Por Mto. Marco Campos Mena
México atraviesa una silenciosa pero profunda crisis educativa que amenaza con comprometer seriamente el futuro de sus nuevas generaciones. Durante los últimos años, se han implementado políticas que, en lugar de elevar el nivel académico, han terminado por empobrecerlo aún más. La supresión de la reprobación, la imposición de un modelo educativo improvisado y la distribución de libros de texto desestructurados, han contribuido a una formación escolar superficial, poco rigurosa y desconectada de las exigencias del mundo real.
El resultado es palpable, miles de jóvenes egresan sin saber redactar correctamente, con deficiencias en matemáticas básicas, sin capacidad de análisis ni habilidades técnicas mínimas. Esto no solo se traduce en un rezago académico (ya visible en los resultados de pruebas internacionales como PISA) sino también en una tragedia silenciosa que se desarrolla en los hogares, en las calles y en los centros de trabajo, jóvenes que no encuentran empleo, o que lo pierden rápidamente por no cumplir con lo más elemental.
Mientras se aplaude la “inclusión” al promover sin evaluación real, se está gestando una exclusión mucho más cruel… la del mercado laboral, donde las empresas ya comienzan a señalar la creciente incapacidad técnica y cognitiva de los nuevos aspirantes. Lo que parecía ser una política educativa con rostro humano, se está convirtiendo en una maquinaria que produce títulos, pero no competencias; certificados, pero no saberes.
La idea de que ningún alumno debía reprobar comenzó a implementarse desde el año 2011 con un modelo piloto que eliminaba la boleta tradicional y sustituía el sistema de evaluación por una “cartilla de educación básica”. Para el ciclo escolar2013-2014, este modelo ya se aplicaba en toda la educación básica. La intención era reducir la deserción escolar, pero sin el acompañamiento pedagógico necesario ni un sistema de nivelación real, la iniciativa se convirtió en una ruta directa hacia el rezago académico.
Durante la pandemia de COVID 19 (2020- 2022), esta política se reforzó: la SEP instruyó a nivel nacional que ningún alumno podía reprobar, sin importar si contaba con medios para aprender, entregaba tareas o si siquiera asistía a clases virtuales. A través del Acuerdo 11/06/22, se estableció que las calificaciones no podían ser menores a seis, eliminando el criterio mínimo de asistencia y convirtiendo la evaluación en un mero trámite burocrático.
Aunque esta política se revirtió parcialmente en el segundo bimestre del ciclo escolar 2022-2023, el daño ya estaba hecho. Los docentes se vieron limitados en su capacidad para exigir, evaluar y corregir, y los estudiantes perdieron el incentivo para esforzarse.
En este contexto, el gobierno de la 4T implementó la Nueva Escuela Mexicana (NEM), una reforma que, en palabras oficiales, busca una educación humanista, comunitaria y basada en valores éticos. Sin embargo, lejos de ser una solución, esta reforma ha profundizado los vacíos del sistema educativo.
Los nuevos libros de texto gratuitos, diseñados sin evaluación piloto ni participación real de expertos en pedagogía disciplinar, han sido duramente criticados por su fragmentación, su estructura confusa y la falta de guías docentes. La sustitución de contenidos académicos sólidos por nociones abstractas y a menudo ideologizadas, deja a los docentes sin herramientas claras y a los estudiantes sin referentes concretos de aprendizaje.
Además, la eliminación de materias estructuradas y la fusión de contenidos bajo proyectos integradores ha desdibujado el rol de disciplinas clave como matemáticas, ciencias e inglés. Este último, en particular, ha sufrido una caída estrepitosa en su enseñanza y su valoración: actualmente, hay regiones donde ni siquiera se imparte formalmente y donde se considera prescindible, a pesar de ser una herramienta fundamental para el acceso al conocimiento global y la competitividad laboral.
