieren medallas para exhibirlas en una suerte de fiesta del orgullo nacional. No se dan cuenta de que, paradójicamente, obtendrán medallas cuando dejen de buscarlas.
Tomemos a México como ejemplo y expongamos su realidad. El primer hecho, público y notorio, es que solo un porcentaje mínimo de niños y jóvenes practica algún deporte.
Según datos del programa de medición impulsado por la Universidad de Queen de Canadá, solo el 15.3% de los niños mexicanos entre 10 y 14 años dedican 60 minutos a alguna actividad física diaria. Cuando a este dato se le añade la variable de que lo hagan de manera constante y organizada, bajo la supervisión de un entrenador y siguiendo un programa de entrenamiento, el porcentaje disminuye dramáticamente.
En contraste, el tiempo que la gran mayoría de los niños y adolescentes pasan frente a alguna pantalla supera las dos horas diarias.
El segundo hecho tiene que ver con la forma en que se practica el deporte. En la mayoría de los casos, no se cuenta con un programa de evaluación y seguimiento de quienes lo practican; se trata solo de un pasatiempo.
El tercer hecho está relacionado con la subvención de los gastos que implica la actividad deportiva. En la mayoría de los casos, todo corre a cargo de la sociedad civil. Son los padres de familia quienes pagan a los entrenadores, compran los uniformes y el equipamiento necesario, y cubren los gastos que implica el fogueo deportivo, sin la participación del gobierno.
En pocas palabras, en México no se practica el deporte de manera masiva. Los pocos que lo practican lo hacen sin los recursos suficientes y, por lo tanto, sin organización ni profesionalismo. Las instancias gubernamentales se desentienden del tema, simulando fomentar la actividad física, pero en realidad hacen muy poco o nada.
Frente al bajo porcentaje de práctica deportiva, está la alta incidencia de obesidad infantil y juvenil, así como el incremento en el número de jóvenes que caen en las adicciones, o peor aún, son reclutados por la delincuencia organizada.
Ante una problemática como la que se vive en México, las instancias gubernamentales, lejos de estar pensando en cosechar medallas olímpicas, deberían enfocarse en desarrollar una política pública para fomentar la práctica de la actividad deportiva.
En esa política pública debería ser indispensable el factor de la universalidad, la masificación y la obligatoriedad para niños y adolescentes, algo similar a la política de vacunación en los años 70.
Además, sería óptimo que para cada uno de los niños y jóvenes se llevara un registro y seguimiento de distintas variables, como el peso, la talla, el índice de masa muscular, la fuerza y la resistencia física, entre otros. De esa forma se podría medir la incidencia de la práctica deportiva en la salud de cada uno de ellos.
Al masificar la práctica deportiva, surgirían los niños y jóvenes con el talento natural para formar parte de los programas de alto rendimiento. Actualmente son muy pocos porque también es muy bajo el porcentaje poblacional que practica algún deporte.
Desde luego que el cambio de enfoque en la práctica deportiva implicaría un incremento considerable de recursos. Sin embargo, lejos de ser un gasto, sería una inversión que permitiría, en el corto y mediano plazo, ahorrar en programas de salud y seguridad.
Si el gobierno enfocara el deporte como una herramienta para combatir la obesidad, las enfermedades crónico-degenerativas, las adicciones y la delincuencia, entonces, sin proponérselo, comenzaría a obtener mejores resultados en las competencias deportivas, como las Olimpiadas.
El deporte es visto por el gobierno como un tema poco importante. Es un error; la actividad física ayuda a sanar una sociedad cada vez más enferma.
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