Redacción Más / IA
La comprensión de la mente del feminicida podría ser crucial para frenar la violencia contra las mujeres, según varios psicólogos que destacan la falta de estudios sobre este tema. La sociedad a menudo se centra solo en aumentar las penas para los asesinos, mientras que la falta de recursos es una barrera significativa para investigar a los feminicidas.
Francis Royett, psicólogo del colectivo Manes a la Obra, subraya la necesidad de superar las resistencias para estudiar a los feminicidas. Royett sostiene que «el feminicida no nace, se hace», y enfatiza que es esencial comprenderlos para hablar de prevención. Andrea Guerrero, psicóloga forense con 16 años de experiencia, y Angie Paola Román, doctora en psicología clínica y mediadora familiar, coinciden con Royett en la necesidad de desmontar los mitos alrededor de los ofensores. La información fue publicada por la agencia El País.
Para estos tres psicólogos, el Estado tiene una responsabilidad clave en la violencia de género. Abordan la rehumanización de los victimarios como un tema delicado pero necesario, sin dejar de condenar enérgicamente los feminicidios. Román destaca que estos delitos deben ser perseguidos sin matices.
En un país donde se asesinan a dos mujeres al día y el Estado no logra prevenir los feminicidios, los expertos insisten en que la deshumanización de los feminicidas, tratándolos como monstruos, aleja la posibilidad de entender el problema. Solo el 6% de los victimarios estaban borrachos o drogados durante el feminicidio, lo que indica que estos actos son el resultado de una escalada de violencia.
Además, la sociedad debe aprender a identificar la violencia antes de que ocurra el feminicidio. La ausencia de una red de apoyo y las dinámicas patriarcales son factores comunes entre los feminicidas, pero no todos tienen trastornos mentales. La mayoría son hombres machistas sin herramientas para manejar ciertas realidades, muchos de los cuales fueron víctimas de violencia física o sexual en el pasado.
Rita Segato, autora y referente en la materia, se refiere a los feminicidas como «pobres diablos», destacando que la violencia es una señal de fracaso masculino. En Bogotá, hay 655 mujeres en riesgo alto de feminicidio y el Estado no puede garantizar su integridad, ya que las intervenciones suelen centrarse en las víctimas, no en los victimarios.
La intervención desde la primera infancia es crucial para prevenir conductas violentas. Los jóvenes y hombres no están socializados para expresar sus emociones, lo que resalta la necesidad de monitorear la juventud y evaluar los programas de prevención en las escuelas. Actualmente, no se sabe si los jóvenes aplican lo aprendido en situaciones reales.
En cuanto a las cárceles, se cuestiona su efectividad como espacios de rehabilitación. En Colombia, el 36% de los presos reinciden; en Chile, la reincidencia es del 52.9%; y en México, del 60% en delitos de robo. La seguridad de futuras parejas de feminicidas no está garantizada, lo que destaca la necesidad de tratamientos efectivos dentro y fuera de las prisiones.
La justicia restaurativa, aunque polémica, podría ser una vía complementaria, pero aún falta mucho trabajo para implementarla correctamente. La cárcel, aunque necesaria, no es la solución definitiva para los feminicidios. Es esencial un enfoque multidisciplinario y la educación emocional desde la infancia para prevenir conductas violentas.
En resumen, la prevención de feminicidios requiere un compromiso colectivo y sostenido, con políticas públicas enfocadas en la prevención y no solo en el castigo. La formación continua de profesionales en prevención de violencia es crucial, así como la sensibilización de la sociedad sobre la violencia de género. La atención integral a las víctimas y la rehabilitación de los victimarios son componentes esenciales en la lucha contra la violencia de género.
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