Más allá de las decisiones administrativas y curriculares, la educación en México enfrenta un fenómeno cultural aún más corrosivo: la inversión de autoridad en el aula.
Hoy, cada vez más estudiantes se sienten con derecho a cuestionar, acusar y sancionar al maestro, respaldados por padres de familia que, con o sin pruebas, exigen “respeto” para sus hijos mientras ignoran el deterioro del respeto hacia el docente.
Casos de maestros sancionados por llamar la atención a un alumno, o incluso removidos de su cargo por reclamos sin sustento, son cada vez más frecuentes. Esta cultura del consentimiento extremo, donde cualquier corrección se percibe como agresión, ha erosionado la capacidad del sistema para educar con firmeza. En muchas aulas, el maestro enseña con miedo, el alumno exige sin responsabilidad, y la escuela se convierte en un espacio sin jerarquía ni dirección.
Uno de los indicadores más visibles del deterioro educativo es el aprendizaje del idioma inglés. En ciclos anteriores, se había establecido como una prioridad transversal desde primaria. Hoy, no sólo se ha reducido su enseñanza formal en miles de escuelas públicas, sino que también ha sido relegado del imaginario educativo: ya no se percibe como necesario, ni por los alumnos ni por muchos padres de familia.
El problema no es únicamente curricular: refleja una pérdida de visión. Mientras el mundo exige bilingüismo para competir, innovar y colaborar, México avanza en sentido contrario. Nuestros egresados no solo salen con deficiencias en lectura, escritura y razonamiento matemático, sino además, desconectados del idioma que domina los campos científicos, tecnológicos y laborales del siglo XXI.
La generación que hoy cursa la educación básica y media superior en México enfrenta un futuro profundamente adverso. No porque les falte talento o potencial, sino porque el sistema que debía prepararlos para la vida les está fallando desde la raíz.
La ausencia de rigor académico, la pérdida de la autoridad del maestro, la eliminación de la reprobación, los planes de estudio desarticulados y la poca o nula valoración del inglés como idioma base del conocimiento moderno están sembrando una crisis que no será visible en las aulas, sino en los empleos que no conseguirán, los proyectos que no podrán emprender y las decisiones que no sabrán tomar.
En un mundo que evoluciona a velocidades vertiginosas, donde la automatización, la inteligencia artificial, el análisis de datos y el pensamiento crítico ya no son diferenciadores sino requisitos mínimos, nuestros jóvenes están quedando rezagados desde el primer paso.
Mientras en otros países se enseña a los niños a programar, a usar buscadores especializados, a cuestionar la información que consumen en redes sociales, aquí seguimos debatiendo si deben aprender a sumar con palitos o si está bien que no lean un solo libro en todo el ciclo escolar.
Peor aún, se ha perdido la capacidad de discernir. Hoy, muchos jóvenes no saben si una fuente es confiable, si una noticia es falsa o si un video viral está manipulado. Y sin esa base crítica, cualquier acceso a la información, por vasto que sea, se vuelve inútil. El conocimiento ya no está reservado en libros de texto: vive en simuladores, plataformas interactivas, videojuegos educativos y herramientas de IA que sólo aprovechan quienes tienen recursos y guía para usarlos. Esta brecha digital, que se disfraza de modernidad, en realidad está ampliando las diferencias sociales: los estudiantes con acceso aprenden más rápido, mejor y con mayor conexión al mundo real, mientras los demás se quedan atrapados en esquemas escolares del siglo pasado.
El costo de esta negligencia educativa no será solo individual. Un país que educa mal a sus jóvenes está condenando su futuro económico, social y político. Sin ciudadanos críticos, sin profesionistas capaces, sin técnicos formados, lo que se forma no es una nación, sino una masa vulnerable, manipulable y marginada. La educación no puede seguir siendo un espacio de simulación: o corregimos el rumbo ahora, o aceptamos que estamos formando generaciones destinadas a sobrevivir en lugar de prosperar.
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