Una de las series mejor recibidas por la crítica en años recientes es “The Boys”, disponible en Amazon Prime.
Se trata de un acercamiento crítico y cínico al mito de los superhéroes. Sí, comprendo perfectamente si me levanta la ceja en señal de recelo. Yo mismo estoy ‘up to the mother’ de las películas del Universo Marvel y DC.
No obstante, decidí darle una oportunidad a esta producción bajo la promesa de la premisa: Superhéroes de cuestionables valores y reprochables conductas. Y la verdad es que no me decepcionó. No es perfecta, pierde la brújula en algunos momentos y la verdad es que se pudo resolver en menos episodios, pero -¡hey!- al menos al concluir sus dos temporadas no sentí que fue una desmesurada pérdida de mi tiempo, como me pasa con el promedio de los seriales por los que apuesto.
Retrata “The Boys” una realidad y un mudo muy parecido a los nuestros, con la salvedad de que la gente con dones especiales -súperpoderes- coexiste con el resto de la aburrida, ordinaria y pedestre humanidad.
Los “súper” militan en una organización que supuestamente los regula, pero en realidad es dueña de sus derechos de explotación comercial, con lo que obtiene ganancias multimillonarias; sin dejar de lado los trabajos sucios que estos “paladines” hacen para el gobierno de los Estados Unidos.
Para empezar, los justicieros, no adquirieron sus habilidades especiales en razón de su nobleza o por algún afortunado accidente acaecido a la persona correcta, como dicta la tradición comiquera. Son resultado de experimentaciones de la misma corporación que los administra
Y en lo individual, todos y cada uno de los personajes en mallas son tremenda fichita: El que no es un depravado acosador, es un adicto sin carácter ni empatía. Son ensimismados, doble moral, egoístas y ególatras, desleales y la única causa con la que están comprometidos es con la propia; todo lo opuesto a lo que se supone debe ser un campeón justiciero. No obstante, la gente, la opinión pública, el pueblo norteamericano, los adora.
El peor de todos, sin embargo, es el líder del equipo, una amalgama de los atributos de Superman con los simbolismos del Capitán América, aunque éste sí, sintetiza todos los vicios y perversiones de quien goza de un poder ilimitado, facultades por encima de la ley, así como amor y aprobación incondicionales. Homelander es un homicida, egomaníaco, narcisista con la fragilidad emocional de un chiquillo de seis años. Es, desde luego, el héroe de millones.
Pero un grupo de individuos comunes, sin poderes ni especiales atributos, que sólo tienen en común el haberse percatado -casi siempre como resultado de una terrible experiencia- de la clase de bravucones miserables que son los encapotados y el peligro para la sociedad que representan, forman un pequeño grupo de resistencia dedicado a desenmascararlos, exhibirlos y, con algo de suerte, a desarticularlos y destruirlos, cosa que no es fácil porque, como ya dijimos, son gente ordinaria contra poderosísimos semidioses que, en la suma, son casi omniscientes, omnipresentes y omnipotentes, además de tener el respaldo gubernamental y la aquiescencia popular.
El pequeño grupo disidente es el que le da nombre a este drama en clave de humor negro. Ellos son “The Boys”. Contiene violencia explícita, súper sexo entre gente súper poderosa y todo tipo de aberraciones. Es clasificación C, aunque ya nadie categoriza así los contenidos, ¿verdad?
Bien, parece ser una debilidad de nuestra idiosincrasia nacional o de plano algo inherente al ser humano, el albergar la esperanza de que un redentor nos llegará del Cielo para encargarse de todo nuestros sufrimientos.
Es por ello también que bien pronto pasamos de la militancia política a la más profunda devoción.
Luego, si el líder de un movimiento es lo suficientemente carismático, enseguida sus seguidores conforman un culto a la personalidad que no admite cuestionamientos ni discrepancias y que, de existirlas, convierte automáticamente en enemigos a quienes las interponen.
He visto ciudadanos que parecían emancipados, librepensadores y hasta bien ilustrados en temas de populismo y demagogia, postrarse ante el caudillo y atribuirle virtudes meta-humanas, como infalibilidad o inmunidad contra los pensamientos impuros.
Coahuila lo padeció con Humberto Moreira y en el ámbito nacional, lo padecemos con Homelander Obrador, quien pretende achicharrar con su visión calorífica todo aquello que le disguste, que no le rinda pleitesía, que no se doblegue a su voluntad, que no responda a su gusto y capricho, o que no comulgue con sus ideales.
A mí me han retirado la palabra algunos lectores y conocidos debido a mis opiniones desfavorables sobre el gobierno federal -sin que haya mejorado en absoluto mi opinión sobre el viejo régimen o el cacicazgo local-. Sin embargo, se me acusa de añorar el antiguo orden y nada más falaz que ello.
No deja de causarme entre indignación y ternurita, sin embargo, cómo salen en defensa de un individuo que está a nada de la más terrorífica autocracia y que fue además electo para servirnos y rendir cuentas, no para ser enaltecidos como prócer mártir y menos con tan cuestionables méritos.
Los héroes inmaculados, impolutos, esos que nos va a venir a salvar de todos los males con el escudo de su bondad absoluta, no son verosímiles ya ni siquiera en las historietas. ¿Por qué los siguen adorando en el mundo real?
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