Por Horacio Cárdenas
Dicen que decía Gonzalo N. Santos, legendario cacique de San Luis Potosí, que para haberse conservado tanto tiempo en el poder, lo único que había que hacer era convencer a la gente del centro que tenía todo el apoyo de las bases acá en el estado, al mismo tiempo que convencía a los de acá, que tenía todo el respaldo y simpatías del centro, y ya con eso…
Había que ser político de los de antes, de los del PRI, de los que fueron mentores de priístas hocicones y torpes como Alito Moreno, para decir las cosas de tal manera que la gente se riera, se quedara conforme pese a que la estaban balconeando en su inocencia, y encima hacer escuela. Nada que ver con el líder todavía del PRI, que nunca aprendió que hay cosas que no se deben decir por teléfono… ni delante de nadie que pueda traer una grabadora, sea amigo o enemigo, y más a sabiendas que en política todos los amigos son falsos, y todos los enemigos son verdaderos.
Dos cachetadas le hubiera dado El Alazán Tostado a Alito… ¿qué clase de apodo tan poco heterosexual para un político es ese de Alito?, más macha es la diputada trans María Clemente García Moreno que “Alito” Moreno… ah caray, no vaya a salir con que son parientes, y uno aquí, como político priísta o fiscal general de la república, regando el tepache, pero es que de veras, hay cosas que no se dicen.
De la época de los caciques, de cuando el Partido Revolucionario Institucional era una organización monolítica, donde no había fisuras de ninguna clase, y al que se le ocurría fisurarse, se le fracturaba un hueso o algo más, data lo que para prácticamente todo México era una realidad que no se podía cambiar: el presidente, el gobernador, el alcalde que resultaba electo, ese se quedaba por la totalidad del período de su mandato, nada de revocaciones. Sí, existía el recurso de que del centro… fueran llamados a ocupar una posición importante en la administración pública federal, era la manera de quitar a un gobernador, y a un presidente municipal, más o menos igual, se le hacía manita de puerco hasta que renunciaba por motivos de salud, antes de caer en procedimientos vergonzosos como eso de armarle un juicio político o cosa así.
La gente sabía, sabíamos que la elección sellaba el destino, íbamos a tener que aguantar la persona, las cualidades, los defectos, las payasadas y los complejos de quien había salido electo. Ni modo.
Ah, pero de un tiempo a esta parte han surgido como metástasis cancerosa, aunque nos digan que todas las metástasis son eso, cancerosas, las casas encuestadoras, que cuando no andan prediciendo el futuro mediante una bola de cristal en forma de teléfono, a lo que se dedican es a calificar a los funcionarios.
¿Usted cree que Óscar Flores Tapia hubiera estado tan cómodo recargado a la puerta de palacio de gobierno con su camisa de pescaditos, si supiera que anda gente de la encuestadora tal o cual haciendo entrevistas para saber qué tan bueno o que tan malo es como gobernador?, claro que no. Antes no tenían que cuidarse las formas, y ahora sí, en demasía.
En días pasados se dio a conocer la enésima encuesta sobre la percepción de los ciudadanos respecto a sus gobernantes. Esta, realizada por Consulta Mitofky, fue ampliamente difundida en Coahuila, pues en ella apareció como el segundo mejor calificado, José María Fraustro Siller, entre los presidentes municipales de las ciudades capitales de los estados. No hacía ni un mes que había habido otra encuesta, no restringida a capitales, sino ciudades con cierto rango de población, en la que Chema aparecía como el sexto mejor, y por allá a principios de año, con apenas un par de meses, hubo una en la que apareció como el número una y otra en la que salió como número dos.
Lo que nos llamó la atención de esta encuesta fue que ninguno de los alcaldes, ni siquiera el mejor calificado, que fue el de Monterrey, Nuevo León, Luis Donaldo Colosio, logró lo que se sigue considerando la calificación mínima aprobatoria, el seis. Con todo que ahora la cuarta transformación haya abrogado los números como indicativos de calificación, pues para uno que es de la vieja guardia, no entiende mucho de las cosas si no es comparándola con una tabla numérica. El caso es que Colosio de Monterrey, el que arañó la mínima aprobatoria, el seis del panzazo, tuvo un 59.5%, y ya parece que escuchamos las voces infantilmente ambiciosas y un poco aterrorizadas de los alumnos que preguntan ¿pero sube a seis, verdad?, pues no, en este caso no sube a seis, si así fuera habría que subirlos a todos. José María Fraustro tuvo un 58.9%, que ya si nos ponemos muy tiernos sube a 59, no a 60, y de allí para abajo, Luis Bernardo Nava de Querétaro tuvo 58.8, Renan Barrera de Mérida tuvo 58.5, Jorge Alfredo Corichi de Tlaxcala tuvo 58.1… casi como el profesor que quiere tanto, tanto a sus alumnos, que no se aviene a reprobar a ninguno, y a todos los concentra en una macolla por debajo del primer lugar, pero que tampoco ninguno se vaya a sentir ofendido. Si van a andar con esas ternezas, mejor que se dediquen a otra cosa, las encuestas no son para ellos, sino para gente más dura de corazón.
Lo que nos llama la atención, aparte de lo dicho, es que México esté gobernado por personas que, pese a su máximo esfuerzo, porque lo han de dar, nomás no logran convencer a sus gobernados de que les otorguen una calificación sobresaliente, ni siquiera la aprobatoria. Ahora sí que si hiciéramos buena aquella fórmula de “que la nación os lo demande”, pues la nación tiene mucho que demandarle a individuos que están reprobados, pero que en el colmo del conformismo, el sello de la idiosincrasia mexicana, se comparan entre ellos, unos con otros, ¿Quién quedó primero y quien quedó después?, cuando lo que debería importarles es ¿cómo quedamos respecto de la tabla?, y allí es donde tienen poco que presumir.
A lo mejor el ideal sería que tuviéramos alcaldes, gobernadores y presidente de diez, de nueve, pero no menos de ocho de calificación, y la gente que responde las encuestas nomás no cede, no se deja arrancar los números altos, para conceder apenas los de en medio.
Que tampoco importa, si un alcalde sale mal en la encuesta, ni caso le hace, la ignoran él y su administración y a las dos horas ya quedó sepultada entre mil otras noticias. Pero tampoco se sienten muy motivados a remontar la calificación deficiente, buscando una superior. No se ve una competencia por la excelencia, ni por superarse a sí mismos.
Entre la época del cacique Santos y la actual no hay gran diferencia, ¿Qué nos beneficia estar gobernados por alguien que está bien calificado o que ven bien en el centro?, en nada, pero no se olvide de que, con todo que sea el segundo, Chema es un alcalde reprobado, ni más ni menos que todos los demás.
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