Por Leopoldo Maldonado
El discurso de Marco Rubio en la Conferencia de Seguridad de Múnich, Alemania, fue la confirmación del abandono del orden internacional basado en reglas y su sustitución por una narrativa de bloques, jerarquías, poder duro y “valores occidentales” entendidos de manera excluyente. Bajo el argumento de que las democracias liberales atraviesan una crisis de eficacia y legitimidad, lo que se desliza es otra cosa. Se perfila una reivindicación de un Occidente fuerte, cohesionado, menos preocupado por los matices del pluralismo y más inclinado a la afirmación de poder ejercido por la fuerza.
Ese tono se inscribe en el ascenso de fuerzas autoritarias e intolerantes dentro del propio Occidente. La reunión posterior de Rubio con Viktor Orbán en Hungría –y el espaldarazo implícito a un gobierno que ha erosionado sistemáticamente la independencia judicial, la prensa y los contrapesos– resulta simbólica. Si el referente de la “defensa de Occidente” incluye modelos iliberales, entonces la democracia liberal ya no es el estándar, sino una opción más dentro de un menú cargado de pragmatismo.
En América Latina, ese discurso resuena con ecos incómodos. El trato de “patio trasero” reaparece mediante el llamado Corolario Trump y las acciones contra Venezuela y Cuba, cuando la región es concebida, sobre todo, como espacio de contención migratoria, zona de seguridad o proveedor de recursos estratégicos. No hay aquí una invitación a la cooperación entre iguales, sino una lógica de subordinación. El belicismo exacerbado –la insistencia en el lenguaje de confrontación civilizatoria– termina por erosionar cualquier atisbo de multilateralismo genuino.
Más inquietante aún es que esta retórica externa se acompaña de señales internas preocupantes en los Estados Unidos. En materia migratoria, las políticas de endurecimiento y las redadas de ICE han sido denunciadas por su carácter violento, racista y por el impacto desproporcionado sobre comunidades vulnerables.
En el terreno de la libertad de expresión, también se acumulan señales de alerta. Las presiones políticas sobre medios de comunicación, como las nuevas controversias en torno a CBS y la decisión de no transmitir ciertos contenidos críticos en un contexto de tensión política, han encendido debates sobre la autonomía editorial y la influencia del poder sobre la agenda informativa.
Aquí la crisis de la democracia liberal adquiere un cariz performativo: el proyecto al que pertenece Rubio erosiona aquello que diagnostica como caduco.
No se trata de negar los desafíos reales que enfrentan las democracias occidentales, tales como la polarización extrema, desigualdad y la desconfianza institucional. Pero la respuesta no puede ser el repliegue hacia un supremacismo cultural, donde la fortaleza se mide por la capacidad de imponer y no de persuadir. Un orden internacional estable no se construye sobre la nostalgia de hegemonías pasadas, sino sobre reglas compartidas, respeto a la pluralidad y coherencia entre el discurso externo y la práctica interna.
El deterioro del sistema internacional no es responsabilidad exclusiva de sus adversarios declarados. También ha sido alimentado por intervenciones unilaterales, sanciones selectivas y el uso instrumental de principios que deberían ser universales.
El problema es quién decide cuándo se defienden y cuándo se relativizan. La credibilidad de Occidente se ha desgastado por la inconsistencia ética. Se invoca el derecho internacional en unos conflictos y se ignora en otros. Se exige soberanía territorial en Europa mientras se toleran ocupaciones, bombardeos prolongados y hasta masacres en otras regiones, como en Gaza o Sudán. Se condena la agresión cuando conviene estratégicamente, pero se guarda silencio cuando los aliados cruzan líneas rojas.
La potencia más influyente relativiza el valor universal de la democracia y normaliza alianzas con gobiernos que la vacían por dentro. Además advierte sobre el riesgo de la consolidación de un Occidente que, en nombre de su defensa, reivindica la fuerza como herramienta legítima de negociación.
En este sentido, el discurso de Rubio, recibido con cierto triunfalismo en algunos sectores de Europa, más bien debe preocuparnos. No es más justicia y equidad internacionales lo que se avizora en el horizonte, sino más imposición, extractivismo y exclusión.
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