10 de mayo: de búsquedas y arrebatos

¿Y si este 10 de mayo fuéramos capaces, por un instante, de abrir espacio al dolor de tantas? ¿Si entre desayunos y festivales camináramos las madres junto con aquellas madres para compartir la carga? ¿Si, además, vinieran nuestros hijos, nuestras hijas, por los hijos y las hijas que todavía no tienen y que no quieren nunca tener que buscar?
09 de mayo, 2024
Por: Ana Paula Hernández Romano
Busca quien ha perdido algo que le pertenecía. Perdemos cosas por negligencia, por descuido, por olvido, por desdén, por cansancio, por suerte. Las madres buscadoras no perdieron a sus hijos, les fueron arrebatados por la ignominia del Estado y la indiferencia de la sociedad. Les fueron arrebatados y el arrebato las lanzó sin remedio a una búsqueda irrenunciable que no pidieron.
Hay quienes creemos que no nos compete buscar porque a nosotros no nos fue arrebatado el hijo, la hija, la hermana. No nos compete buscar ni reclamar porque no somos nosotras quienes revolvemos la tierra con palas bajo soles inclementes.
No nos compete buscar porque nos abisma el dolor inmenso y sin palabras que intuyo sienten quienes intentan recoger los pedazos de lo que fueron antes de que les arrebataran la vida, los sueños, las ganas.
No nos compete buscar porque no atinamos a adivinar que el 10 de mayo hay miles de madres en México que no tienen nada que celebrar. Y asomarnos a su dolor, quiero pensar, nublaría el ánimo festivo de festivales, poemas, licuadoras, manualidades; volvería ensordecedor el tráfico tapizado de celebraciones compartidas que nos esperan atravesando una ciudad emperifollada que el viernes esquivará de nuevo el dolor, evitará el camino de más de tres mil familias que, en un esfuerzo monumental de unificación, recorrerán el país para llegar al Monumento a la Madre y, de ahí, caminar hombro con hombro hasta llegar al zócalo. Y ver si así quien habita detrás de las vallas de Palacio Nacional es capaz de abrirles las puertas, quizá solo porque es 10 de mayo, escuchar sus pesares y abrir paso a sus reclamos.
Andrés Eloy Blanco, el poeta venezolano de madres y mujeres que, por cierto, terminó sus días exiliado en México huyendo de la dictadura, escribió hace cien años:
“Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera…
Y cuando un niño grita,
no sabemos si lo nuestro es el grito o es el niño,
Y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra”.
¿Y si entre algarabías de festejos fuéramos capaces, por un instante, de abrir espacio al dolor de tantas, tan sonoro, tan colonizante? ¿Si entre desayunos y festivales, camináramos las madres junto con aquellas madres para compartir la carga? ¿Si, además, vinieran nuestros hijos, nuestras hijas, por los hijos y las hijas que todavía no tienen y que no quieren nunca tener que buscar?
¿Si el 10 de mayo nos vistiéramos de exigencias y silencios, acompasando el paso a otro paso que nos gustaría pensar que no es ni será nunca el nuestro, pero que es de todas, de cada una, de cada madre, de cada padre, por cada hijo, por cada hija?
¿Si, con Andrés Eloy Blanco, no pudiéramos renunciar a la certeza de que ser madre de uno nos convierte en madre de todos?
Si no somos capaces de compartir el dolor ajeno, difícilmente seremos capaces de compartir la visión de futuro, de justicia y de verdad, que necesitamos para salir de la barbarie.
* Ana Paula Hernández Romano (@ensusmarcas) es coordinadora del Diálogo Nacional por la Paz.

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