Claudia Sheinbaum y la voz política de las mujeres

Gabriela Jiménez

A lo largo de la historia occidental, el uso de la palabra y, en particular, de la palabra pública, ha estado dominado por los hombres. Durante siglos, fueron los sacerdotes, gobernantes y patriarcas los únicos que ostentaron el privilegio de enunciar la palabra pública, instrumento esencial del ejercicio del poder. A través de sus sermones y discursos transmitían el pensamiento de los hombres, sus acuerdos y sus pactos. Con sus discursos y su lenguaje, dictaban la forma de hacer política y de administrar la vida pública de las sociedades.

Fue en la Roma antigua donde se empezó a llamar lingua mater a la primera lengua que las personas aprendían, la que adquieren de sus madres y con la cual, desde la infancia, los seres humanos comprenden y descifran el mundo.

Bajo los mandatos de cuidado que han sostenido a las sociedades patriarcales, históricamente las mujeres han sido las transmisoras de las palabras y de sus significados, las encargadas de nutrir el universo léxico de las infancias. Sin embargo, a pesar de ese papel protagónico en la crianza y en la formación, a las mujeres se las ha excluido sistemáticamente del uso de la palabra pública y, por lo tanto, de las esferas del poder.

Mientras que ellas han enseñado a hablar, pensar y sentir a cada generación, su propia voz ha sido silenciada en los espacios de gestión del poder perpetuando una brecha histórica. Su lenguaje ha permanecido confinado a la esfera de lo privado durante siglos, dentro de los hogares y las cocinas, sin audiencia ni reconocimiento, alejado de los debates y de las decisiones que moldean el rumbo de la vida pública.

Esa brecha histórica, tan profunda y  arraigada, se redujo en México el pasado 1° de octubre, cuando Claudia Sheinbaum tomó protesta como presidenta de México en el Congreso de la Unión, siendo la primera mujer en ocupar este cargo en América del Norte. Portando ya la banda insignia, y ante las titulares de los otros Poderes de la Unión –de la Cámara de Diputados, Ifigenia Martínez, hoy fallecida, y de la Suprema Corte, Norma Piña–, tomó por primera vez la palabra como presidenta constitucional. La ceremonia cargó de elementos simbólicos uno de los rituales más arcaicos del sistema político mexicano.

“No llego sola, llegamos todas”, dijo la presidenta en su primer mensaje a la Nación. Este enunciado destaca entre todos los que hasta entonces había pronunciado: ninguno se había repetido de forma tan consistente. A partir de su toma de protesta, Claudia gobernará para todas, simpatizantes y adversarias, horizonte de esperanza y júbilo para algunas, y para otras, motivo de preocupación e incertidumbre.

La llegada de una mujer a la presidencia no resolverá los problemas que se encuentran en la estructura misma del poder, en sus fundamentos y en su lenguaje. La lucha por la reparación histórica de las mujeres es una batalla que está lejos de terminar, pero, a pesar de que esa brecha política se redujo este 1° de octubre, hay un reto por descifrar: ¿albergará la voz de Claudia Sheinbaum la diversidad de voces y demandas de las mujeres mexicanas? ¿Usará esta voz para dialogar con sus opositoras? ¿Se atreverá a nombrar las violencias y las realidades que viven las mujeres en México, a diferencia de sus predecesores en el cargo?

La presidenta lleva consigo el enorme peso político de suceder a Andrés Manuel López Obrador y de continuar con el legado que defienden sus millones de simpatizantes. También carga con la crítica y la resistencia de sus adversarios. ¿Cómo afrontará estos desafíos al mismo tiempo que desarrolla su propia identidad política?

Entre los muchos retos a los que hará frente, hay uno al que le prestaremos especial atención: ¿podrá construir un liderazgo distanciado del que han ejercido durante siglos los políticos en México? ¿Logrará su gobierno saldar las deudas históricas con las mujeres o será uno más que las perpetúe?

Su mandato concentra la atención mundial al ser parte de un movimiento global por la equidad de género en la política. Y si es verdad que todas llegamos con ella a la presidencia, también lo será que, en caso de fallar, todas habremos fallado con ella. Tristemente, las mujeres bien sabemos que los ojos acusadores del patriarcado, y los de sus aliados y aliadas, son implacables cuando se trata de señalarle a una mujer sus errores, sus desaciertos.

En su primer mensaje presidencial, la voz política de Claudia Sheinbaum recuperó la fraseología y el universo de significados que Andrés Manuel López Obrador ha asentado como la narrativa oficial de su gobierno y de su partido. En la primera parte de ese discurso, citó directamente la palabra de su antecesor en el emblemático evento del desafuero. Las formas de la presidenta para apelar y referirse a sus simpatizantes fueron las mismas que él utilizó en 2018, en su toma de protesta.

La aparente masculinización del lenguaje de Claudia Sheinbaum podría ser una forma de camuflajear su identidad en una esfera dominada históricamente por hombres, para legitimarse y proyectar un liderazgo que, ante los ojos de sus adversarios, se advierta rígido e inquebrantable. Sin embargo, para muchas hay una pregunta por responder durante este sexenio: ¿qué narrativas construyen las mujeres cuando llegan a la presidencia?

Si el 1° de octubre se rompió un techo de cristal, hay uno que permanece, hasta ahora, intacto: el del lenguaje, ese que alberga el mundo interior de las y los hablantes y desde el cual se pueden nombrar y crear nuevas realidades.

En este punto, quizás lo más revolucionario sea imaginar un futuro en el que las mujeres no solo lleguen a los espacios de poder, sino que, con su presencia y su palabra, logren transformarlos al hacer del lenguaje y de la política algo más inclusivo, más justo y más humano. Si Claudia Sheinbaum logra articular esa voz, entonces habrá hecho más que gobernar: habrá ayudado a reescribir la historia de las mujeres en la política y la historia de la política según las mujeres.

* Gabriela Jiménez es lingüista por la Escuela Nacional de Antropología e Historia, forma parte de la  equipa operativa de Aúna. Apasionada de los estudios que entrelazan al poder y al lenguaje, se ha especializado en el análisis del discurso político desde una perspectiva semántica y pragmática.


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