Ciudad de México. Septiembre 19.- Cuarenta años después del devastador sismo del 19 de septiembre de 1985, decenas de familias siguen viviendo en condiciones precarias, aferradas a la promesa de una vivienda digna que las autoridades hicieron y no han cumplido. El caso más emblemático es el campamento Colector 13, ubicado en un predio del IMSS junto a la estación Lindavista del Metro en la Ciudad de México, donde generaciones han nacido, crecido y formado su vida entera bajo techos de lámina y vigas de madera.
De acuerdo con Animal Político, este asentamiento —el más grande de la capital— alberga más de 200 viviendas improvisadas y otros cinco campamentos similares subsisten en la ciudad. Aunque el gobierno capitalino asegura que existe un proyecto habitacional que podría comenzar a edificarse el próximo año en una parte del predio, la incertidumbre continúa. La larga espera ha sido acompañada por tragedias, como el incendio del 2 de mayo pasado —el tercero en la historia del lugar— que destruyó 33 casas y obligó a habilitar la pequeña capilla como refugio, convirtiendo al campamento en un espacio doblemente marcado por el desamparo: un campamento de damnificados dentro de un campamento de damnificados.
Colector 13 ocupa 7 mil metros cuadrados en la esquina de Colector 13 y Avenida Instituto Politécnico Nacional. Entre los puestos de comida y tiendas que lo rodean, un acceso discreto conduce a pasillos estrechos flanqueados por viviendas diminutas, diferenciadas solo por sus colores. Sus dimensiones van de cinco por tres a seis por seis metros. Sobre los pasillos hay postes de luz, altares religiosos, lavaderos colectivos y estructuras metálicas de cuatro metros de altura que sostienen tinacos de agua.
El origen del campamento se remonta a 1985, cuando unas 300 familias damnificadas fueron trasladadas allí tras perder sus hogares. El terreno había sido usado para concentrar los cuerpos de las víctimas del sismo. Con el paso del tiempo, algunas familias aceptaron vivienda en otras zonas, pero cerca de 30 se negaron a mudarse y permanecieron en el lugar. Ese pequeño núcleo se amplió con familiares y nuevos habitantes, hasta conformar el asentamiento actual.
En 2009, 270 familias recibieron departamentos en una unidad habitacional cercana a Insurgentes Norte, pero quienes se quedaron esperaban una solución distinta. “Nosotros llegamos con la promesa de que nos íbamos a ir en unos meses, y de eso ya pasaron 40 años”, dice Carlos García Villegas, quien llegó a Colector 13 a los 15 años con sus padres y ocho hermanos tras perder su casa. Hoy tiene 54 años, sus hijos y nietos han crecido allí, y acusa que las autoridades solo los recuerdan en tiempos electorales: “Más cuando son votaciones… todo el mundo llega y nos promete y nos dice que va a ser aquí la Torre Latinoamericana. Nomás eso es en lo que nos ocupan, para el botín político de votos”.
El incendio del 2 de mayo dejó claros vacíos donde antes hubo casas. Cuatro meses después, los vecinos denuncian que las promesas de ayuda no se cumplieron: ni los materiales prometidos por la alcaldía Gustavo A. Madero, encabezada por Janecarlo Lozano, ni el programa de vivienda anunciado por la jefa de Gobierno, Clara Brugada. Algunos damnificados cuentan que la alcaldía les ofreció dinero para rentar en otro lugar al alegar que no había presupuesto para un programa de vivienda, pero ellos rechazaron esa opción, exigiendo una solución definitiva. Las pocas viviendas reconstruidas han sido costeadas por los propios afectados y algunas siguen inconclusas.
Inti Muñoz, secretario de Desarrollo Urbano y Vivienda, explicó a Animal Político que en las próximas semanas se presentará un proyecto habitacional que, aseguró, comenzará a construirse a más tardar el próximo año. Este incluiría viviendas en una tercera parte del terreno y, en el resto, áreas de uso público, una Utopía o instalaciones del sistema de cuidados. Dijo que el proyecto se definirá mediante consultas con los vecinos y que actualmente se revisa si el predio puede ser adquirido o donado por el IMSS.
Además de Colector 13, Muñoz estimó que existen otros cinco campamentos similares en la ciudad, más pequeños y con menos de 70 familias en total, ubicados en zonas como Vallejo, Azcapotzalco y el Centro Histórico.
Pedro, uno de los habitantes, llegó al campamento cinco años después del sismo. Tenía siete años cuando el terremoto sacudió la ciudad a las 7:19 de la mañana con una magnitud de 8.1. Recuerda el olor de los cuerpos, la campaña de vacunación del Ejército y las réplicas que obligaron a los sobrevivientes a rezar. Hoy, a sus 47 años, vive aún en Colector 13. “Uno no sabe por qué sigue aquí”, dice, mientras su padre de 72 años sentencia: “Los pobres nacimos pobres y pobres nos vamos a morir”.
El sismo de 1985 dejó alrededor de 10 mil muertos según cifras oficiales, aunque estimaciones no oficiales apuntan a más de 20 mil. Cientos de miles quedaron sin hogar, y 30 mil estructuras resultaron dañadas, de las cuales más de 3 mil colapsaron por completo. Colector 13 simboliza cómo esa tragedia persiste: décadas de espera, promesas incumplidas, incendios recurrentes y el uso político de los damnificados han perpetuado el desamparo.
El sociólogo Javier Auyero, en Los pacientes del Estado, sostiene que la espera es una forma cotidiana de dominación política. Para los pobres, esperar se vuelve inevitable: “La dominación política cotidiana es eso que pasa cuando aparentemente no pasa nada, cuando la gente ‘solo espera’”. En Colector 13, esa espera ha moldeado vidas enteras, reforzando la vulnerabilidad y la sumisión ante un Estado que, 40 años después, no ha entregado lo prometido.
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