Por Horacio Cárdenas Zardoni
Le llaman, o le solían llamar, porque ya ve que la terminología de las profesiones también se actualiza al paso de los años, ceguera de taller. Cuando lo escuchamos por primera ocasión en alguna clase de alguna materia olvidada, nos abrió los ojos sobre un concepto interesantísimo, pero más que eso, sobre una manera de acercarnos a interpretar, y en lo posible comprender la idiosincrasia del pueblo mexicano.
¿Qué es la ceguera de taller?, más que una definición de libro de texto, que por supuesto no recordamos, hay que visualizarlo, de la misma manera que nos lo explicó aquel profesor: todos nosotros conocemos los talleres mexicanos, imagine el que le guste, mecánica automotriz, una vulcanizadora, un eléctrico, incluso talleres de reparación de bombas hidráulicas y hasta de aparatos domésticos, obvio, con sus variaciones particulares, desde los de cosas muy manuales hasta equipo semipesado y pesado. Todos… todos son un mugrero.
Bueno, la única excepción la vimos en algún taller de reparación de transmisiones automáticas, allá en la ciudad de México, donde, no me lo va a creer, el piso era de granito, los mecánicos andaban con bata blanca, la iluminación era de lujo, las paredes estaban pintadas y sin una sola mancha… excuso decir de a cómo salía cada factura, pero eso era la excepción, la realidad es que nuestros talleres son un mugrero, y en este momento que tecleamos esta colaboración, nos preguntamos si así serán también los talleres de aviación… por lo menos los de la Fuerza Aérea Mexicana, a los que en este sexenio, y en el anterior, y en el anterior, se le caen helicópteros y aviones con una frecuencia pasmosa, y eso que nunca confiesa la autoridad que hayan ocurrido en hechos de guerra, contra el narcotráfico o de otra.
El caso es que nuestros talleres mexicanos se caracterizan por, como si los estuviera viendo: un piso de cemento todo quebrado, grasiento como él solo, ni necesidad hay de barrerlo porque no se remedia nada haciéndolo; techo de lámina corrugada, igual de sucio que el piso, unos tristes focos colgando, que dan una iluminación entre precaria y deprimente, herramientas útiles por todos lados, herramientas que ya no sirven pero que podrían repararse en algún futuro incierto, acumulándose por todos los rincones, piezas de equipo que los clientes llevaron a reparar, piezas de equipo que los clientes dejaron y luego no recogieron nunca, piezas de equipo que están en proceso de reparación, apiladas unas sobre otras, en diferentes alturas y grados de abandono, a los que se corresponde la acumulación de polvo, grasa, aserrín y partículas inidentificables. A lo que se agregan los infaltables calendarios en los que posan “pin ups”, chicas en diverso nivel de desnudez y voluptuosidad, y que dependiendo de qué tan antiguo sea el negocio, y qué tantas ganas le pongan a la renovación anual, puede verse la evolución de los mismos a lo largo de décadas enteras.
¿Qué es entonces la ceguera de taller?, ah, pues que el propietario, los trabajadores y hasta las mascotas que llega a haber allí, son capaces de navegar entre aquel maremágnum de cosas servibles e inservibles sin tropezarse cada minutos, sin golpearse con los cantos salidos, en la cabeza, la cadera, la espinilla, etc. Están tan acostumbrados, cada quien en su taller al desorden existente, que simplemente no lo notan, no les molesta, no les incomoda, no les preocupa, y mientras no les paguen por limpiarlo, pues no lo consideran obligación laboral. Uno de cliente hasta se espanta de tanta cosa, algunas de ellas hasta peligrosas en cada montón, pero porque uno está conociendo, evaluando la clase de profesionales son, cuánto le van a cobrar, y por eso es que se fija en lo que los otros, los locales, no, no desde hace mucho tiempo.
Casi que todos los trabajadores mexicanos padecemos ceguera de taller, o de oficina, o de laboratorio, o de lo que sea donde desempeñamos nuestro trabajo, y bueno, hasta en la casa, sabemos que hay cosas que deberían estar ordenadas y no lo están, limpias y no lo están, cosidas y remendadas y no lo están, estamos más o menos conscientes de ello, pero ¿para qué desgastarnos en arreglarlo si hay otras cosas pendientes?
