Horacio Cárdenas Zardoni
Dicen que decía Vicente Fox Quesada, uno de los más folclóricos ideólogos del sistema político a la mexicana, que El Ejecutivo propone, y el Legislativo dispone… bueno, eso en las democracias muy apenitas, porque en las que son bien dirigidas y mejor controladas, cuando el ejecutivo manda algo al congreso es porque tiene la certeza de que va a ser aprobado, si no, ni para qué tomarse la molestia de trabajar en ello, y mucho menos exponerse a la vergüenza de que lo bateen para atrás. Pero bueno, Fox llegó al último año de su sexenio, y de las últimas decepciones que se llevó fue el haber pedido permiso para hacer una última dizque gira de trabajo por Australia y Nueva Zelanda, donde curiosamente estaba uno de sus hijos estudiando, y hete aquí que la Cámara de Diputados votó en contra, y tuvo que quedarse, ya si quería viajar en avión de línea o en avión rentado, muy su bronca, pero en el avión presidencial y con cargo al erario en calidad de presidente, de eso nada.
Hubo en el país una época dorada en la que, lo que mandara el presidente de la república a través de la Secretaría de Gobernación, automáticamente era aprobado por las cámaras del congreso de la Unión, todos, o la mayoría de sus integrantes sabían que le debían la posición, y que su futuro dependía de que el presidente los considerara obedientes y útiles, para que los siguiera volteando a ver, por el contrario, votar en contra de una iniciativa presidencial equivalía a caer en el ostracismo y no volver a figurar como candidatos a nada. Pero esos tiempos se fueron, quien sabe si para no volver, después de todo MORENA está en vías de convertirse en partido único, al menos el único que importa en el país, sirviendo los demás como meros paleros, que cumplen la función de hacer parecer que hay democracia, pues así se sigue vendiendo la forma de gobierno del país.
Cuando finalmente se abrió el sistema político a la oposición, con la arriesgada apuesta de cambiar para que todo siguiera igual, también apareció en México lo que existía desde hace décadas en otros países, el cabildeo, como una función entre política, social y económica, consistente en realizar cualquier actividad tendiente a convencer a los legisladores de las bondades de una determinada iniciativa, y por cualquier actividad, entienda usted lo que guste, pues los interesados estaban dispuestos a pagar casi que lo que fuera con tal de que equis proyecto pasara, o por el contrario, se detuviera.
Ni que decir que las cosas se pusieron interesantes. Los políticos ya no eran ni estaban para levantar el dedo o apachurrar un botón aprobando lo que les ordenaban. Tenían que escuchar, tenían que documentarse, tenían que ‘votar en consciencia’, los que tenían libertad para ello, los de oposición y no respondían a los intereses de una bancada o todavía más arriba, a un partido político, porque estos sí que recibían línea.
Felices los tiempos en que las iniciativas pasaban casi solas, hubiera quorum o no lo hubiera, con los diputados que buenamente hubieran decidido ese día estar presentes en la sala, con eso bastaba, nadie manchaba la votación con un sufragio en contra, abstenciones sí llegaba a haber, pero se tomaban como algo perdonable, y al final, se aprobaba sin problemas ni emociones siquiera.
Todo fue que la oposición comenzara a sumar votos, como partidos individuales y más como alianzas informales y formales, que comenzaron a tener la capacidad para bloquear la aprobación de iniciativas del ejecutivo, o mínimo obligar al partido oficial a sentarse a negociar concesiones, cambios en las leyes a conveniencia, claro, de los partidos y las personas, no de los representados, que de vez en cuando hay que recordar que los diputados son representantes de los habitantes de sus distritos, hablando de los de elección directa, los demás… ni vale la pena hablar de ellos.
Y bueno, la semana pasada la presidenta Claudia Sheinbaum presentó su proyecto de reforma electoral, la cual llega al congreso sin el consenso de los partidos que han sido paleros de MORENA desde hace años, el del Trabajo y el dizque Verde Ecologista, que juntos no tienen nada de lo que dice su membrete, trabajo, ser ecologistas ni verdes. Sin los votos de estos partidos, la aprobación de la reforma, así como viene la propuesta, es más que incierto.
Estamos de hecho ante una apuesta más que arriesgada, si no se logra la mayoría calificada no pasará, tan sencillo como eso, sin embargo la presidenta confía en que cada diputado, del partido que sea, vote conforme a su consciencia, no a su conveniencia personal o la del partido al que pertenece. Que tiene sus bondades, claro que las tiene, pero afecta lo que son auténticas mafias enquistadas en los partidos. El momento es interesante, Sheinbaum está apelando a los ciudadanos diputados, no a las piezas útiles de los partidos, que saldrían afectados económicamente de aprobarse en la reforma. Ya veremos, si le tienen más amor a México que a su membrete o al dinero que consiguen con él.
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