Editorial

CANALES DE CONCRETO


Por Horacio Cárdenas Zardoni


Ahí le va una de esas verdades de Perogrullo, vivimos los coahuilenses en una zona desértica… Bueno, no vivimos en una región completamente árida, como podría serlo el desierto del Sahara que vemos en las películas, en la zona del silencio acá mismo en Coahuila, o en algunas zonas de la alta y la baja California, en que simplemente la vida es imposible de sobrellevar. No, acá vivimos en un semidesierto, en el que por supuesto que hace calor, por momentos y por épocas también hace mucho frío, pero en general cae dentro de lo soportable.


Que sí, a nivel de plática, y de que nos encanta quejarnos por esa vocación de mártires que tenemos, nos da por exagerar, que es el desierto el que nos ha dado este carácter que tenemos, con lo suyo de arisco, frío y duro, lo que Boogie El Aceitoso, personaje de Fontanarrosa, describiría como un lavabo, pero no, dentro de todo la naturaleza no nos ha tratado tan mal como a otras partes del país.


Nosotros la teníamos relativamente fácil, las ciudades y poblados coahuilenses se fundaron donde había condiciones climáticas mejores que en los alrededores. Cuentan las crónicas que en Saltillo corrían cientos de arroyos, que el río Monclova era un río, no un lecho seco, que en Parras de la Fuente aquello era un auténtico oasis, como otra docena de sitios donde se fundaron los asentamientos que hoy son ciudades. Y ponga que durante algún tiempo, dos que tres siglos, se tuvo una convivencia con el entorno, que ni lo perjudicaba demasiado, ni lo explotábamos hasta acabárnoslo, se podía decir que el mundo era bueno, y que podía permanecer así indefinidamente.


Todo fuera que creciéramos y nos multiplicáramos como dice la biblia, y que los pueblos tan agradables se convirtieran en ciudades que parecen auténticas sucursales del infierno, y no nos estamos refiriendo solamente a la temperatura, sino a todo lo demás, ¿o de dónde cree que salió aquella frase tan repetida y citada de pueblo chico infierno grande?, bueno, pues así están las cosas, y lo único que podemos decirle es que van para peor.


Nos enteramos que en el pueblo de Parras de la Fuente, cabecera del municipio del mismo nombre, se les ha ocurrido la brillante idea de recubrir de concreto los canales que transportan agua rodada.
Todos estamos enterados de cómo se ha venido deteriorando la situación del agua en Parras y en general en todo el estado de Coahuila. Según algunos datos circulados por Casa Madero, el caudal de agua que usaban para su producción de vino ha bajado de 400 y feria litros por segundo, a la mitad, 222, con el temor de que este pueda reducirse todavía más. De vez en cuando llegan noticias de que la Presa de la Amistad, en el municipio de Acuña, tiene menos del 10% de su capacidad de almacenaje, lo cual es gravísimo, dado que era, bueno todavía es, la reserva más grande de líquido en todo el país, que además compartimos con los Estados Unidos. La situación es crítica, el agua que llueve, desde hace años que no logra restablecer el nivel de los mantos freáticos, razón por la cual cada vez hay que extraer el agua de mayores profundidades, con el agravante de que cada vez trae mayor cantidad de sales, bastante perjudiciales para la salud y hasta para la supervivencia de la gente.


¿Y entonces qué se les ocurre?, lo que ya dijimos de Parras, ni más ni menos que encementar los canales, con el cuento de que por allí es donde se fuga al subsuelo buena parte del líquido que escurre de la sierra… esta es de esas medidas economicistas que de entrada pueden parecer funcionales, pero terminan creando mucho más problemas que los que pretende solucionar.


Viviendo acá en Coahuila, a lo mejor ha querido plantar un arbolito o una planta en las horas después a una lluvia. Puede que haya sido uno de esos chubascos que inundan calles y las convierte en ríos, pues bien, allá va uno bien entusiasmado a querer hacer un agujero para aprovechar que la tierra está húmeda, y oh sorpresa… a los pocos centímetros, a lo mejor diez o menos, se topa uno con la sorpresa de que la tierra está seca, completamente seca, sin el menor rastro de agua, como si no hubiera llovido en meses o años. Esto es, según nos explican, porque el suelo tiende a saturarse, de agua por supuesto, a los pocos centímetros por debajo de la superficie, ya no hay posibilidad que permee el agua, de tal manera que los mentados canales son casi perfectamente herméticos.


En algunos pueblos donde todavía hay acequias que corren al aire libre, la gente o los ayuntamientos solía plantar árboles, a las orillas, lo cual servía dos propósitos, por un lado aislaba un poco de la luz y el calor del sol el agua que corría por el canal, y por la otra, se lograba que los árboles se alimentaran de la poca agua que lograba permear al subsuelo. De esta manera el agua no se perdía por evaporación, y la muy poca que se requería para mantener vivos los árboles, creaba una capa de verdor que bajaba la temperatura ambiente, además de que se suele decir que son los árboles los que atraen la lluvia, por alguna razón de orden natural, por lo demás, compleja de explicar.


Total que en Parras quieren revestir de concreto los canales. Con esa medida casis seguramente se morirá una gran cantidad de árboles, que literalmente fallecerán de ser, a menos claro, que llueva más o menos seguido, lo cual es cada vez menos frecuente. A cambio de eso, es probable que se pierda todavía más agua por evaporación que la que consumen los árboles, pero bueno, esas son las grandes ideas que se le ocurren a la gente desesperada.


Entendemos lo que está ocurriendo en Parras, que es lo mismo de tantos otros lugares, la diferencia es el daño que se hace creyendo que se hace un bien, y repito, vamos para peor.


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