Editorial

REVIRTIENDO TENDENCIAS


Por Horacio Cárdenas Zardoni


Hubo un tiempo en el que el que la gran mayoría de los saltillenses se movilizaba a pie para realizar sus actividades cotidianas. La ciudad, construida al estilo impuesto por los colonizadores, tenía mucho más de abigarrado, que de extenso, esto a pesar de que algunas de las propiedades eran muy grandes, obligando a los ciudadanos a recorrer distancias más largas, que si no hubiera estado Saltillo lleno de fincas, que por otro lado, constituían parte del delicioso atractivo que alguna vez tuvo nuestra ciudad, para quienes la vivieron y disfrutaron.


Todavía a mediados del siglo pasado, ya con el Ateneo Fuente y la Escuela de Agricultura, que luego se convirtió en la Universidad Antonio Narro, algunos de los saltillenses más jóvenes tenían que recorrer varios kilómetros para llegar a su centro educativo, ni que decir que salvo algunos pocos, el trayecto lo hacían a pie, y no les pesaba, eran jóvenes, había compañeros con los que ir chacoteando, y en fin, no se hacía tan largo el viaje, que además, había luego que hacer de regreso. Había fábricas, y los trabajadores llegaban caminando o en bicicleta, y no era la gran tragedia para nadie.


En algún momento comenzó a generalizarse el transporte colectivo, el cual no era de lo más socorrido por la sencilla razón de que… no todos los posibles usuarios tenían dinero para el pasaje, y si acaso lo tenían, a veces preferían no gastarlo en transportarse, sino en cualquier otra cosa, necesaria o algo que desearan comprarse ahorrando los centavos que costaba. No nos dolía caminar algo más, si así no gastábamos tanto, era una elección que cada quien hacía sin demasiado esfuerzo.


Ya luego Saltillo creció tanto que llegar a la escuela o al trabajo se hizo más largo y más tardado, y no siendo tan ricos como para comprar un vehículo, la primera y la mejor opción fue el transporte público, que también en algún momento, las autoridades consideraron que no era estrictamente necesario que fuera desempeñado por la propia administración municipal, sino que perfectamente podía entregarse en concesión a particulares, y así ellos concentrarse en las cosas de gobierno, claro, mediante la adecuada supervisión para que el servicio tuviera las características y la calidad necesarias.


Nos imaginamos que por algún tiempo al menos, el transporte público en Saltillo cumplió con las expectativas de los usuarios, principalmente en cuanto a precio, pero también en lo tocante a la frecuencia, la seguridad de las unidades, la comodidad, en fin, todo lo que se nos pueda ocurrir. Como negocio ha de haber sido tan bueno como para que algunos empresarios le echaran el ojo, y diera lugar a lo que luego se conoció popularmente como el pulpo camionero, que por supuesto, estaba más interesado en magnificar sus ganancias que en prestar un servicio a la altura, y luego como no había competencia más que de otros iguales a ellos, y tenían contactos en el municipio como para que no se les exigiera mayor cosa, pues la gente comenzó a tener cierto descontento con el servicio, descontento que podía ir de la mera queja cotidiana, repetida durante años, hasta ahorrar su dinerito para comprarse un carrito, una camioneta, una moto, lo que fuera, con tal de mandar a la goma la dependencia del transporte público.


Nos llamó la atención una nota aparecida hace algunos días, que decía que solamente el 15% de los saltillenses utilizan el transporte público, y que el resto se las ingenia para movilizarse de alguna otra manera, que tampoco es difícil de imaginar: caminando los que pueden, en bicicleta, que no son demasiados, y en carros, familiares o individuales, dependiendo de su nivel de ingresos, nuevos o no tan nuevos. Lo significativo de esto es que se pasó de lo que sería cerca del 100% de la población, excepción hecha de los que van cerca y lo hacen a pie, a tan solo un 15%, en un hecho que no ocurrió de la noche a la mañana, sino que siguió una tendencia a lo largo de bastantes años.


Excuso decir que durante todo este tiempo a los concesionarios no les importó mayormente la pérdida, a lo mejor ni la resintieron, ¿por qué?, pues porque la población aumentaba año con año, y esto hacía que los nuevos reemplazaran a los que ya no usaban el camión. Sí, pero luego hicieron su incursión las líneas de transporte de personal, lo que marcó una aceleración de la tendencia, ahora sí ya imposible de negar, y aun así no hicieron nada.


Siguieron con sus prácticas de recortar las rutas, recortar los horarios, prestar un mal servicio, y se llegó al estado de cosas actual, en que el municipio ha tenido que cancelar concesiones, que fueron abandonadas por quienes las tenían asignadas.


Pero a lo que se ve, los empresarios no están interesados en salvar su fuente de ingresos, tendrán otras quizá, y la sostendrán mientras dure, a la vuelta de un par de años más, será el 10% de los saltillenses los que usen sus camiones, cada vez menos de ellos, cada vez más saturados, lo que invita todavía menos a usarlos, y en fin. Sinceramente las acciones que se han venido anunciando no invitan a la mayoría de la gente a revertir la tendencia, han sido puras ideas regulares, sin ganas de implantarlas, de hacerlas atractivas y convincentes. Es muy pronto en el trienio para decir que van mal, pero tampoco hemos visto nada que nos entusiasme, lo platicamos en unos meses más, aunque dudo que en un placentero paseo en transporte público.


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