Por Marco Campos Mena
Suena casi como si fuera una horrible pesadilla, pensar que en nuestro país estén sucediendo este tipo de masacres y que se deshagan de los cuerpos con tal falta de empatía, pero lo que más duele es ver como la gente no puede sentirla con los familiares de los desaparecidos en estas terribles circunstancias.
Al ver las fotos de los campos de exterminio que han comenzado a circular tanto en redes sociales como en medios de comunicación, no debería ser morbo lo que sintamos, debe ser un dolor en lo más profundo de nuestro ser al saber que a alguno de nuestros hermanos le toco formar parte de este holocausto.
Y… ¿qué hacían nuestras autoridades mientras todo esto sucedía? La respuesta es aún peor que la pregunta, hacían fiestas en las que se vanagloriaban por sus pocos éxitos, exaltaban sus egos, organizaban una reforma judicial que privilegia la corrupción y la impunidad…
El escuchar la frase “abrazos, no balazos” mientras en nuestro país desaparecían a civiles inocentes y que ahora sabemos que para muchos su final fue reducirse a que solo encontrarán algunos efectos personales tirados produce una sensación muy diferente ahora, un repudio inmenso a la inacción, enojo ante la insensibilidad e impotencia por los familiares que jamás sabrán si encontrarán algún vestigio de ese ser querido al que buscan.
Recién acaba de pasar el 8M y da vergüenza ver cómo sigue habiendo tantas personas incapaces de sentir la más mínima empatía. ¿Qué no ven realmente lo que está sucediendo?, ¿no pueden ver más allá de un comentario inoportuno que plasman en redes sociales desde su mundo en el que no han tenido que atravesar por alguna tragedia?
Algunas de las historias que han salido a la luz de estas mujeres que marchan por una causa justa deberían de tener más impacto y hacernos reflexionar sobre el país en el que vivimos.
Una de esas historias es la de una madre que marchaba junto con su hija exigiendo un país mejor y más seguro para ellas. Este 8M pasado le tocó marchar a esa niña por la pérdida de su mamá y exigiendo justicia.
¿Qué estamos esperando a que pase?, ¿nos tiene que pasar en lo más cercano de nuestras familias como para cambiar de parecer sobre lo que se pone en redes sociales?
Estos últimos años hemos vivido con un miedo que tal vez no habíamos experimentado nunca, con miedo a salir a carretera y pensando en que tal vez ese adiós que le dimos a la familia quizás fue el último, vivimos con miedo a que tal vez no regresemos y nos convirtamos en parte de la estadística y vivimos con miedo a que le pase algo a alguien cercano que tenga que atravesar las infames carreteras de este país.
No le podemos llamar vida a tener que experimentar el miedo cada que salimos de casa, no le podemos llamar vida a tener que vivir así y para muchos esto es una fuerte llamada a alzar la mano y exigir un “ya basta”
¡Ya basta! Nuestro país no es una fosa clandestina, no es un campo de exterminio en el que preparan a las nuevas generaciones de gatilleros practicando con civiles inocentes.
¡Ya basta! De ver como protegen más a un delincuente que a la víctima, la peor falla del sistema de justicia penal y que no se ven ni las más mínimas intenciones de cambiar.
¡Ya basta! De que Derechos Humanos atienda más las necesidades del acusado que de la víctima… por eso la gente no confía.
¡Ya es tiempo! Tiempo de que cambien las cosas para bien y que la gente pueda volver a salir a la calle sin miedo, tiempo de que volvamos a sentirnos en calma y tiempo de que podamos ver a nuestros hijos jugar con una sonrisa.
Atravesamos la era más oscura de la historia de nuestro país, y quien no quiera verla así es porque ha tenido la suerte de no atravesar una situación dolorosa o carecer de cualquier rasgo de empatía.
Los descubrimientos recientes deberían callar cualquier ánimo festivo que se tenga por presumir que no tenemos logros reales… pero si es tiempo de abrir los ojos y tomar acción… tiempo de pensar en soluciones, no en culpas, tiempo de sanar a nuestro país.
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