Por Marco Campos Mena
Vivimos en una era en la que la pantalla ya no es complemento, sino el paisaje cotidiano de la niñez. Hay tabletas, celulares, laptops, incluso pizarras digitales; los dispositivos se han colado a la escuela, al hogar y al recreo. Pero este avance tecnológico tiene un reverso cada vez más cargado de riesgos, especialmente para los más pequeños. ¿Cuántas horas pasan frente a una pantalla? ¿Qué tanto gana y qué tanto pierde la infancia en este intercambio?
Algunas investigaciones recientes ofrecen estos datos respecto al tiempo que los niños pasan frente a una pantalla:
Un estudio sistemático de niños de 6 a 14 años encontró que en promedio pasan 2.77 horas al día frente a pantallas, y casi la mitad (≈ 46.4 %) de ellos pasan 2 o más horas diarias.
Antes de la pandemia, el porcentaje de niños con ≥2 horas de uso era menor que después del inicio de covid-19; tras la pandemia ese tiempo ha crecido significativamente.
En niños de edades preescolares (2-5 años), las recomendaciones profesionales (por ejemplo, de la Academia Americana de Pediatría, AAP) sugieren hasta 1 hora diaria de contenido de alta calidad, supervisado por un adulto.
Para menores de 2 años, se recomienda evitar pantallas salvo videollamadas u otras excepciones muy limitadas.
En cuanto al uso dentro de las escuelas, encontrar datos exactos es más difícil: varía mucho según el país, el modelo educativo, los recursos, la política de cada escuela, pero ya hay movimientos reguladores: por ejemplo, en Madrid, España, se ha propuesto limitar el uso de computadoras y tabletas en la escuela primaria a dos horas por semana para prevenir riesgos asociados al uso intensivo.
Para ser justos, hay beneficios claros, pero los contras son severos y crecientes.
Beneficios:
- Acceso a información inmediata, lo que permite ampliar horizontes, conocer diferentes culturas, ideas, ciencias, etc.
- Herramientas didácticas interactivas pueden reforzar aprendizajes: multimedia, simulaciones, videos educativos, apps que enseñan idiomas, matemáticas, etc.
- Facilita la inclusión, el acceso a recursos modernos, la preparación para un mundo cada vez más digital.
- Posibilita la comunicación, el trabajo colaborativo remoto, uso de tecnologías que pueden adaptarse a estilos diferentes de aprendizaje.
Contras (y por qué pesan más):
Pérdida de habilidades manuales (coordinación fina y gruesa, escritura a mano):
Al reducirse el uso del lápiz, tijeras, bloques, plastilina, etc., disminuye la destreza motriz fina. La escritura a mano, por ejemplo, requiere coordinación ojo-mano, control espacial de la letra, ritmo, memoria muscular; al mecanografiar o depender de autocorrecciones, se pierde práctica y precisión.
Disminución de la capacidad de pensar, razonar, investigar profundamente:
Hay una tendencia creciente al “offloading cognitivo”: usar Internet o Inteligencia Artificial (IA) para conseguir respuestas rápidas en lugar de indagar, analizar, contrastar fuentes. Esto reduce el desarrollo de pensamiento crítico, habilidades de investigación profundas, la capacidad de inferir, deducir, cuestionar. Un estudio reciente mostró correlaciones negativas entre el uso frecuente de herramientas de IA y la capacidad de evaluar críticamente la información.
Aunque hay menos estudios en bebés, las recomendaciones (AAP, OMS) ya apuntan a minimizar exposición de menores de 2 años. También se documentan casos de irritabilidad, trastornos de sueño, distracciones, dependencia, dificultad para apagar la pantalla, incluso ansiedad.
Daños físicos permanentes:
Vista: exposición prolongada a pantallas puede causar fatiga visual, vista borrosa, problemas de enfoque, posible daño por luz azul; efectos a largo plazo aún en estudio pero los síntomas ya se presentan: sequedad ocular, irritación.
Desarrollo cognitivo espacial: al no usar el cuerpo, al no moverse, al tener todo en 2D, los niños tienen menos oportunidades de ejercitar la percepción de profundidad, orientación espacial, coordinación ojo-manos cuando hay distancia, volumen, manipulación física de objetos.
Desarrollo lógico-matemático: si dependen de calculadoras, apps que hacen tareas automáticamente, solucionadores, IA que les da respuestas, disminuye la práctica del cálculo mental, razonamiento lógico, resolución de problemas paso a paso.
