Horacio Cárdenas Zardoni
Recordamos una de las frases que más repetía el padre Antonio Usabiaga a su congregación de la Iglesia de Fátima, no porque le faltaran cosas qué decir, sino a ver si machacando la roca, lograba traspasar la cerrazón del cráneo de su grey: Ustedes cuando rezan el Padre Nuestro no piden no caer en tentación… ustedes saltillenses no conocen lo que son las tentaciones… porque tan pronto surge una, de inmediato caen en ella, no saben lo que es la lucha de la voluntad, del espíritu, de la templanza, en el instante en el que se les antoja, lo que sea, de comer, de beber, de pecados de la carne… allí mismo sucumben, y la tentación deja de serlo, no cualquiera puede presumir de algo así.
Don Antonio tenía su estilito, indudablemente, entre el micrófono inalámbrico conectado a un sistema de sonido de primera, aquel regaño sonaba atronador, el que menos, se sentía que los mismísimos arcángeles se le venían encima, solo faltaba sentir el calor de la espada flamígera en sus celestiales manos… la regañina sí, también enfurecía a algunos, pero la gran mayoría aceptaba como ciertas las aseveraciones del párroco de Fátima, en primera instancia porque no eran ninguna exageración, y en segundo porque rebelarse ante la congregación, pues se iba a ver mal. Ya saliendo, como todos los domingos, se sentían vapuleados pero redimidos y perdonados, y listos para seguir en la misma, a ver qué se les atravesaba para dejarse ahogar en las tentaciones.
Esta anécdota, que quisiéramos pensar le sirvió a algunas personas para moderar sus vicios, mientras que a muchas más se les resbaló por su impermeable piel, la hemos visto reflejada en la actitud de algunos gobiernos recientes, que han decidido que nadar contra corriente nomás los cansa y los desgasta, y peor, los enemista con sus electores. Recordemos que vivimos en una democracia, más o menos, y esto obliga a quedar bien con los posibles electores, que si algo no quieren es que les impidan sus gustos, sus placeres, y lo podemos extender hasta su misma forma de vida.
¿Qué las calles, caminos y carreteras están llenas de vehículos cuya estancia en el país es ilegal?, pues muy fácil, no nos vamos a meter a pelear con sus propietarios, si la cuenta es de un millón de carros y camionetas chocolate, ¿qué tal si mejor, en vez de decomisarlas, lo que provocaría el enojo de los ciudadanos contra el gobierno, y no solo de quien trae el vehículo chueco, sino de toda su familia, potenciales votantes si cuentan ya con su credencial de elector?, ah, pero que sea de una única vez ¿eh?, y así hemos tenido decretos de única vez por lo menos uno cada sexenio, hasta llegar a este, en que el de única ocasión se extendió, y se extendió hasta ocupar cerca de la mitad de la administración, trayendo como resultado que más, y más… y más trocas, carritos y carrotes, no pocos que quedarían fuera de las hipócritas características que prevenía el decreto, por lo lujoso, entran al país diariamente, para quedarse ya legalizados, o seguir de chuecos, al fin que hay una altísima probabilidad de que nunca les hagan nada.
Otro ejemplo, que vivimos aquí en Coahuila en las pasadas fiestas patrias. ¿Pues no declaró el secretario de seguridad pública del gobierno Federico Fernández Montañez, del estado un horario de venta ampliado para las bebidas alcohólicas?, citando una expresión muy de por acá: ves que el chango es chiflado y todavía le aplaudes… Si saben las autoridades que el consumo de bebidas espirituosas es elevado, todos los días, y más con un pretexto simplón que nadie entiende, como el de la independencia de México, ¿y les quitan las limitaciones para la compra de sus vicios?
Oiga, si algo tiene el pueblo mexicano, es su falta de disciplina, si sabe que el horario de venta de alcohol es de tal hora a tal hora, ¿qué le cuesta hacer un esfuercito para ir a la tienda, al expendio, al súper, de su preferencia dentro de ese horario para proveerse de lo que necesitará para alegrarse y festejar como está mandado?, ah no, al mexicano lo que le gusta, primero que nada, es beber sin medida, ponga que haya tomado las providencias para hacerse de sus six, sixes, o como sea que se diga, de sus cartones, de sus caguamas, de las botellas que se va a entripar, ¿pero qué cree?, que se acabó antes de lo previsto, pudo haber sido una pipa lo que compraron, pero le dan cran y quieren más, y entonces a buscar quien se las venda… ¿qué importa que se las carguen al doble, si lo que importa es el festejo con los amigos aunque termine en trompones, cuchilladas o balazos?
Ah pues el secretario Federico Fernández, fiel a lo que decía Usabiaga: a facilitarle a la población el caer en la tentación de beber más, más de lo que le conviene y más de lo que había previsto que bebería, además de más de lo que está en condiciones de pagar, defendió el horario ampliado en la venta de licores, aduciendo como razón el combate al clandestinaje, el favorecer la economía familiar y el empleo… tal como lo lee.
En vez de cerrar de una vez por todas los abrevaderos que operan en la ilegalidad, ah no, les extiende el horario para que hagan negocio legal, en vez de que la gente le pare a tronarse la lana en bebida, que le dará cruda corporal y financiera al día siguiente, no, que beban hasta que se les olviden los apellidos de los héroes que nos dieron patria y libertad, como a ciertos alcaldes que no queremos mencionar, les abre el camino para que el dinero destinado a beber les rinda más… que puedan comprar el doble de forma legal de lo que podrían comprar clandestinamente, y lo del empleo, bueno, a lo mejor les pagaron horas extra a los empleados, o a lo mejor no.
La temperancia no es lo nuestro, y si la posibilidad de pecar nos la ponen en bandeja de oro, pues no queda más que caer en la tentación, que al fin tenemos el pretexto de que la carne es débil y la licencia de la autoridad, caigamos y ¡salud!
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