Lic. Marco Campos Mena
Los tiempos han cambiado, el cambio es inevitable, quien no se adapta, muere… ¿Cuántas maneras hay para justificar el que tantas cosas estén cambiando a nuestro alrededor? Si lo pensamos, incluso es uno de los slogans políticos más usados alrededor del mundo, puesto que, muchos quieren una situación distinta, pero ¿la querrían si no fuera tan buena como creen?
Las ciudades han crecido más en las últimas dos décadas que lo que habían crecido en siglos, la población mundial aumenta cada día y, pese a que cada vez hay más personas que optan por no tener hijos o tener uno o dos, el crecimiento demográfico no se detiene.
¿Añora los años en los que más fue feliz? Supongo que sabe de qué hablo, para muchos, me atrevo a decir, estaría hablando de aquellas épocas en las que no había una pantalla esclavizante en la palma de nuestra mano, épocas en las que solíamos interactuar en persona y no a través de un comentario en una red social, tiempos en los que la vida era más tranquila.
Mucho se habla sobre el crecimiento de un país, de un Estado, de una ciudad, más no se habla de las consecuencias que ello trae consigo, si se dijeran, probablemente no se aceptarían los cambios que impulsan el crecimiento.
Seamos claros, el mundo cambia y es necesario que lo hagamos también para vivir, después de todo, ahora disfrutamos de comodidades que en el pasado podrían parecer solo ciencia ficción, pero también nos aquejan nuevos males.
Cada vez que se anuncian inversiones, nuevas construcciones y modernización pensamos en la derrama económica, los empleos y el prestigio de la ciudad, pero no pensamos en como ese crecimiento nos habrá de afectar.
El otro lado de la moneda se puede traducir en inflación, bajos salarios, inseguridad, algo que nos gustaría que no sucediera, pero es la realidad en la que vivimos.
Recordemos como era Saltillo en los años 90, antes del boom de crecimiento.
En aquellos tiempos, recorrer la ciudad era cuestión de minutos, no de horas como sucede en estos días, cruzar las calles era sencillo, conocer a las familias de quienes llamamos amigos era algo de lo más normal, no se diga que nos invitaran a comer y que hubiera la confianza para que los niños pernoctaran con sus amigos.
Hoy en día el crecimiento nos ha robado algo que quizás no recordemos que teníamos, y que sin duda es más que importante… me refiero a la libertad.
¿De qué sirve decir que no hay esclavitud y que vivimos en un Estado de grandes libertades cuando la realidad estamos frente a una pared que nos impide ser?
¿Ha pensado en algún momento que trabaja demasiado? Seguro sabe a lo que refiero, jornadas de sol a sol, pasar más de dos horas en el tráfico y llegar solamente a descansar porque sabe que al día siguiente le espera una jornada de trabajo igualmente dura mientras piensa que lo que gana cada vez alcanza para menos y que pronto tendrá que pedir un préstamo para los gastos que vienen. Casi como las tiendas de raya que proliferaron durante la época Juarista y que duraron hasta que la Revolución acabó con ellas… aparentemente.
Hablar de libertad es hablar de disponer más de nuestro tiempo, de poder tomar decisiones por nuestro bien sin temer a las consecuencias, solo guardar silencio por respeto y no por miedo, poder elegir que hacer en nuestro tiempo y no depender de trabajar más para vivir al día con unos pesos más.
El crecimiento suena muy bien cuando lo plantean por el interés mayor, la palabra misma refiere a algo bueno en cierto sentido, ¿por qué habríamos de negarnos a ello?
Lo cierto es que el crecimiento debe ser ordenado para que pueda ser funcional para las personas que viven en el lugar que está creciendo y eso, es muy poco común.
Vamos a ponernos en los pies de las personas que lo viven más de cerca en ambos panoramas.
Por un lado, conseguimos empleo, nos pagan relativamente bien, casi podríamos sentirnos afortunados por un cambio para bien, pero… ¿Qué podemos comprar con este sueldo? Los precios de la vivienda se han disparado por la alta demanda de cada vez más personas que llegan a aspirar a una mejor vida, las distancias se han comenzado a hacer más grandes para poder llegar a las fuentes de empleo; ahora pasan al menos una o dos horas en el transporte, a veces más por el congestionamiento vial, las jornadas con horas extra se han vuelto la norma y en principio suena bien por el ingreso extra que esto representa en horas pagadas al doble y triple, más el descanso no llega, solamente un día a la semana para estar en casa, múltiples pendientes, pensar en el momento en que lleguen las vacaciones para poder disfrutar un poco más del tiempo para sí mismo, para la familia. Se siente afortunado porque ahora tiene 12 días por año desde el primer año de trabajo, pero en el trabajo le dicen que necesitan que esté presente y no le queda más que fraccionarlas para que no se resienta su ausencia. La paga sigue llegando, pero en la misma medida que sigue creciendo la ciudad igualmente se siguen encareciendo muchas otras cosas más, ahora sabe que vivir en lugares de mucho desarrollo también implica que serán más caros cada vez, solo queda seguir trabajando para vivir al día con la comida cada vez más cara y pensando en que la casa que ha comprado seguirá incrementando su valor… El plan de retiro podría ser vender la casa para comprar una mejor en una zona que no esté tan inflada en precio, pero sigue pensando en cómo llegará a esa edad… ¿Vivirá lo suficiente? ¿Cuántas enfermedades tendrá como consecuencia de este ritmo de vida? ¿Cuántos años de su vida no disfrutó? ¿Tendrá la energía para disfrutar su retiro?
Por otro lado, siendo optimistas respecto al crecimiento… Un pueblo que no se ha desarrollado tiene pocas opciones de empleo, lo poco que se consigue no genera un ingreso significativo, pero, siendo tan poca la demanda, es más económico vivir allí. Sus hijos crecen y al no haber tantas opciones deciden migrar a ciudades grandes en busca de un buen ingreso. Los servicios son de baja calidad, después de todo, no sería rentable poner mejores hospitales o centros comerciales si no hay la capacidad para pagar por ellos. La vida transcurre como en el pasado, aceptando lo que el destino y la fortuna le tengan preparado, y, aunque vive más tranquilo, se pregunta… ¿Qué hay más allá? ¿Qué pasará si enfermo? ¿Qué pasará si pierdo mi trabajo?…
La premisa más importante en todo sentido, ningún exceso es bueno, es necesario calcular perfectamente la capacidad de crecimiento, tanto para mantener la economía interna (entiéndase los negocios locales) como los recursos naturales y el impacto que se causa al medio ambiente con el crecimiento.
Insisto, crecer por crecer incurre en un exceso, un discurso atractivo en la letra, pero peligroso si no se lleva a cabo de la manera correcta, y es por ello que antes de anunciar las oportunidades de crecimiento es necesario que se considere todo lo anterior para poder ofrecer calidad de vida.
El crecimiento ordenado es posible, claro, requiere gran planeación estratégica y visión a largo plazo para poder hacerlo sustentable, requiere de profesionales que trabajen en equipos paralelos para evitar caer en la ceguera de ser deslumbrados por una propuesta y así poder evaluar mejor cada propuesta para desarrollar el plan anual, sexenal y de largo plazo (entiéndase más de 20 años) que es necesario para no heredar más problemas a nuestro futuro.
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