Madrid, 01/11/24 (Más / IA).- Aprender a decir “no” puede parecer sencillo, pero para muchas personas representa un desafío considerable, cargado de temores, culpas y la necesidad de aprobación externa. Así lo explica la neuropsicóloga española Alba Cardalda en su libro ‘Cómo mandar a la mierda de forma educada’ (Editorial Vergara), un análisis profundo sobre la importancia de establecer límites en las relaciones y el impacto positivo de hacerlo en el bienestar emocional.
A menudo, las personas aceptan peticiones o compromisos que realmente no desean asumir. Según Cardalda, esta dificultad proviene de una educación que enfatiza la complacencia y enseña a priorizar las necesidades de otros sobre las propias, asociando decir “no” con egoísmo o mala educación. “Nos educan para complacer a los demás sin tener en cuenta nuestras propias emociones”, afirma, y añade que esta costumbre nos lleva a aceptar situaciones que, aunque parezcan inofensivas, pueden terminar afectando nuestra autoestima y salud emocional.

La dificultad para poner límites, explica Cardalda, genera acumulación de malestar, estrés y, en última instancia, ansiedad. “Cargarse de cosas que no queremos hacer –o que no tenemos tiempo de hacer– nos genera agobio, estrés y ansiedad”, señala, y advierte que ignorar nuestras propias preferencias es una forma de autosabotaje que socava el autocuidado. Situaciones como cubrir tareas de un compañero o aceptar planes con familiares o amigos por temor a decepcionarlos son ejemplos cotidianos de cómo el no poder decir “no” nos afecta.
Para superar estos temores y culpas, Cardalda propone un proceso gradual que comienza por tomar consciencia de por qué es difícil negarse. “Primero, tenemos que ser conscientes e identificar por qué no somos capaces de marcar un límite”, sugiere. Preguntarse si el temor a que otros se enfaden o cambien su opinión de nosotros es la causa ayuda a identificar el origen de este problema, lo cual permite empezar a establecer límites.
El concepto de límites es amplio e incluye desde límites físicos hasta emocionales, siendo estos últimos los más difíciles de detectar. “Son límites que no se ven”, explica la experta, lo que hace que, en ocasiones, no se perciba cuando alguien los traspasa.
Cardalda subraya la importancia de identificar aquellos límites que son negociables y los que no, para saber hasta dónde ser flexibles sin comprometer el bienestar propio.
“Con las personas que no nos tratan bien o que no respetan esos límites, hay que saber poner distancia”, comenta, y enfatiza que esta distancia, aunque pueda ser incómoda, es fundamental para mantener relaciones sanas. Es, como señala el título de su libro, una forma de “mandar a la mierda de forma educada” cuando las circunstancias lo requieren.

Una de las barreras que enfrenta quien busca establecer límites son los chantajes emocionales, una forma de manipulación que, según Cardalda, puede ser explícita o sutil. Por ejemplo, esperar que alguien corresponda un favor y enfadarse si no lo hace, es una forma de manipulación que deteriora las relaciones. Para la neuropsicóloga, reconocer estos elementos manipuladores permite a las personas relacionarse de forma saludable, sin la carga de expectativas no expresadas.
La investigación sobre la felicidad ha revelado que las relaciones sanas tienen un impacto positivo en la salud y el bienestar personal. El estudio de Harvard sobre la felicidad, dirigido por el profesor Robert Waldinger, concluyó que quienes tienen relaciones afectuosas y respetuosas disfrutan de mejor salud física con el tiempo. La honestidad y el respeto a los propios límites son, para Cardalda, pilares fundamentales para mantener esos vínculos sanos, construidos sobre el respeto y la autenticidad.
Cardalda enfatiza que entender los “derechos asertivos” –como el derecho a opinar, a decir “no” o a ser tratado con dignidad– es esencial para establecer límites sanos. Sin embargo, reconoce que este enfoque varía culturalmente: en América Latina, por ejemplo, el “no” suele interpretarse como mala educación, a diferencia de culturas anglosajonas, donde se respeta de forma más directa.
Además, existen diferencias entre géneros. Las mujeres, señala Cardalda, suelen enfrentar una presión mayor para complacer a otros, un patrón que también se relaciona con la influencia de valores tradicionales y la educación religiosa, que pueden fomentar una percepción de culpa ante la expresión de necesidades individuales.
Las redes sociales han aumentado la necesidad de aprobación externa, un fenómeno que, de no controlarse, puede derivar en dependencia y pérdida de autenticidad. Para Cardalda, aunque la aprobación social es una necesidad humana, esta debe mantenerse en un balance saludable, pues de lo contrario la persona pierde la capacidad de tomar decisiones propias.
La neuropsicóloga destaca que, a medida que las personas maduran, suele disminuir la importancia que otorgan a la aprobación externa. Con el tiempo, afirma, uno aprende a priorizar su bienestar y a valorar más el tiempo y la compañía de personas cercanas, comprendiendo que ser honesto y firme con los propios límites es esencial para disfrutar de relaciones significativas y enriquecedoras.
En definitiva, aprender a decir “no” es, para Cardalda, una habilidad esencial que permite mantener relaciones saludables y preservar el bienestar emocional, un ejercicio de autocuidado indispensable en un mundo que exige cada vez más de las personas.
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