Por Horacio Cárdenas Zardoni
La nota nos pareció de lo más interesante, aunque un tanto fuera de tiempo y fuera de lugar, habida cuenta que está llegando a su fin la gestión federal del presidente Andrés Manuel López Obrador, y cualquier cosa que se diga, tiene que ser interpretada no como a título personal, toda vez que el sexenio está a punto de fenecer, en etapa de lo que se conoce como cierre de la administración, y como todavía no hay un candidato, bueno una candidata, electa, pues lo que se ofrezca a los medios de comunicación ni siquiera puede ser considerado como una declaración de un gobierno futuro del que formará parte, o para decirlo más puntualmente del que quisiera formar parte, sin tener la menor posibilidad de saber si está contemplado, si se le permitirá continuar apoyando, o que los despedirá olímpicamente.
El que hablaba era el titular de la secretaría de Infraestructura y Obras Públicas Rogelio Jiménez Pons, aquí habría que hacer un alto para preguntarle al respetable ¿sinceramente, sabía usted que había una Secretaría de Infraestructura y Obras Públicas, y que el titular era el mencionado Jiménez Pons?. Y todavía cabría preguntar ¿desde cuándo y cuáles son sus principales logros?, Desde luego hay que mencionar que Jiménez Pons no fue el primer titular de esa dependencia, sino en ingeniero Arganiz, a quien se le dio la salida nada elegante que tiene la cuarta transformación destinada a quienes no se portan a la altura, o la bajura. Pero lo simpático del caso es que, faltando cuatro meses para el fin del sexenio, la mayoría de los mexicanos, entre los que nos incluimos, no conoce los nombres de los secretarios del gabinete presidencial, tan centralizado ha estado el poder en el presidente, que todos los demás han quedado relegados al papel que él les asignó: floreros. Hasta el mismo López Obrador se olvidó de quien era su secretaria de Ecología, hasta el nombre tuvieron que soplarle.
Bueno, el caso es que Rogelio Jiménez no quiso dejar pasar la oportunidad de decir esta boca es mía, y para pronto lanzó una declaración que es del tamaño del presente y del futuro de México: para que México esté en condiciones de aprovechar todas las bondades que se han propalado respecto al Nearshoring, se necesitan inversiones en infraestructura por la friolera de cuatrocientos mil millones… pero de dólares.
Tenemos que decir que a lo largo de nuestra vida hemos presenciado distintas épocas, caracterizadas cada una por un conjunto de circunstancias que las hacen distinguibles una de otra. Recordamos la época de la “sustitución de importaciones”, no necesita explicación, la estrategia era promover que las empresas satisficieran las necesidades del mercado interno y luego pensaran en la exportación; luego vino la apertura comercial, cuando nos incorporaron al GATT y posteriormente a la Organización Mundial de Comercio y a la OCDE, la globalización venía con todo, y había que capitalizarla al máximo volcándonos al exterior; recordamos que hubo uno o varios “mexican moments”, que la verdad, nos parece que eran más una cuestión publicitaria que algo en concreto, y uno que otro milagro mexicano, que más parecieron casualidad que una intención real de hacer algo con el país.
Ahorita estamos con las esperanzas, que no la mira, puesta en el nearshoring, como no hace tanto tiempo estuvimos con las maquiladoras y el Shale, la primera de las cuales se agotó sin plantear una sustitución eficiente, y el segundo ni siquiera logró despegar porque sí, todos querían comerse las mieles, pero nadie quería meter la mano en el panal de abejas para sacarla, con lo que queremos decir que había que invertir fuertes cantidades de dinero, y ni el gobierno estaba dispuesto, ni la iniciativa privada recibió el permiso para entrarle con todas las ganas, suponiendo que las tuviera.
Hemos ido de decepción en decepción, avanzando de repente mucho, todo para caer en épocas de inactividad forzada, pues ha faltado empuje para consolidar lo que se estaba intentando.
Lo del nearshoring, para empezar debió ser una invención mexicana y no norteamericana como finalmente se dio. Cuando las empresas estadounidenses comenzaron a migar a China y otros países de oriente para abaratar costos, era para que empresarios mexicanos y el gobierno hubieran salido con la brillante idea de “eh ¿para qué te vas tan lejos, si aquí está México, donde se paga tan poco como a los trabajadores chinos, y estamos a un tiro de piedra?, pues no. olímpicamente nos brincaron, y es hasta décadas después que, gracias a Donald Trump y sus ganas de hacer a América grande otra vez, además del pleito caso con los chinos que tiene él y el presidente Joe Biden, que surge el nearshoring como respuesta al feo que le hacían al Off shore.
¿Y lo hemos aprovechado?, por supuesto que no. Somos el país, del tercer mundo, más cercano a los Estados Unidos, compartimos una frontera de dos mil kilómetros lineales, y no, los ganones están siendo otros países, sudamericanos, centroamericanos, que sí se han puesto las pilas, y atraído empresas a su territorio, en cambio, nosotros nos confiamos a la labia de los funcionarios, a que estamos aquí cerquita… y poco más.
Jiménez Pons lo ha dicho, hay que invertir, muchísimo dinero, que su patrón López Obrador no estaba dispuesto a poner, y menos en los estados norteños. El su trenecito y su aeropuertito, algo que atrajera la inversión extranjera, como plantas generadoras de electricidad, carreteras, puentes, distribuidores viales en gran escala, de eso nada, pero nada, ni un peso, mucho menos esa exagerada suma de miles de millones de dólares.
A los estados les ha recortado el presupuesto el gobierno federal, ni queriendo podrían desarrollar toda la infraestructura necesaria para ser atractiva para el nearshoring. ¿Resultado?, que no se están viviendo aquí, sí una que otra, pero no la avalancha que se esperaba y que se está dejando ir por tener una visión de país poquitero y que sean los empresarios los que pongan la inversión, como si eso funcionara en cualquier país del mundo… De 400 mil millones ¿cuántos deberían invertirse en Coahuila?, la cifra que guste, una décima parte, 40 mil millones, o el doble de esa, 80 mil millones, y no, no hay con qué, ni ganas. Allí será para otra vez, en otro momento, en otro milagro, si es que tampoco los dejamos ir sin aprovecharlos.

