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Serie: Testigo Presencial (3)

¿Una caña agitada por el viento?

Por David Guillén Patiño, enviado

Jerusalén, miércoles, 30 de septiembre del año 26. – En el siglo 21, los alrededores occidentales de esta ciudad lucen urbanizados. También es “tierra santa” y, por lo tanto, zona de interés turístico, religioso y arqueológico. Sobresalen sus magníficos edificios y negocios con servicios automatizados.

Pero, dos mil años antes de tal realidad, resulta más que fascinante contemplar, recorrer e impregnarse del singular aroma de estas tierras, casi despobladas. Es, simplemente, una vivencia estremecedora.

Los matices de los collados y valles, aunque desolados, se muestran como si alguien los acabase de regenerar, y pareciera que los cubriera un misterioso manto intangible que les pudiera estar dotando de un irresistible atractivo.

Acabo de estar en la extinta Ein Karem (“Fuente del Viñedo”), humilde comunidad asentada en las montañas de Judea, distante apenas una hora y media de caminata desde el corazón de la capital de Israel.

Fue ahí donde nació  Yohanan M’Tavla, un joven cuyos apelativos aparecen traducidos en el Nuevo Testamento como Juan “El Sumergidor” o “El Bautista”.

El epíteto le viene de su encomienda divina de zambullir a los arrepentidos que, mediante la confesión de sus pecados, buscan el perdón del Eterno y así salvarse de la ira venidera para, finalmente, poder entrar al inminente Reino de Dios, anunciado siete siglos atrás por el profeta Isaías.

Le he vuelto a ver por el valle de Beit Avra (Betábara), junto al Río Yarden (Jordán), donde suele realizar dicho rito, al tiempo que notifica la llegada del Mashíaj (mesías = ungido), esto es, de Jesús “El Hijo de Dios”, como él lo llama.

De manera semejante a como vestían los profetas antiguos, suele llevar puesta una ligera prenda tejida con pelos de camello que, ajustada mediante un ceñidor de cuero a la cintura, le permite resistir los rigores del clima, por más extremos que estos sean.

Fiel a su voto nazareo, instaurado por voluntad divina a través de Moshé (Moisés), evita las bebidas alcohólicas, no se corta el cabello, no toca los cadáveres, tampoco tiene contacto con mujeres menstruando o con cualquier otro agente de “impureza”.

Come algarrobas que, cuando están verdes, reciben el nombre de “langostas”, por su semejanza con estos insectos. Además de este nutritivo vegetal, fruto de los algarrobos, consume miel, obtenida también de esos árboles, o bien, de los dátiles o las colmenas.

Es hijo del sacerdote Zekharya (Zacarías) y de Elisheba (Elizabeth o Isabel), perteneciente al linaje de Aarón, primer sumo sacerdote y hermano de Moisés.

Su nacimiento fue milagroso, como señal de haber sido elegido por el Cielo, pues fue dado a luz por una mujer sin posibilidades de procrear, tal como ocurrió con Sara, Rebeca, Raquel y la madre de Sansón (esposa de Manoa).

Al entrar en escena, Juan, nombre que en el arameo de la época significa “El Agraciado de Dios”, cumple con la expectativa generalizada de que para este tiempo surgiría un mesías sacerdotal y, cuando menos, un mesías de la estirpe del rey David.

Hacía más de cuatro siglos y medio, desde Mal’akhi (Malaquías), que no se había levantado profeta alguno entre el pueblo.

Mostrando una delgada figura, envuelta en una singular túnica, muchas veces tremolada por el viento, Juan sale a anunciar, a voz en cuello, el inicio del ministerio de Yeshua Natzraya (Jesús de Nazareth), “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.

“El hacha ya está puesta sobre la raíz del árbol, y todo árbol que no dé buen fruto será cortado y echado al fuego para su perdición eterna”, es una de las proclamas que lanza por impulso del espíritu del profeta Elías, según se asegura.

Esto ocurre luego de que Dios lo llamó en la zona más inhóspita de Judea, provincia regida por Poncio Pilatos, el quinto prefecto romano en esta jurisdicción, siendo Anya (Anás) y Kipha (Caifás) sumos sacerdotes.

Su habitación es el desierto, donde se piensa que, desde niño, convive con la ascética secta judía de los esenim (esenios), es decir, “los justos” o “el pueblo de la luz”.

A los 15 años de Tiberio César como emperador de Roma, son tetrarcas en Palestina: Herodes Antipas, en las provincias de Galilea y Perea, su hermano Felipe, en Iturea, como en Traconítide, y Lisanias, en la provincia de Abilinia.

He tenido el inexplicable privilegio de presenciar, entre una atónita multitud, el bautizo del rabí de Galilea a manos de Juan, su primo segundo, en el Río Jordán, cerca de Jericó.

El momento crucial llegó cuando “El Bautista”, al ver que Jesús se aproximaba a él, exclamó ante la gente que los rodeaba: “¡He aquí, ante ustedes, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!”.

“Él es de quien yo les he dicho: Después de mí viene un varón, el cual es antes de mí, porque era primero que yo”, explica, visiblemente exaltado.

En el instante en que Jesús fue sumergido, reverberó en el río una luz brillante que asustó a cuantos habían ido ahí.

Al emerger del agua, de pronto, el hijo de Yosef (José) y Miryam (María) vio descender del cielo al Espíritu de Dios, que se posó sobre él como paloma, mientras, desde el cielo, alguien decía, con resonante voz: “este es mi amado hijo, en el cual me complazco”.

El siguiente día, Juan y dos de sus discípulos, al percatarse de que Jesús andaba otra vez por allí, volvió a testificar sobre él: “¡He aquí, el Cordero de Dios!”. Al escucharlo, ambos discípulos siguieron al mesías, quien, en el acto, los aceptó.

Hacía tiempo que “El Bautista” venía denunciando la vida disoluta de Herodes Antipas, lo que, a la postre, le costó la vida, pues el jerarca lo mandó degollar, por instigación de Herodías, a quien había tomado como esposa, sin importarle que fuese mujer de Herodes Filipo, su medio hermano.

No ha faltado quien especule que su muerte respondió al temor que pudo haber sentido el tetrarca de que, dada la gran simpatía que había despertado entre el pueblo, Juan encabezara una rebelión que desembocase en la pérdida de su corona.

Antes de su ejecución, cuando todavía estaba en la mazmorra donde fue confinado, Juan se aseguró de que Jesús, efectivamente, fuese el tan anhelado ungido.

Para el efecto, les envió a sus colaboradores para preguntarle: “¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?».

Al escuchar atentamente la cuestión, y tan pronto como realizó diversas curaciones milagrosas, Jesús le envió a su pariente la siguiente respuesta: “Vayan y cuéntenle lo que han visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y los muertos resucitan, pero, sobre todo, a los pobres les es anunciado el Evangelio”.

A partir de entonces, se entristeció mucho, sabiendo la suerte que correría Juan, a quien exaltó como el más grande profeta que Dios haya levantado en Israel en toda su historia.

Días después, recordando a “El Bautista”, Jesús es visto preguntando a la gente: “¿A qué clase de hombre fueron a ver al desierto? ¿Acaso era una caña débil, sacudida por un viento suave? ¿O es que de verdad era un profeta?”.

Luego, les confirma: “Era más que un profeta, porque de él está escrito de esta manera: ‘Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare tu camino’”.

Y, testifica: “Entre los hombres que nacen de mujer no se ha levantado otro mayor que Juan ‘El Bautista’”. A lo lejos, un informador de Poncio Pilatos también escuchaba atentamente lo que Jesús decía.

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