Teherán elevó al máximo la alerta de sus fuerzas armadas y acusó a Israel, a Estados Unidos y a Unión Europea de avivar la escalada. Del lado estadounidense, la Casa Blanca mantiene la presión con la exigencia de que la República Islámica detenga su programa nuclear —y, en paralelo, sus capacidades balísticas— bajo la advertencia de que una nueva ofensiva sería “mucho más severa” que la del último episodio bélico de junio, cuando se reportaron ataques contra instalaciones nucleares iraníes. En este pulso, la Guardia Revolucionaria Islámica aparece como actor clave para la supervivencia del régimen en medio de un clima interno de mayor contestación social.
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