Por Horacio Cárdenas Zardoni
Son infinitos los casos, anecdóticos, inventados o reales en los cuales el poder logra convencer a determinada persona o determinado grupo, de que acepte aquello que se le está proponiendo. Todos ellos son vergonzosos, pero ahora sí que podríamos decir que si no está en la naturaleza humana traicionar y traicionarse por el proverbial puñado de monedas, sí está muy cerca de la superficie de la forma de ser de mucha gente el vender las convicciones.
Ya citamos aquella película de Clint Eastwood, por un puñado de dólares, que si fuera por el puro título de la cinta nos imaginamos todos arrugados, sudados y sucios, pero que son objeto de deseo de los que se venden por tenerlos, y recurso de convencimiento de quienes los tienen de sobra, para que aquellos se quiten de en medio.
La mismísima traición de Judas a Jesucristo tuvo como protagonista la famosa bolsa con treinta monedas de oro, que el Evangelio recupera que sí, hubo algo de lucha interior del traidor por si debía o no aceptar el pago por algo que según, hacía por convicción, pero allí estuvo el intercambio de valores, con los que unos pagaban un servicio prestado y el otro se lavaba la consciencia diciendo que eran para aligerar las necesidades de los pobres.
Está por supuesto aquella frase monumental de la novela de Mario Puzo El Padrino, en la que Don Corleone ofrece resolver determinada complicación haciéndole a quienes se oponían, una oferta que no podrían rehusar. Nos imaginamos, no con completa certeza, de que de por aquella época data la otra sentencia de mafia de película, de que todo hombre tiene su precio, que pone en un plano mercantilista bastante triste los principios y la moral misma de los seres humanos, ¿de quiénes?, de prácticamente todos, los que tienen un precio, que solamente hay que alcanzar en la negociación para que se pueda transar con ellos.
Ya en la práctica mexicana hay que rememorar por fuerza aquella frase del militar y político, mire qué curiosa conjunción que parece que es recurrente a la vuelta de los siglos, Álvaro Obregón, quien decía que no había general, fíjese que no hablaba de soldadesca sino de altos mandos, que aguantara un cañonazo de cincuenta mil pesos.
En aquellos tiempos era en centenarios de oro, ¿Quién no se derrite ante una torre de mil monedas de cincuenta pesos oro?, bueno, pues en el libro aquel de Lo negro del Negro Durazo se cuenta como este personaje aventaba monedas de oro a la alberca y la gente, hombres y mujeres de mundo, se aventaban para recogerlos como si fueran niños que en Acapulco se lanzan al mar a rescatar los pesos que les tiran los turistas.
Está también la propuesta menos glamorosa que se le suele atribuir a las bandas de narcotraficantes, y también a agentes del gobierno de que normalmente, no siempre, dan a elegir: ¿Qué prefieres, el oro o el plomo?, el oro en monedas o billetes de curso legal o instrumentos financieros más modernos, y el plomo, en forma de cápsulas impulsadas por granos de pólvora que los proyectan a altas velocidades. Eso cuando hablamos entre gente civilizada, y cuando no, está aquella recuperada por un ciudadano chino nacionalizado mexicano, que decía que lo habían amenazado: o copelas o cuello, y es que hay gente que se niega a repartir el dinero que le dan precisamente para eso.
Ejemplos, como decíamos al principio, los hay de sobra, con cada uno que conocemos, que nos platican o que recordamos haber documentado, baja nuestra estima de la especie humana. Es por eso que no debería extrañarnos lo mías mínimo el hecho dado a conocer hace algunos días, en el sentido de que los familiares directos de los mineros que quedaron atrapados luego que se inundada la mina El Pinabete en el municipio de Sabinas, habían aceptado la oferta de indemnización hecha por el gobierno federal, a cambio de dejar de presionar para el rescate de los cuerpos de sus familiares.
¿Qué se puede decir al respecto?, es muy difícil ponerse en la posición de los deudos, viudas y huérfanos, padres y otros dependientes directos de quienes los mineros eran el sostén económico. Ninguna de las familias, nadie que se dedique al dificilísimo y muy arriesgado oficio de minero, puede presumir de una situación económica boyante, sí un poco mejor que otros trabajos no especializados, pero nada para salir de la pobreza. Dos semanas sin el ingreso del jefe de familia, y ya comenzaban a sufrir las carencias, ¿Quién le fía a una familia de la que el que paga las cuentas está atrapado en el subsuelo con posibilidades magras de sobrevivir? El hambre, genérico de necesidad, comenzó seguramente a apretarles.
Aunque no hay testimonios de ello, sí podemos sospechar que hubo presiones, desde leves hasta fuertes, de dejar de armar borlote, lo que menos quería el gobierno federal era otro “Pasta de Conchos”, y es que hay que reconocer que la organización Familia Pasta de Conchos se ha convertido en un ejemplo a seguir en todo México y más allá de nuestras fronteras, de que las causas no se abandonan. A los deudos de los 65 mineros fallecidos en la explosión de aquella mina hace 16 años se les brindó apoyo económico, educativo y de distintos tipos de parte del gobierno del estado, sin ser estrictamente su responsabilidad, también de parte de la empresa y hasta del gobierno federal, en síntesis, una cantidad que de ninguna manera suple la vida del marido atrapado en el subsuelo, pero sí una que les permitió sostenerse y salir adelante los hijos pequeños. Pero la causa persiste, mientras no recuperen los cuerpos, no habrá descanso, y mire que ha habido presiones para que dejen en paz a ya cuatro presidentes de la república.
Todavía el muy ahorrativo Andrés Manuel López Obrador puso al principio de su sexenio la oferta de una indemnización decorosa (una más) y un memorial, o seguir con el rescate, y es que en el monumento y la indemnización no gastaría más de cien millones, en cambio en el rescate podría llevarse hasta dos mil millones, más lo que la inflación acumule.
Entendemos que los familiares hayan aceptado la indemnización, que se han guardado bien de revelar de cuánto fue, algunos hablan de mínimo 100 mil y otros de un máximo de 4 millones de pesos. Así puesto parece mucho dinero junto, el cual en todo caso habría que cuidar para que no se vuelva humo, pero qué triste que siempre en estos casos lamentables, valga uno más muerto que lo que vale vivo, con gente dispuesta todo el tiempo a hacer válida esta máxima.
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