Nuestra cultura mexicana está tan acostumbrada a vivir la escuela con dolor y sufrimiento, que vemos con recelo y condenamos a aquellos que se quejen, o peor, que sucumban ante este problema.
Por Jonathan Caudillo Lozano
El día 23 de junio del presente año, un estudiante de Medicina de la UNAM se suicidó lanzándose de uno de los edificios del plantel en Ciudad Universitaria. Como siempre pasa en estos casos, los comentarios que pueden encontrarse en redes sociales son un termómetro que permite medir la temperatura del imaginario general y los discursos que atraviesan a la sociedad ante hechos tan tristes como este: ¿qué se dijo en estos espacios al respecto? Entre los comentarios que pueden leerse llaman la atención algunos que dicen: No me imagino lo que es sufrir el triple de estrés y presión solamente porque el sistema educativo es un asco; o A la Facultad de Medicina le importa todo menos la salud de su alumnado. Y otros tantos en el mismo tenor.
Ya en otra ocasión tuve la oportunidad de compartir una reflexión sobre la relación entre pandemia, educación y violencia, y expuse que las condiciones de la pandemia y las clases a distancia dejaron ver una serie de prácticas que tal vez no se habrían reflexionado si no hubiera sido porque proliferaron los materiales audiovisuales que las expusieron. Si bien es demasiado pronto para saber si eso fue lo que sucedió en este caso, el hecho necesariamente nos hace darnos cuenta de que, desafortunadamente, no es raro que esto pase.
En lo que respecta al suicidio, el INEGI indica que del total de fallecimientos en el país (un millón 69 mil 301) en 2020, 7 mil 818 (0.7 %) se debieron a lesiones autoinfligidas. Se señala una tasa de suicidio de 6.2 por cada 100 mil habitantes, superior a la registrada en 2019, de 5.65 %. Como puede verse en un blog de la UNITEC, entre los factores que agudizaron esta problemática se encuentran los relacionados con la pandemia por COVID-19, debido al confinamiento, a las pérdidas de familiares y a los rasgos de depresión en la población.
Más allá de condenar (muchas veces se hace desde las perspectivas religiosa y social) el hecho de que una persona decida de manera autónoma terminar con su vida, lo cual constituye un tema aparte, es necesario reflexionar sobre las condiciones y contextos en los que el suicidio responde a factores sociales en donde todos estamos involucrados, como es el caso de la escuela en sus diferentes niveles.
Pareciera que los factores estresantes están fuera de la escuela, pero Ricardo Raphael, en su texto “Epidemia suicida y las escuelas”, nos dice que los jóvenes de entre 20 y 30 años tienen la tasa más alta de suicidios, al punto de ser ésta la segunda causa de muerte en este subgrupo de la población. Durante el refuerzo de las campañas contra el suicidio en las escuelas de Chiapas se reveló, mediante la Encuesta Nacional de Salud (ENSANUT), que durante 2020 mil 150 niñas, niños o adolescentes en México decidieron suicidarse, lo que indica un promedio de tres casos por día.
Claramente, ante un problema de esta naturaleza no hay una causalidad única, pero no se puede ignorar el hecho de que el suicidio en estos contextos se encuentra vinculado estrechamente con el estrés académico, que puede responder a múltiples factores. En su texto, Raphael llama la atención sobre un discurso que ronda en estos casos acerca del problema de la salud mental, pero a veces reparamos poco en los aspectos psicosociales del mismo: pareciera que cuando hablamos de salud mental nos estamos refiriendo a un ámbito de intimidad desconectada de su entorno, cuando en realidad las condiciones económicas, culturales, y sociales son parte de los factores que configuran la psique de los individuos. El ámbito escolar es particularmente complejo, y hay que tener mucho cuidado de no caer en explicaciones reduccionistas ya que, ante problemas de esta naturaleza, es común que la escuela en cuestión le atribuya las causas al espacio familiar y viceversa.
Por mi parte, confieso que siempre que escucho a alguien referirse despectivamente a los jóvenes como “generación de cristal” tengo una sensación de tristeza mezclada con ira, pues con esta expresión, además de hacer alarde de ignorancia, simplemente se clausuran los ríos de tinta que han corrido sobre la necesidad de repensar las formas de pedagogía y didáctica en todos los niveles académicos. Los clichés y estereotipos no faltan al escuchar frases como en mi época era peor y no pasaba nada, esta generación no aguanta nada, o no les puedes decir nada porque se ofenden. Nuestra cultura mexicana está tan acostumbrada a vivir la escuela con dolor y sufrimiento, que vemos con recelo y condenamos a aquellos que se quejen, o peor, que sucumban ante este problema.
Sin duda, no se trata de buscar a quién señalar. Lo cierto es que tenemos las microviolencias tan profundamente arraigadas que están diseminadas por nuestras prácticas más cotidianas, y las escuelas y universidades son pequeños universos dentro de una complejidad que rebasa lo puramente institucional. En todo caso, se trata de desarrollar una ética del cuidado, el de sí mismo-con-los otros, en donde estemos abiertos a leer las señales que el otro muestra, incluso más allá de las palabras. Evidentemente, es imposible que todos tengamos una formación psicológica o psicoanalítica profesional, pero tal vez se trate de una asunto más básico e incluso sencillo; escuchar, observar, acompañar, pueden ser pequeños gestos que nos ayuden a vivir la escuela de manera mucho más serena.
* Jonathan Caudillo Lozano es maestro en Saberes sobre Subjetividad y Violencia por parte del Colegio de Saberes y doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana. Realiza investigación sobre temas centrados en la relación entre el cuerpo y la animalidad en la Filosofía y las artes escénicas. Ha publicado diversos artículos en revistas especializadas de Filosofía, y es autor del libro Cuerpo, crueldad y diferencia en la danza butoh, una mirada filosófica, editado por Plaza y Valdez. Actualmente realiza una estancia posdoctoral en el Programa Universitario de Bioética.
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