Bueno, pues esta larga introducción viene a cuento porque los saltillenses padecemos de ceguera de taller, aunque quizá deberíamos actualizarlo a ceguera de ciudad. Hay muchas cosas en nuestra ciudad que deberían mejorar, que podrían mejor con tantitas ganas, ni siquiera con dinero, simplemente con un poco de atención que se les dedicara, cambiarían en mucho nuestro entorno. Pero como no nos toca directamente, o no nos han dicho específicamente que lo hagamos, pues allí se va quedando, y a eso se le juntan más cosas dejadas y abandonadas, árboles sin regar, matojos de hierba, paredes descascaradas, sin pintar, baches sin tapar, lo de siempre.
¿Pero qué pasa cuando la avenida modelo de Saltillo resiente este abandono y nadie hace, hacemos nada para remediarlo?, ah pues la explicación es la que venimos dando, la ceguera de taller, y el efecto es que… por eso no queremos tanto como deberíamos a nuestra ciudad, que nadie la procura si no es por alguna razón específica, o política o económica. Hablamos de bulevar Francisco Coss, Francisco Cocos, desde que Oscar Pimentel la llenó de palmas washingtonianas que todavía hoy suena caro que cada una la metieron en diez mil pesos. Esa que se diseñó en época de Flores Tapia como el modelo de calle del nuevo Coahuila, tiene sus detallitos como de vil vulka.
Tenemos treinta y feria de años de vivir en Saltillo, y en todo este tiempo nadie ha podido arreglar el Teatro de la Ciudad Fernando Soler. Y alguien dirá ¿qué le pasa al teatro, no andarás armando tanto pancho por un pedacito de barandal que se cayó, eso no tiene ni un año (o quizá sí)?, no, nos referimos a, no se cómo llamarlo, no soy arquitecto, pero es la estructura que está sobre lo que es el teatro en sí, un segundo piso que abarca toda la extensión del edificio sobre la parte del escenario.
Me imagino que es donde están las luces, los telones, quizá alguna bodega, no se, nunca he subido ni se me antoja tampoco. Lo que sí, mientras que todo el edificio está forrado de cantera rosa al estilo del sexenio en que se construyó, este anexo no lo está, en algún momento de su ya larga existencia, le han de haber dado una aplicación de un aislante de poliuretano, lo decimos por el color amarillo, que quedó todo rugoso, al menos así se ve desde abajo, y luego lo pintaron de rosa, del mismo de la cantera. A lo mejor la pintura se vio razonablemente pasable cinco años, pero de entonces a la fecha, no ha hecho más que deteriorarse, dejando ver el amarillo del aislante para un efecto deprimente.
Por más que se ha comentado que no sean codinches y le pongan cantera como al resto del teatro, pues no, ha de ser mucha inversión y nadie le ha entrado, o que la repinten, por más que el aislante no de buen agarre a la pintura. Alguna gente lo vemos por tener de qué quejarnos, la mayoría ni lo voltea a ver, por efecto de la ceguera de taller, y las autoridades siempre andan con la cabeza en otro lado, y allí sigue ese mugrero.
Y se nos ocurre, ahora que el mundo se ha puesto ecológico, Coahuila y Saltillo también ¿qué no se podría poner en ese largo, alto y feo muro un jardín vertical? Porque sí, el edificio rosa tiene su cierta belleza, pero le hace falta algo de vida, los arbolitos alrededor están tristemente abandonados.
Hay maneras de montar una pared de plantas vivas, que le darían una vista totalmente nueva, agradable, ecológica a esa edificio y a esa avenida. Claro, también hay recubrimientos plásticos que simulan precisamente un jardín vertical, esta sería la última opción, lo vivo es siempre mejor, pero allí está, como idea ¿no le gustaría que bulevar Coss luciera sin ningún defectillo que criticarle? A nosotros sí, la idea no es tan cara de realizar, ni con lo natural ni con lo artificial, pero bueno, para ponerle interés primero habría que quitarnos las lagañas o las cataratas que tenemos en los ojos.
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