Por Zitamar Arellano Trueba
Saltillo, Coahuila, 14/04/26 (Más).- Las técnicas de fractura hidráulica o “fracking” de menor impacto ecológico que ha anunciado el Gobierno federal no evitan los problemas estructurales que ocasiona este tipo de explotación de gas que rebasan la parte medioambiental, según información consultada en diversas agencias gubernamentales e instituciones de Estados Unidos.
Aunque hasta ahora el Gobierno de México no ha detallado cuál es el paquete tecnológico que podrá usarse para la exploración de gas shale en la Cuenca de Burgos mediante la técnica de fractura hidráulica, sí ha señalado el uso de tecnología distinta y más confiable a la utilizada anteriormente.
Tratándose de agua, punto central de las dudas sobre la idoneidad del “fracking”, nuevas técnicas de uso de agua tratada en lugar de agua dulce o cambio de químicos biodegradables, no resuelven o generan otros problemas.
Por ejemplo, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos (EPA) en el documento “Hydraulic Fracturing for Oil and Gas: Impacts from the Hydraulic Fracturing Water Cycle on Drinking Water Resources in the United States, EPA/600/R-16/236, 2016”, concluyó que las actividades del ciclo del agua de la fractura hidráulica pueden afectar los recursos de agua potable bajo ciertas circunstancias.
Mientras, el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) advierte que el agua residual de pozos fracturados puede detonar sismicidad inducida cuando se inyecta en pozos profundos de disposición.
El señalamiento sobre el vínculo entre “fracking”, agua residual y sismicidad inducida puede sustentarse en dos referencias oficiales del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS): la página de preguntas frecuentes “How is hydraulic fracturing related to earthquakes and tremors?”, donde ese organismo explica la relación entre la fractura hidráulica y los sismos, y el documento complementario “Myths and Misconceptions About Induced Earthquakes”, difundido por su Programa de Peligros Sísmicos, en el que precisa que los pozos de disposición de aguas residuales son más propensos a detonar movimientos sísmicos que la fractura misma.
De acuerdo con la EPA, el riesgo del “fracking” no está concentrado sólo en el momento en que se fractura la roca, sino en todo el ciclo del agua que acompaña a la operación. Ese ciclo incluye la extracción de agua para preparar los fluidos, la mezcla con aditivos, la inyección al pozo y luego la recolección, almacenamiento, tratamiento, reúso o disposición del agua de retorno y del agua producida.
La agencia identifica como condiciones de mayor riesgo la extracción de agua en zonas de escasez –como la zona norte de Coahuila, que se ha observado como una de las de mayor viabilidad en la Cuenca de Burgos–, los derrames en superficie, la integridad deficiente de los pozos y el tratamiento o la disposición inadecuados de las aguas residuales.
Eso significa que aun con una versión “modernizada” del “fracking”, el problema del manejo de los residuos líquidos sigue en pie. El Departamento de Energía de Estados Unidos (DOE) señala que en la perforación, terminación y fractura hidráulica se usa agua, y que además a veces se producen grandes volúmenes de agua junto con el petróleo y el gas.
El mismo DOE subraya que el desafío no se limita al retiro de agua dulce, sino también al manejo del agua producida y del retorno de agua o “flowback”, que pueden tratarse y reutilizarse, pero que siguen siendo corrientes residuales complejas cuya gestión es parte medular del problema.
El componente sísmico tampoco desaparece. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS por sus siglas en inglés) indica que los reportes de terremotos perceptibles causados directamente por la fractura hidráulica son muy raros, pero añade que el agua residual producida por pozos que fueron fracturados sí puede causar terremotos inducidos cuando se inyecta en pozos profundos para su disposición.
También explica que esos pozos de inyección suelen operar durante más tiempo e inyectar mucho más fluido que la fractura misma, lo que eleva la presión en fallas preexistentes.
Los daños estructurales del “fracking” en general como método de extracción de gas tampoco se agotan en el subsuelo. El DOE identifica como retos de esta industria los impactos asociados al uso de agua superficial o subterránea y a la gestión del agua producida durante la fase activa de las operaciones de petróleo y gas no convencionales.
Otra parte del problema es que las mejoras tecnológicas no necesariamente eliminan el riesgo, sino que en varios casos sólo lo desplazan, según documentos oficiales de agencias e instituciones de Estados Unidos: la evaluación de la Agencia de Protección Ambiental sobre los impactos del ciclo del agua del “fracking” en recursos de agua potable; la página técnica del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) sobre la relación entre fractura hidráulica, agua residual y sismos inducidos; el reporte de la Government Accountability Office (GAO), (una oficina equiparable a la Auditoría Superior de la Federación mexicana), sobre tecnologías para reducir el uso de agua en la fractura hidráulica, y la evaluación del Departamento de Energía de Estados Unidos sobre petróleo y gas no convencionales, donde se revisan los alcances y límites de los métodos de menor consumo hídrico.
Sin embargo, el DOE advierte que la evaluación adecuada de las tecnologías de uso reducido de agua o “waterless stimulation” requiere pruebas de producción de largo plazo para determinar si pueden mantener o mejorar los resultados frente a los métodos basados en agua.
En otras palabras, las nuevas técnicas pueden bajar parte del impacto hídrico, pero no convierten al “fracking” en una actividad inocua.
La EPA explicó, al publicar su informe final de 2016 sobre “fracking” y agua potable, que retiró la frase según la cual no había evidencia de impactos “generalizados y sistémicos” porque su consejo asesor científico pidió sustentarla cuantitativamente, algo que la propia agencia consideró inviable por las lagunas de información e incertidumbres disponibles.
El mensaje final de la agencia fue otro: sí existe evidencia científica de que las actividades del ciclo del agua de la fractura hidráulica pueden impactar recursos de agua potable en determinadas condiciones.
Lo que el Gobierno de México presenta como nuevas tecnologías encaja justamente con ese paquete de soluciones parciales descritas en fuentes técnicas estadounidenses.
La GAO examinó opciones para reducir el uso de agua en la fractura hidráulica, y el DOE menciona técnicas y fluidos alternativos como “foam fracturing”, sistemas con CO2, nitrógeno y otras formas de “waterless stimulation” o de uso reducido de agua. El objetivo de esas variantes es disminuir el consumo de agua dulce o modificar el fluido de fractura, no suprimir la necesidad de perforación, fractura, manejo de residuos, monitoreo y control operativo.
Por eso, el núcleo del debate no es si existe una versión nueva del “fracking”, sino si esa modernización alcanza para desactivar sus riesgos estructurales.
A la luz de lo que sostienen EPA, USGS, GAO y DOE, la respuesta es que las innovaciones pueden reducir ciertos impactos, sobre todo el consumo de agua dulce, pero no borran problemas de fondo como el manejo de aguas residuales, el riesgo a fuentes de agua potable bajo ciertas circunstancias y la posibilidad de sismicidad inducida asociada a la disposición subterránea de residuos.
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