Por Horacio Cárdenas Zardoni
A lo mejor viene en la novela clásica de gangsters “El Padrino, de Mario Puzo, o si no en esta, en cualquier novela o película sobre la mafia, al final de cuentas ha dejado de ser propiedad intelectual del autor original, para convertirse en parte del repertorio de frases hechas que constituyen la comunicación entre seres humanos. La frase a la que nos referimos es aquella tan famosa de… ‘todo hombre tiene su precio’, y no es difícil de llegar a la conclusión de que se refiere a la corrupción, en la que cualquier persona puede caer en determinado momento, o más correctamente, cuando le llegan a la cifra que es capaz de doblegar aun las más fuertes de sus convicciones y valores.
Hasta antes de esa cantidad de dinero, es probable que resista los embates de las ofertas, pero cuando, poniéndose a hacer cuentas mentales, equivale a varios años de sus ingresos regulares, sin que además se le exija abandonar estos, pues muchos, o la mayoría son los que tiemblan, y terminan por ceder a los ofrecimientos que les hacen, que por lo general tampoco es que signifiquen ponerse a trabajar, sino más bien lo contrario, no hacer su trabajo o hacer como que hacen, ya los muy exigentes demandan una firmita aquí o allá en algún formato prellenado, pero fuera de eso, todo es abrir el cajón, como era la práctica antiguamente, o más en los tiempos actuales, verificar que el depósito prometido cayó en su cuenta de cheques vía transferencia electrónica.
Eso es mucho de argumento de novela o guión cinematográfico. La realidad mexicana es un poco más elaborada, a los anales del sistema político mexicano y los no menos abultados de la corrupción en nuestro país, fue a dar hace mucho tiempo aquella lapidaria frase del general Álvaro Obregón, de que no hay general que aguante un cañonazo de cincuenta mil pesos… bueno, esa es la expresión poética, porque perfectamente podría tratarse no de uno, sino de varios, o hasta de una andanada de cañonazos, que esos sí, son capaces de derrumbar hasta el bastión más reforzado. De veras habría que ser muy insensible cuando ve esas granadas caer por todos lados. Además que no hay que dejarse llevar solo por la retórica, después de todo cuando acuñó Obregón su frase, de lo que estaba hablando era de pesos oro, ¿se imagina mil monedas de centenarios, pues cada moneda era de a 50 pesos oro?, ahora puede que sean cinco millones, o cincuenta millones, o lo que usted guste, la escala es muy variable, siendo la única constante la ya dicha de que todo el mundo tiene su precio, el único detalle consiste en averiguar cuál es.
Por supuesto que ya en el terreno de la práctica, y sobre todo cuando de lo que se trata es de relaciones con el crimen organizado, este está tan bien… organizado, que suelen ofrecer el oro o el plomo. A lo mejor en épocas muy primitivas la disyuntiva que se le ofrecía al policía, al militar, al político era así de elemental, dinero o una bala, pero las cosas se han ido sofisticando. De un tiempo acá lo que se ofrece es información: sabemos dónde vives, a qué horas sales, qué vicios tienes, a qué escuela van tus hijos, y otros detalles que ponen a temblar al mejor plantado, y que incluso logran que no sea tan exigente a la hora de aceptar el oro, la inversión que hacen los criminales al investigar los antecedentes personales y familiares redundan con creces a la hora de que se doblan por una fracción de si nomás llegaran con la amenaza, que habría valentones que aguantaran a pie firme, sobre todo tratándose de gente con formación militar o un esquema de valores bien plantado.
Nos acordamos de un caso clásico de chantaje, tráfico de influencias, imposición, y tragarse los sapos y culebras. Fue cuando José López Portillo nombró director general de la policía del entonces Distrito Federal a Arturo Durazo Moreno, todo pudo haber quedado en eso, pero no, según él para darle nivelito, lo habilitó con el grado de general de división del Ejército Mexicano, cosa que les cayó como bomba a todos y cada uno de los generales que se habían sobado treinta o más años para acceder al generalato, y aunque hubo protestas soterradas, nadie dijo ni pío, después de todo, al presidente le deben la más absoluta obediencia.
Algo así nos imaginamos que ocurrió ahora con lo de los sobrinitos políticos del anterior secretario de Marina. Los dos hermanitos ya eran oficiales de marinería, más o menos mañosos, más o menos perdidos en la estructura de la Marina Armada de México. Todo fue que llegara a secretario el tío favorito, para que sus carreras despegaran, proyectándose a lo grande, ¿qué dijeron los otros capitanes y almirantes cuando los vieron ascender de forma meteórica?, pues nada, otra vez el cuento aquel de la disciplina, de dejar hacer dejar pasar, a sabiendas de que si se ponían efrente, les pasaban la aplanadora encima, y nadie está para echar la carrera por la borda. No es que les ofrecieran oro por hacerse de la vista gorda, a ese nivel llega el desprecio de los poderosos, pero tampoco la lealtad se compra, y a la hora que los almirantes se caen, como le pasó también a Durazo, no hay nadie de uniforme que mueva una mano ni siquiera para saludar su caída, ya no digamos para evitarla.
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