Por Horacio Cárdenas Zardoni
Va de anécdota. Alguna vez, siendo bastante joven, tenía yo un cuate que trabajaba para el departamento de mercados de un municipio más o menos grande, en población, no tanto en extensión. Andaba yo con él, para arriba y para abajo, pensaba yo que sin rubo fijo en la camioneta del departamento, un vehículo que había visto sus mejores años hacía varios trienios de uso rudísimo, y en un momento determinado, interrumpiendo la plática insustancial, dice mi cuate, espérame tantito.
Yo medio lerdo, no tenía idea de qué pasaba, nos habíamos parado delante de otra camioneta que vendía fruta, y que estaba estacionada en una calle cualquiera, el vendedor pensó que mi amigo era un cliente, hasta que este, totalmente desconocido para mi, agarró de un jalón la báscula, y le dijo: a ver tu permiso, a lo que el pobre vendedor, que se había puesto palidísimo, no supo ni qué contestar. Nomás le faltaba llorar, cuando explicó que sin báscula no podía trabajar, a lo que el funcionario respondió que pasara por la báscula a mercados, y así aprovechaba para sacar su permiso.
Ni que decir que cuando acompañé a mi cuate a ingresar la báscula a la bodega, me quedé muy sorprendido al ver la cantidad enorme de aparatos que había allí almacenados, todos ellos quitados a los comerciantes de la vía pública que carecían de permisos para operar. Eran un par de cientos, así a ojo, grandes, chicas, nuevas, viejas, mecánicas, electrónicas, de todo, y la constante era que… nunca iban a ir a recogerlas sus propietarios, preferían comprar otra de acuerdo a sus posibilidades, por lo general usada, pues ¿Qué caso tenía comprar una nueva y cara si se exponían al decomiso, que podía ocurrir al día siguiente, al mes, o al año?
Sí, es una anécdota que en apariencia no tiene mayor trascendencia, de no ser porque ejemplifica lo que desde antes y sobre todo después, hemos pensado que debe ser un empleado y más un funcionario público: alguien permanentemente pendiente de lo que le toca hacer, no importa si está de turno, si está de guardia, si es fin de semana, si lo que usted guste, en el momento que se da cuenta, en ese instante actúa, y si no lo hace, por lo menos toma nota de qué está ocurriendo, dónde y en qué condiciones, para pasar reporte inmediato, o regresar ya que esté de servicio.
Esto viene a cuento porque en las últimas semanas, y vale decir que recurrentemente, nos estamos enterado que varias preparatorias y alguna que otra universidad, están funcionando sin el RVOE, el Registro de Validez Oficial de Estudios, que expide la Secretaría de Educación precisamente para concederles el indispensable permiso para funcionar.
El asunto truena, como siempre, cuando alumNos egresados o próximos a egresar, realizan protestas públicas o se presentan ante la autoridad educativa para denunciar que la institución en la que han estado dos, tres, cuatro años, se niega a entregarles la documentación que acredite los estudios que han realizado en ella, obvio, cubriendo las inscripciones y colegiaturas, además de otros gastos que nunca faltan, pensando que todo estaría en regla ante la autoridad. Y viene a resultar que no.
Si son los egresados de un programa de licenciatura, de los normales, o de los acelerados, esto significa que la institución tuvo como mínimo cuatro años para realizar los trámites indispensables para obtener el registro, y sí, sabemos que la burocracia educativa se pinta sola, pero tampoco es para tardarse el equivalente a una cohorte generacional, los citados cuatro años.
Sea que se conciben desde el principio como un negocio, o yendo un poco más allá, como un fraude, pero ¿y dónde están los inspectores, o déjese los inspectores, los funcionarios de la Secretaría de Educación, que pasan por enfrente de una que se anuncia como preparatoria o como universidad, y no pasan el reporte al área correspondiente para que ejecute lo conducente?
Es más, desde el momento en el que comienzan a volantear, o ponen un espectacular en la calle o en un puente, o un letrero llamativo en un edificio donde estará su sede, era para que se apersonara un inspector, un empleado, alguien de la Secretaría de Educación a averiguar: ¿y qué van a enseñar aquí? ¿me podría mostrar sus permisos, su RVOE, o de perdida el oficio de solicitud debidamente firmado y sellado de que ya dio inicio el trámite? De no poder exhibirlos el empleado de la Secretaría podría hablar a la dependencia o pedir apoyo de la fuerza pública para proceder a una clausura. Y eso desde que ‘toman conocimiento’, desde que se dan cuenta, pues. Pero pueden pasar los años y todos haciéndose que la virgen les habla.
Sí ya sé, ya anunciaron una campaña de revisión exhaustiva, igual que las veces anteriores, y les dura lo que tarda en enfriarse la noticia, para regresar a la pachorra de siempre. ¿Cuándo tendremos servidores públicos que estén pendientes cada uno de lo suyo?, no parece que pronto.
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