Salud física y sedentarismo:
Más horas sentados, menos actividad física. Riesgo de obesidad, problemas posturales (cuello, espalda), menor desarrollo motor grueso (correr, saltar, trepar).
Creatividad y desarrollo social:
La creatividad se alimenta de experiencias directas, de la imaginación, del juego, de equivocarse, de inventar, de manipular, de observar el mundo sin filtros. Si todo lo ven ya hecho, queda poco espacio para inventar.
Además, la interacción social se reduce: los niños pasan menos tiempo conviviendo físicamente, jugando en la calle, compartiendo juegos espontáneos; se aíslan en el mundo digital, lo que afecta empatía, habilidades de comunicación no verbal, colaboración cara a cara.
Sistema inmune y exposición al ambiente natural:
Al pasar menos tiempo al aire libre, en espacios con variabilidad ambiental, contacto con tierra, con otros niños, se reduce la exposición a microbios saludables que ayudan al desarrollo del sistema inmune. También, menos exposición al sol para vitamina D si no se regula.
Existen consecuencias claras que debemos analizar y tomar en cuenta, esto ya es problema de salud pública.
En los niños de 6-14 años, después de la pandemia, hay un crecimiento notable en el porcentaje de chicos que pasan 2 o más horas diarias frente a pantallas; en consecuencia se han desarrollado problemas de sueño, disminución en rendimiento escolar, menor lectura de libros, menos tiempo para actividades físicas o sociales, entre otras más.
En adolescentes, el uso de redes sociales, video streaming y teléfonos durante clases: un estudio reciente reportó que en Estados Unidos los adolescentes pasan alrededor de 1.5 horas de un día escolar de 6.5 horas usando el celular para fines no académicos.
Las herramientas de IA promueven el acceso fácil, lo cual en teoría es bueno, pero también permiten evitar el proceso lento y laborioso de investigar, contrastar fuentes, caer en dudas y pensar críticamente. En otras palabras: la IA puede fomentar pereza intelectual si se usa como sustituto más que como apoyo.
Un estudio reciente halló una correlación negativa entre el uso frecuente de herramientas de IA y la habilidad crítica para evaluar información, siendo fuerte el fenómeno del cognitive offloading (transferencia del esfuerzo cognitivo hacia la herramienta).
Hay menos práctica en razonamientos de causa-efecto, pruebas y errores, hipótesis, lógica matemática, cuando se tiene siempre la respuesta inmediata.
Consecuencias severas y reales:
Daños visuales (ojos cansados, problemas de enfoque, irritación; posibles efectos a largo plazo)
Trastornos del sueño (uso de pantalla cerca de la hora de dormir altera melatonina y el ritmo circadiano)
Retrasos en habilidades motoras finas y gruesas
Déficit en razonamiento lógico-matemático, en ortografía, en composición escrita y en la capacidad de redactar sin autocorrección automática
Pérdida de creatividad, menor iniciativa para inventar, imaginar, construir y jugar de forma abierta
Problemas físicos por sedentarismo: sobrepeso, postura, menor resistencia y coordinación corporal limitada
Aislamiento social, menor empatía y menor interacción cara a cara
Sistema inmune débil por menor actividad al aire libre y exposición al entorno natural
El panorama exige urgencia: no basta con reconocer los beneficios tecnológicos, sino con resignificar su uso. Que la tecnología sea una herramienta, no un fin ni un modo de entretenimiento constante ni un “atajo” para que todo esté hecho.
Es necesario cambiar el esquema educativo y limitar el uso de tabletas/celulares/laptops en la escuela cuando no sean estrictamente necesarias, favorecer métodos que requieran escritura a mano, dibujo, modelado y experimentación física, Incluir pausas activas, clases al aire libre y un aprendizaje manipulativo.
La tecnología es poderosa, extraordinaria, pero no es inocua. Si no ponemos freno consciente, corremos el riesgo de criar una generación tecnológicamente dotada en lo superficial, pero con habilidades humanas esenciales menguadas: escritura, creatividad, razonamiento profundo, empatía, salud física y mental. Los padres, educadores y los sistemas educativos tienen la responsabilidad de redirigir este tren: no prohibir, sino encauzar, no eliminar sino equilibrar. De lo contrario, el burnout digital no será sólo un fenómeno pasajero, sino una herida perdurable en lo que significa ser niño.
Descubre más desde Más Información
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.
