Por Heriberto Medina
Santo y bueno
Se me había olvidado la presión que ejerce el poder sobre los periodistas y los medios de comunicación. Esta semana tuve oportunidad de recordarlo.
Hay una constante en mi carrera profesional: siempre hubo alguien que pidio mi despido inmediato, mi cese fulminante. Incluso, en algunos centros de trabajo lo han hecho más de una vez. Afortunadamente para mí y desafortunadamente para ellos, las empresas y entidades públicas en las que trabajé siempre me respaldaron; mi despido nunca pudo ser un trofeo en las vitrinas de algún coleccionista de huesos.
En el otoño de 1996, no recuerdo con precisión la fecha, estaba en los portales de la Plaza de Armas con el teléfono público en mi oído. Del otro lado de la línea estaba JuanyDíaz, jefa de corresponsales del periódico El Norte. Previamente me había enviado un mensaje para que me comunicara de manera urgente. Palabras más, palabras menos, me dijo que en la redacción se había presentado el Gobernador Rogelio Montemayor Seguy, que se quejó de mi trabajo y pidió al medio que cambiaran de corresponsal en Saltillo. Antes de que Juany terminara de hablar, le dije: “Si me van a correr porque mi trabajo le molestó al Gobernador, qué bueno. Malo sería que me corrieran por flojo, incapaz o corrupto”.
Lejos de despedirme, al mes siguiente me citaron en la redacción del periódico y me reconocieron como el mejor corresponsal del mes.
En 1988, durante los primeros meses del periódico Palabra, el mismo Montemayor Seguy volvió a pedir mi despido, diciendo que le había faltado al respeto durante un evento. Al concluir el acto oficial que encabezó el Gobernador, intenté entrevistarlo, pero él no dejó de caminar y lo seguimos varios reporteros, con las grabadoras encendidas, esperando una contestación que evidentemente no quería dar. Se subió a la Suburban, pero cuando quiso cerrar la puerta me interpuse y no tuvo más remedio que contestar, de manera escueta, pero contestó.
Cuando llegué a la redacción de Palabra ya me estaban esperando. Ramón Alberto Garza, plenipotenciario en el grupo editorial de Alejandro Junco, estaba supervisando la edición de Palabra y tomó el caso en sus manos. Me pidió la grabación, la escuchó y no necesitó mucho análisis para darse cuenta de que en ningún momento le falté al respeto al Gobernador. El resultado fue contraproducente para Montemayor porque yo seguí trabajando como si nada. Al día siguiente se publicó la transcripción de la entrevista y se informó también que el Gobernador decía que le habían faltado al respeto.
Hubo más quejas en Palabra, pero no tengo espacio suficiente para comentarlas todas.
Años después ocupé la Dirección de Comunicación Social del Instituto Coahuilense de Acceso a la Información (ICAI), en ese tiempo el Gobernador era Humberto Moreira. No tenía ni un año en el ICAI cuando fui acuartelado en la sala de juntas con la presencia del Consejo en pleno.Palabra había publicado una nota informativa a ocho columnas, ni siquiera recuerdo qué informaba la nota. El autor era el periodista ya fallecido Lorenzo Cárdenas. La nota molestó al Gobierno del Estado y funcionarios estatales sostenían que yo era el verdadero autor.
De verdad, yo no había tenido nada que ver con la nota en cuestión. Eloy Dewey, también ya fallecido, me preguntaba repetidamente, inquisitivo, si yo había sido. Mi respuesta siempre fue no, y es la verdad.
Más adelante comencé a colaborar en la sección editorial de Vanguardia. Seguía trabajando en el ICAI, pero mandaba mi artículo al periódico. Hubo alguno que incomodó al gobierno, me volvieron a confrontar, me decían que para algunos era una deslealtad ser periodista y a la vez servidor público. Según esa visión, ambos trabajos eran incompatibles. Me advirtieron, pero no me corrieron y de cualquier manera seguí escribiendo artículos de opinión.
Fui director de comunicación social del Gobierno Municipal de Saltillo durante la mayor parte de la administración encabezada por Isidro López Villarreal. No dejé de escribir en Vanguardia. En uno de mis artículos denuncié que el Gobierno del Estado no había entregado un premio del cual tenía ya meses de haber declarado ganadores. Obviamente, no fue del agrado del Gobernador en turno, Rubén Moreira. El alcalde me citó y me dijo que se habían quejado y me preguntó por el artículo. Mi argumento fue muy sencillo: si no me censuraron en el ICAI, que eran priistas, ¿cómo me podría prohibir escribir un artículo un alcalde panista, por presiones de un gobernador de otro partido?Seguí colaborando con Vanguardia y seguí en la Dirección de Comunicación Social.
Pero no fue la única ocasión en la que el Gobernador presionó para que me corrieran del Gobierno Municipal. Cuenta la leyenda que, en una ocasión, ante la presencia de varios testigos, el mandatario se enojó y de manera muy agresiva, incluso violenta, le reclamó a Isidro y le dijo: “El culpable es tu director de comunicación social”.
Hago patente mi reconocimiento para Isidro López, que, a pesar de todas las presiones que recibió, del exterior y del interior, me mantuvo en el cargo hasta el último día de su administración.
Me enteré que esta semana hubo fuertes presiones contra al menos un medio local por una nota publicada por Más. En honor a la verdad, debo decir que a nosotros nadie nos presionó.
Termino por entender que la presión del poder a los medios siempre estará ahí, es parte del juego político en todos lados, sin importar qué partido o ideología gobierne. Creo, sin embargo, que los medios deben poner un límite, y ese límite son sus trabajadores. Un cliente, por más grande que sea, no debe decidir qué reportero debe ser despedido, tampoco debe determinar qué fuentes cubrirá. Espero que los empresarios de los medios caigan en la cuenta de que marcar cierto límite a la larga les resultará benéfico.
Por lo demás, yo sigo pensando que, si los presionan, los sancionan o los corren por cumplir con su trabajo, santo y bueno. Malo sería que fuera por flojo, incapaz o corrupto.
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