Editorial

A UNOS BIEN, A OTROS NO TANTO


Por Horacio Cárdenas Zardoni

¿Quién viviera en Puebla de los Ángeles, para que la ciudad estuviera trazada por los mismísimos ángeles del cielo?, no. Las ciudades, por lo general, crecieron de donde se instalaron los asentamientos humanos originales, trátese de presidios, villas, o según la nomenclatura usada en cada caso en las diferentes épocas.


Las ciudades cuando se planean, están pensadas para atender lo que entienden sus fundadores como las necesidades que tendrán ellos, sus sucesores, y la segunda generación de pobladores. La visión de lo que sería la ciudad, rara vez pasaba de este horizonte. Tampoco es nada para criticar, a nadie se le puede exigir que planee el crecimiento de un asentamiento a cien o a quinientos años… y los que los llegan a cumplir, todavía ocupando los mismos espacios, se quejan de que no tuvieron la visión a mil años, pero así son las cosas, y así somos nosotros mismos.


Cuando se fundó Saltillo, ¿quién iba a pensar que la perdida villa ubicada en el agreste norte de la Nueva España, iba a tener alguna vez cerca de un millón de habitantes?, si los padres fundadores hubieran tenido esa cifra en mente, a lo mejor se hubieran instalado en Derramadero o en otro sitio mucho más plano que donde se ubica Saltillo, menos cruzado por arroyos, por más que la disponibilidad de agua corriente haya sido la principal razón para establecerse aquí, y no otra.


Y parte del problema es precisamente ese, que la ciudad fue creciendo, que no necesariamente se puede decir que se trazó, siguiendo los arroyos que había en aquellos primeros años de existencia de Saltillo. En muchos lados la palabra arroyo es sinónimo de calle, y es que se dejaba, y se respetaban algunos metros, no muchos claro, del borde del arroyo, y allí se fincaba un nuevo domicilio, el alineamiento no era más que ese, el respetar la distancia hasta el agua, y esto no precisamente por no querer aprovechar para hacerse de más tierra, sino porque los arroyos tienden a desbordarse con las lluvias, y tampoco se trataba de exponerse más de lo necesario. Ya luego cuando hubo la tecnología y el dinero, los cursos de agua se recubrieron, y las calles comenzaron a parecerse a lo que conocemos ahora. No precisamente mejores, después de todo la convivencia con el agua siempre fue importante para los humanos, como lo es para todos los seres, pero ya podía hablarse de un trazo razonablemente permanente.


Muy larga la introducción para decir que por estas calles tiene que circular en transporte colectivo, el concesionado que sigue operando, y las nuevas rutas troncales. Trazar los recorridos de unas y otras no ha sido un ejercicio sencillo, más bien todo lo contrario. Lo más sencillo es ir y pasar por donde vive la gente, o por donde trabaja la gente, esa es la principal razón de que vayan por ciertas calles y por otras no. Pero luego resulta que las calles se comienzan a congestionar de vehículos, y hay que reordenar las rutas, para tratar de que el tránsito sea lo más ágil que permita el ancho, los meandros, los recovecos que hay que sortear.


Nos llamó la atención una nota de prensa aparecida hace unos días, que una ruta del transporte colectivo concesionado, había visto incrementar su número de usuarios al triple, como efecto de la entrada en funcionamiento del programa Aquí vamos gratis, puesto en marcha por la administración de Javier Díaz González.


Esta línea, como todas las líneas que operaban en la capital, literalmente se habían dormido en sus laureles ¿para qué mejorar los camiones, para que ampliar las rutas, para qué tratar bien al pasaje, si tenían el negocio seguro? La gente se fue decepcionando del servicio, malo, caro, inseguro, ineficiente, y tanto, que muchas líneas de plano tuvieron que cerrar por falta de usuarios, otras bajaron el número de camiones en servicio, con lo que todavía bajó más, y bueno, ¿a dónde iba este asunto a parar?, quien sabe, pero la propia administración municipal consideró que ya la situación era insostenible y había que intervenir.


Pero en el diseño de las rutas troncales, por su misma naturaleza, de atravesar la ciudad de norte a sur y de este a oeste, se tenían que afectar algunas de las rutas que ya recorrían las calles y avenidas, con la ventaja para las primeras que, por ser gratuitas, captarían una demanda de usuarios que antes pagaban, o que usaban algún otro medio de transporte. En casos extremos, estas rutas concesionadas se quedarían sin pasaje y tendrían que suspender sus operaciones, a menos que se reorganizaran, se convirtieran en alimentadoras, algún otro esquema para seguir en el negocio, pero en rutas que no compitieran con las que no pueden competir.


Así suele pasar, unos se benefician, hasta con lo que no esperaban, el caso de la Ruta Roma, que creció su demanda al triple, y otras que se están tronando los dedos. Cosa de adaptarse, si es que quieren seguir en el negocio claro, pero en condiciones muy distintas a las que disfrutaron por décadas.


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