Valencia, 29/10/2024 (Más / IA).- Un amplio estudio sobre los efectos del acoso escolar revela que esta forma de agresión no solo afecta la salud mental, sino que también impacta en el desarrollo del cerebro adolescente. El análisis, que incluyó a 2,049 jóvenes europeos y fue publicado en la revista científica bioRxiv, señala que al menos 49 regiones cerebrales involucradas en la memoria, el aprendizaje y la coordinación motora pueden sufrir alteraciones debido al ‘bullying’, un problema que afecta a uno de cada tres estudiantes en el mundo.
El equipo, liderado por Michael Connaughton del Trinity College y respaldado por el grupo científico Prado, examinó los cerebros de adolescentes de Alemania, Irlanda, Reino Unido y Francia mediante resonancias magnéticas (MRI) realizadas a los 14, 19 y 22 años. Los resultados muestran que el acoso escolar genera estrés crónico, lo que en esta fase vulnerable de la adolescencia puede llevar a una reducción en el volumen de materia gris y a la hiperactivación del sistema límbico, que regula las emociones y la memoria.
Según el doctor en Psicología Clínica Alessandro Massaro, la adolescencia es una etapa caracterizada por una “poda sináptica”, un proceso en el que el cerebro reduce conexiones neuronales para optimizar el desarrollo. En este contexto, los factores estresantes como el acoso aumentan la sensibilidad del cerebro a emociones negativas como el miedo y la ansiedad. “Existe un cambio de figuras de referencia de los padres hacia los pares y cuando los jóvenes no pueden pertenecer a un grupo, esta situación es muy difícil de sobrellevar para ellos”, explica Massaro, quien no participó en el estudio.
Las diferencias en la respuesta al acoso entre hombres y mujeres fue otro hallazgo relevante. Las imágenes MRI mostraron que, en las mujeres, la agresión emocional –como la exclusión o manipulación emocional– activó zonas como el núcleo accumbens y la amígdala, áreas asociadas con la motivación y el control del sistema nervioso. En contraste, en los hombres, el acoso físico se relacionó con una mayor activación de las regiones motoras, como el giro precentral derecho, lo cual podría deberse a que los varones experimentan el acoso de manera física, mientras que los efectos en centros emocionales eran menos evidentes, según señala el coautor Darren Brody, del Colegio Real de Cirujanos de Irlanda.
Estudios previos también han mostrado alteraciones cerebrales en víctimas de acoso escolar. En 2018, investigadores del King College de Londres reportaron diferencias estructurales en los cerebros de adolescentes víctimas de ‘bullying’, y un estudio de la Universidad de Tokio, publicado en 2024, vinculó el acoso con cambios químicos asociados a trastornos psicóticos. “No todos los casos son iguales y nos gustaría estudiar a fondo formas de acoso más sutiles, como las que viven las mujeres”, añadió Brody.
El acoso escolar se entiende cada vez más como un fenómeno social complejo. Rosario Ortega, catedrática de la Universidad de Córdoba, explica que este problema surge en el contexto de las relaciones interpersonales y no es una patología en sí misma. “La crueldad no es una enfermedad, es una conducta inmoral que desde luego puede hacer muchísimo daño a alguien”, señala Ortega, quien destaca la importancia de la intervención temprana y de un ambiente de comunicación fluida entre padres, tutores y adolescentes.
Javier Miglino, director de la ONG Bullying sin fronteras, refuerza esta visión al señalar que para erradicar el acoso es necesario un trabajo hormiga, escuela por escuela. En su opinión, es clave entender las causas de raíz de este problema para prevenir sus efectos. Por otro lado, los científicos sugieren que la terapia cognitivo-conductual es una herramienta efectiva para ayudar a las víctimas a desarrollar resiliencia ante el ‘bullying’, mientras que la transparencia en la intervención escolar es esencial para que las víctimas reciban la ayuda que necesitan.
Los resultados preliminares del estudio aportan nuevos conocimientos sobre el impacto del acoso escolar en el desarrollo cerebral, aunque, como indica Ignacio Morgado, del Instituto de Neurociencia de la Universidad Autónoma de Barcelona, aún no se puede establecer una relación causal. No obstante, estos hallazgos permiten anticipar consecuencias a largo plazo en la salud mental y el desarrollo de los adolescentes afectados, incentivando a la investigación para profundizar en este problema global y sus posibles soluciones.
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