por Horacio Cárdenas Zardoni
Corría el sexenio de Enrique Martínez y Martínez y el gobierno del estado de Coahuila se preparaba para realizar las primeras obras viales de gran envergadura en su historia. No que en las administraciones anteriores no se hubieran construido pasos elevados o deprimidos, claro que sí, pero eran obras simples, no pocas de ellas extremadamente eficientes, pese a su aparente falta de aplicación tecnológica, lo cual no quitaban la impresión de que los planificadores oficiales no se atrevían a jugar con la ingeniería, sobre todo aquella que se separa del suelo varios o muchos metros.
Producto de aquella decisión, se planeó el Distribuidor Vial Venustiano Carranza, a realizarse en la entrada de Saltillo viniendo de la carretera a Monterrey, y en Torreón una obra paralela, algo más grande, el Distribuidor Vial Revolución. Platicando en aquellos tiempos con los ingenieros a cargo de la obra, presumían, con todo derecho, de que habían tenido que innovar en algunas cuestiones, pues la exigencia de la obra movía a experimentar con cosas que no se habían utilizado en Coahuila y hasta en México hasta el momento.
Criticones como siempre lo hemos sido, nos atrevimos a comentar y a sugerir que más que un distribuidor vial tan pretensioso como el que estaba emprendiendo la administración pública, en lo que deberían centrarse era, y curiosamente sigue siendo, en la educación vial de los ciudadanos que conducen y que atraviesan las calles, y sentenciábamos que con una adecuada cultura vial, una cuyas reglas no repitiéramos como loros, sino que aplicáramos al pie de la letra, perfectamente nos podíamos ahorrar el monumental gasto de 120 millones, que fue más o menos lo que costó la tal obra.
No nos hicieron caso ¿porqué habrían de hacerlo, ellos tenían el poder y la razón, además de las ganas de construir y trascender en obras que todavía están allí, en uso y servicio?, pero un servidor y algunos otros mirones lanzamos la maldición de que el DV Venustiano Carranza lo único que haría era enviar los nudos e tránsito a algunos cientos de metros más adelante… ¿y qué cree?, que se cumplió.
Porque sí, el Distribuidor Vial se ve muy bonito todavía, muy elegante, ¿pero qué me dice de los embotellamientos que se hacen un día sí y el siguiente también, en el cruce de Carranza con Canadá y más adelante con Hinojosa, y por Nazario Ortiz en su cruce con Isidro López Zertuche y en otra dirección, sobre los famosos puentes que luego construyó Humberto Moreira?
Si la inversión se hubiera aplicado en educación y culturización vial, enseñándonos a los conductores de automóviles y demás vehículos comportamientos sanos, correctos, respetuosos y efectivos, a lo mejor no habría ni distribuidores, ni pasos elevados, ni deprimidos, pero tampoco habría la cantidad de accidentes que se han sucedido en este tiempo y siguen ocurriendo a diario, con un costo en vidas, en salud y en daños, que probablemente superen todo lo que se ha gastado en espacios físicos que tienen el objetivo de permitirnos ir más rápido, y que paradójicamente, funcionan para lo contrario, ir cada vez más lento.
Por eso cuando el ayuntamiento de Saltillo lanzó su campaña Saltillenses de Diez, lo consideramos una acción primero que nada, obligada, pero lamentablemente tardía, y un poco arriesgada, esto último porque ¿Quién va a querer cambiar sus modos y mañas para adquirir conductas que no son tan “emocionantes” que quizá nos permiten llegar unos pocos minutos antes a donde vamos, al tiempo que elevan sustancialmente las posibilidades de sufrir un accidente vial, en el que salgamos perjudicados nosotros, o que causemos heridas a otras personas.
Concretamente la recomendación que nos hace el ayuntamiento en inserciones en los periódicos y en algunos otros medios, la de Avísanos: ¡usa tus direccionales antes de dar la vuelta!, nos parece que, intencionada o casualmente, los creadores de la campaña están tocando un punto crítico de la idiosincrasia de los habitantes de la ciudad de Saltillo que conducen vehículos automotores. Llámele coincidencia, aunque probablemente no lo sea, el caso es que en los días en los que apareció por primera ocasión este inserto, o que cobramos conciencia de él, algún columnista local recordaba, con un sentido de autocrítica digno de encomio, que los saltillenses en el momento en el que ven que un carro pone la direccional, en vez de frenar un poco para darle el paso, aceleran para impedirle que se ponga frente a nosotros.
Es casi un reflejo, lo traemos imbuido en las reacciones automáticas de nuestro cuerpo y nuestra mente a los estímulos del medio ambiente. En serio, se prende una direccional, y aceleramos para atajarlo. ¿Porqué le vamos a dar el paso, pues qué se cree este? No vemos que en cualquier momento, unos pocos metros más allá o dentro de unos pocos minutos, también nosotros necesitaremos salir del flujo vehicular porque ya llegamos a donde vamos, tan simple como eso, ah y entonces sí, ponemos nuestra direccional, para toparnos con que el que viene atrás, tampoco va a querer cedernos el paso a nosotros. Lo hemos visto infinidad de veces, hoy mismo sin ir más lejos.
La situación se complica algo más porque el que va manejando y quiere cambiar de carril, ahora puesto del otro lado, suele tener cualquiera de dos conductas: no poner le señal de cambio, para que no lo bloqueen, y la otra, pensar y actuar como si la direccional no fuera una petición de paso, sino un aviso de que me voy a cambiar… me dejes pasar o no.
También esto lo hemos visto gran número de veces, como ya aceleraron para impedir el paso, y el otro de todos modos se pasó, lo que procede es un enfrenón fuerte de parte del que le robaron el lugar, o así lo quiere sentir él. Para nuestra buena fortuna, los saltillenses no somos tan broncudos como la gente de otras partes, en alguna otra ciudad no faltaría quien quisiera seguir el pleito, comienza a aventar el carro, a querer rebasar para volver a ponerse enfrente, mediante un cerrón o sin este, pero que quede claro el desplante. No, los saltillenses, nos consta: ya se me metió, me tuve que enfrenar, me quedo atrás. Esto no se si es por sentimiento, por depresión momentánea, por no dar pie a un pleito, lo que habla bien de nosotros, pero algo hay.
De esta clase de cosas hay que hacer conciencia, porque pese a que están ya muy dentro de nuestra forma de ser como conductores, contribuyen a nuestro malestar individual y a que manejar en Saltillo sea cualquier cosa menos un placer y un gusto, más bien una enojosa tortura.
Cada vez hay más carros en circulación y casi no hay obras viales, hoy como hace treinta años, la solución es la educación y la cultura viales, no nos que da de otra, aunque no nos pongan “diez”.
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