Por Horacio Cárdenas Zardoni
Por andar de chismosos nos tocó escuchar una conversación, en la que el tema de discusión era si la capital del estado de Coahuila había dejado definitivamente de ser un pueblo mediano o grande, para convertirse ya en definitiva en una ciudad en toda forma.
Los argumentos iban y venían, unos a favor de seguir manteniendo el ‘bucolismo’, si es que así se dice, que habían conocido las generaciones pasadas y la nuestra aunque fuera un rescoldo, o por el contrario, dar el paso hacia la modernidad, convertirnos en una metrópoli con todas las características que suelen tener estas, comodidades, servicios, cierto glamour, entre otras cosas con las que a ciertas personas que tienen la cabeza entre las nubes, les encanta soñar, por más que sus ingresos sean los de los habitantes de una ciudad media, tirándole a chica.
Desafortunadamente para todos, los saltillenses siempre tenemos el espejo de comparación inmediato de Monterrey, y quizá aun más, de su área conurbada, porque lo que es la capital neoleonesa todavía se ve constreñida por un espacio físico limitado, y la relativa obligación de mantener características de centro histórico, una ciudad de muchos años. Si no tuviera que conservar… hace mucho que hubieran arrasado con el Barrio Antiguo para llenar aquello de rascacielos, a cual más de alto, grueso y sobre todo, caro.
Ni aun los edificios más altos de Saltillo, que por cierto ya cumplieron o están por cumplir dos décadas de haber sido construidos, le llega en nada a las modernas torres de departamentos y oficinas que pueblan San Pedro y la propia ciudad de Monterrey. Mientras que allá hay centros comerciales a cual más de pretensiosos, en los cuales no hay un local vacío, las placitas de Saltillo están medio vacías, y por medio vacías queremos decir con la mitad de los locales cerrados, sea que nunca se han rentado o que fueron abandonados por sus inquilinos, que no lograban sacar ingresos ni siquiera para pagar las elevadas rentas que se dejan pedir los propietarios.
A lo que vamos es que mientras que hay ciudades que han logrado dar el paso definitivo para dejar de ser lo que eran, para convertirse en lo que desean, y más que eso, que proyectan ser, otras se quedan entre que sí quieren y no quieren.
Se nos ocurrió esto porque de repente vimos que en pleno bulevar Venustiano Carranza, esa avenida de la que presumimos, bueno, presumen, que es la más bonita, la más emblemática, la más lo que usted guste y mande de todo Saltillo, nomás no deja de ser una calle más del pueblo que siempre fue el viejo Saltillo. A lo mejor más larga, más llena de tráfico, pero con las mismas prácticas urbanísticas y comerciales que se pueden encontrar en la calle de cualquier colonia, excepción hecha del centro histórico, o quien sabe, porque se supone que allí hay reglas que se obedecen, de grado o por la fuerza.
¿Qué es lo que nos llevó a esto? Pues que hace algo así como un mes, o quizá un poco más, pero no demasiado, iniciaron una obra sobre bulevar Carranza, en un área que corresponde a la colonia República, una de las más pomadosas de la capital, donde los predios se cotizan por todo lo alto. Bueno, pues allí, en un espacio que antes era un antro de los más solicitados por la gente que le da por eso, y que se había ganado fama de broncas e impunidad, prácticamente impermeable a las clausuras, de repente comenzaron a tirar parte del local, para dar paso a algo nuevo.
Lo que nos imaginamos de entrada es que se trataría de una ampliación del mismo giro truculento, pero luego nos empezó a entrar la sospecha, y es que sea lo que sea, el local anterior estaba muy bien montado con ladrillo aparente y amplios vitrales ahumados, transmitiendo una idea de dinero, de dinero que llama dinero, se entiende. Y es que en vez de utilizar materiales todavía más bonitos y costosos que los anteriores, no, comenzaron a hacer un jacalón de block, de vil block sin ninguna pretensión de nada, más que servir de paredes y soporte de un techo. Y dijimos, bueno, le van a dar un acabado bonito, algo para contrastar con la falta de ventanas, pero nada, comenzaron a pintar, de blanco la mayor parte, con dos franjas de colores abajo. Aquello daba la impresión de tratarse de un taller de reparación de carros, pero no, resultó ser un negocio de carnes, probablemente no al mayoreo pero si al medio mayoreo o menudeo.
Y la pregunta es ¿Qué hace una carnicería en pleno bulevar Carranza, casi en la esquina más costosa de la avenida, donde cruza con Luis Echeverría?, obvio vender carne, eso está más que claro, pero…¿y la vocación de negocios ‘chic’, glamorosos, elegantes?, de eso nada. Allí cerquita hay un taller que le trabaja a las aseguradoras, se ve pura chatarra; más adelante está el negocio de comida para llevar de toda la vida, enfrente está la Buena Tierra, congregación religiosa que se quedó en medio del pueblo cuando antes estaba en las afueras, y en fin, nos encontramos negocios de lo más moderno, conviviendo con changarritos que nada tienen que ver con el futuro, y sí mucho con el pasado pueblerino de Saltillo.
Y no es que nos quejemos de la carnicería, en algún lugar tienen que ponerse los negocios ¿pero en pleno Carranza?, como que no va, pero bueno, entiéndase con Desarrollo Urbano…
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