Por Horacio Cárdenas Zardoni
Los mexicanos nos cocemos aparte. Sí, hay pueblos, razas, gente con sangre liviana y naciones que consuetudinariamente aparece en las listas de los países más felices del mundo, pero como México, y los mexicanos, de veras que no hay dos.
Nomás para abrir boca, nos cayó entre manos una nota que no deja de ser curiosa, por más que tenga muchas más implicaciones que el simple dato periodístico, el antecedente cuando se llegan a necesitar, porque de veras que se llegan a necesitar a la hora que hay que tapar el proverbial pozo porque se nos ahogó el proverbial niño, está el hecho, la demostración, la prueba de que en vez de hacer las cosas como se debe, o se debería, las dejamos correr, con la esperanza un tanto desabrida, de que ojalá no nos toque a nosotros apagar el incendio.
Y precisamente de incendios estamos hablando. Allá en el pintoresco municipio de Parras de la Fuente hay un personaje a quien la chusca imaginería popular ha dado en llamar Juanito Cienfuegos. No hay sitio en México, ni tampoco en Italia, citando aquella famosa película Splendor, en que no haya “el loco del pueblo”, una persona que puede estar afectada de sus facultades mentales, o que sin estarlo, destaca por las rarezas de su comportamiento. Sus extravagancias suelen ser, a veces festejadas, la más de las veces toleradas, o ya cuando nos colma el plato, ignoradas, pero de allí no pasa, al menos hasta que se comete un delito, mientras tanto, pueden pasar años y décadas, toda una vida, sin que ocurra mayor cosa, y es que… si, Juanito puede estar loco, pero es nuestro loco.
La diferencia entre este cuate y otros locos de pueblo es que, mientras que otros se duermen en la estatua del prócer, o gritan a todo el que pasa, como en Splendor, que la plaza es suya, a Juanito le da por prender fuego… de allí lo de Juanito Cienfuegos, quien clínicamente, si se le examinara, podría ser diagnosticado como pirómano, como sociópata, incluso como delincuente. Por lo pronto allá en Parras se ha convertido en quien más trabajo les da a los bomberos, lo suyo es, hasta ahorita, el prender cerillos y fogatas en lotes baldíos, mismos que se salen de control, y allá tienen que venir los apagafuegos a solucionar el problema, antes que pase a mayores, afectando alguna vivienda, algún comercio, una granja.
En el peor de los escenarios, que no se ha presentado afortunadamente, podría haber heridos, quemados, intoxicados, o fallecidos por que nadie halla qué hacer con Juanito Cienfuegos, remitirlo a la cárcel municipal, fincarle cargos y mandarlo al penal estatal, refundirlo en la casa de la risa, como conocen cariñosamente al Hospital Siquiátrico, que está, ni mandado a hacer, ubicado allá mismo en el pueblo mágico de Parras de la Fuente.
Eso como introducción y anécdota, ¿pero qué decir de que en el curso de una semana se hallan suscitado tres incendios importantes en la región sureste de Coahuila, que por sus dimensiones, lo mismo harían realidad el sueño de Juanito Cienfuegos, o por le contrario, del impacto servirían para curarlo de su piromanía?
Sí, es cierto, dice la sabiduría del pueblo bueno y sabio, aprovechando para plagiarnos sin permiso una de las referencias favoritas de Ya Saben Quien, que las cosas malas vienen de tres en tres, los fallecimientos, las enfermedades y otras tragedias. Pues así con los incendios.
Primero, como todos lo sabemos, se quemó el CIMARI de Ramos Arizpe. Según lo que entendimos del boletín de Ecología, ardieron alrededor de mil metros de bodega, en los que había almacenados… este… nadie sabe lo que había almacenado allí, al menos eso fue lo primero que se dijo y luego ya no abundaron ni para bien ni para mal, para tranquilizarnos o para preocuparnos con razón, de que los materiales que se incendiaron, y que por efecto de las llamas se calcinaron hasta el nivel de quedar como partículas que se llevó el aire para allá donde quisiera soplar.
De que era cosa gorda no hay ninguna duda, no estaban en un basurero cualquiera, sino en uno de residuos peligrosos por su grado de toxicidad, pero ¿cuánto material puede caber en mil metros de bodega?, allá si gusta hacer los cálculos: de a tambo por metro cuadrado, serían mil tambos, estibados de a cinco o seis, eso nos da como cinco o seis mil tambos, de a 200 kilogramos de peso cada uno, que puede ser bastante más dependiendo de la densidad del producto contenido, nos da un millón de kilos, barato mil toneladas de sustancias peligrosas, eso es lo que se quemó hace dos semanas en el tristemente célebre y muy apestoso CIMARI.
Las malas lenguas dicen que esto pasa cuando se comienza a llenar, y hay que hacer espacio para nuevos embarques de productos tóxicos, de repente se quema, el pretexto es lo de menos, un rayo, un corto circuito, una acumulación de gas… y aquello explota y vuela, y se hace el milagro: espacio y ganancia como para reconstruir la bodega y poner una más grande. Pero eso son sospechas de gente mal pensada, la verdad, esa no la sabremos jamás, y el negocio viento en popa.
También se quemó una bodega, bueno tres, del Instituto Mexicano del Seguro Social. Precisamente allí donde estaban almacenadas medicinas, materiales de curación, equipo… con destino final los hospitales y más final todavía, los derechohabientes en calidad de pacientes. Aquello ardió que daba gusto, ¿cuántas cajas de medicamentos por un valor de cuánto?, eso tampoco lo vamos a saber. No debió ser mucho, según la versión oficial, donde dijeron luego luego que no se presentaría desabasto, como si se nos quema una tortilla en la lumbre y sacamos otra de la bolsa y la ponemos a calentar. También no tardan en decirnos que no hay nada que lamentar, que la mercancía y la bodega misma estaba asegurada, y la aseguradora pagará… no lo dudamos, pero saldrá como con el Metro de la ciudad de México, lo asegurado es por una décima parte de lo que se dañó… pero asegurado estaba.
Ah, y también se quemó un Waldo’s, el que estaba allá por la Central de Autobuses. Este sí, dicen que fue el proverbial corto circuito… algunas veces fuimos a esa tienda, y el local era nuevo, no de este año o el pasado, pero no creemos que tuviera más de diez años, ¿su instalación eléctrica ya estaba como para no aguantar una sobrecarga o lo que fuera que pasó?, vaya usted a saber.
El caso es que son demasiados incendios en muy poco tiempo, o al menos esa es la impresión que nos da a nosotros. Saltillo está que arde, y eso que todavía no se acaba el invierno, o más precisos, el invierno sí pero el frío no.
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